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Noviembre 1, 2009 · 2 comentarios

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Septiembre 17, 2008 · 3 comentarios

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El improvisador de Andersen

Enero 22, 2010 · Dejar un comentario

El Mercurio, Artes y Letras, domingo 17 de enero de 2010

Andersen novelista

por Pedro Gandolfo

Para la mayoría de los lectores, el nombre de Hans Christian Andersen se relaciona con la literatura infantil y el género del cuento popular (aunque estas narraciones también pueden ser disfrutadas por un público adulto). Junto a Charles Perrault y los hermanos Grimm, el autor de “El patito feo”, “La sirenita”, “El soldadito de plomo” o “El traje nuevo del emperador” tiene un sitial indiscutido en el imaginario colectivo. No obstante, sus intereses pasaron también por otros géneros literarios. En este sentido, su novela El improvisador será una no desagradable sorpresa destinada a abrir nuevas perspectivas en cuanto a sus capacidades como escritor.

Ambientada en la Italia del siglo XIX, la novela de Andersen cuenta, en primera persona, las venturas y desventuras de Antonio, un “improvisador”, es decir, alguien que, en el momento y a pedido, creaba una poesía sobre un determinado tema a elección del público. Tal y como anota Enrique Bernárdez (traductor y prologuista): “…se trataba de una profesión muy respetada, y en Italia, precisamente, hubo varios improvisadores…”. Antonio -narra Andersen-, de situación económica modesta, siendo niño, pierde en un accidente a su madre viuda. El responsable de la desgracia, un aristócrata romano perteneciente a la casa de los Borghesi, tras una serie de sucesos que oscilan entre el miedo y el cariño, se hace cargo de su educación. Posteriormente, Antonio, ya mayor, y alentado por Bernardo, un amigo impetuoso, comienza a descubrir lo que la vida ofrece y se suceden por la novela idilios y peripecias con la cantante lírica Annunziata, la atractiva y vivaz napolitana Santa (que no lo era tanto); Lara, una muchacha ciega; la aristócrata romana Flaminia y María, la bella veneciana. El curioso oficio y los romances de esta suerte de “telenovela” llevan al protagonista a viajar desde Roma a Nápoles, de ésta a Roma de nuevo y luego a Venecia, para retornar a Roma otra vez en un tumultuoso ir y venir para dar, así, finalmente con la mujer amada.

Como toda obra perteneciente al período y la sensibilidad románticos, en El improvisador Andersen configura el relato a partir de un yo de una emotividad desbordada y de la presencia de una naturaleza cuya visión (y dimensión) está a medio camino entre lo terrible y lo sublime. El improvisador es, a pesar de las restricciones y cierta afectación propias de la literatura de su época, una obra de prosa clara en la que es posible advertir anticipadamente, según Enrique Bernárdez, algunas virtudes en cuanto a la “introducción” de “algunos temas”, de “algunas descripciones” que sólo con posterioridad “tendrían equivalentes” literarios. Este tipo de análisis comparativo no parece necesario para la estimación del libro, pero, en cualquier caso, se puede contraargumentar que la anticipación de esos “temas” y “descripciones” más bien resulta diluida a causa del exacerbado sentimentalismo presente.

Por otro lado, los personajes que interactúan con el protagonista son más bien planos y estereotipados: un tullido siempre es mala persona, un amigo siempre humorista, una anciana siempre bondadosa. El tratamiento del tiempo, asimismo, es lineal, y las complicaciones resultan, para el lector actual, quizás demasiado inverosímiles. En comparación con otras obras de su época ( La dama de pique , de Alexander Pushkin; Un héroe de nuestro tiempo , de Mijaíl Yúrievich Lérmontov; Vida de Henri Brulard , de Stendhal, o Papá Goriot , de Honoré de Balzac), el libro de Hans Christian Andersen se ve disminuido; aunque una ambientación muy sui géneris late en sus páginas, acompañada de fragmentos de una gran fuerza expresiva.

El valor de este libro se sopesa, en efecto, más bien por la intensidad de sus descripciones, por su colorido y por la manera de presentar ciertas atmósferas: “Mis ojos descansaban en la montaña (el autor aquí se refiere al Vesubio), cuya columna de fuego se elevaba desde el cráter hacia la amplia masa nubosa de violento color rojo, que parecía así un colosal pino de fuego y llamas; el río de lava formaba sus raíces, con las que abrazaba el monte. Mi alma estaba sobrecogida por el inmenso espectáculo, por la voz divina que hablaba de Vulcano, pero también por el silencioso, apacible cielo nocturno. Era un instante, uno de esos que raras veces vivimos, en que, por así decir, el alma mira cara a cara a su Dios: yo comprendía Su omnipotencia, Su sabiduría y Su bondad, a la que sirven el rayo y el torbellino, y sin Cuya voluntad ni un gorrión cae a tierra”.

En estos pasajes y en esa extraña combinación de novela de formación (el viaje por Italia es un tópico de la época) y de amor, de libro de viajes y de descripción de la naturaleza y de costumbres es donde este libro de Hans Christian Andersen alcanza sus puntos más altos y conserva su capacidad de proporcionar una lectura gozosa.

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Nuevos libros: Antonio Machado, Gadir, Nórdica

Diciembre 17, 2009 · Dejar un comentario

Ya están en librerías

Antonio Machado Libros

Guerrilla, T.H.Lawrence

Supervivencia, Michel Houellebecq

Cuando las imágenes toman posición, Georges Didi-Huberman

Los situacionistas, Mario Perniola

Diccionario del dandy, Giorgio Sacraffia

Correspondencia, Picasso-Apollinaire

Nórdica Libros

Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll, versión ilustrada

Las flores del mal, Charles Baudelaire, versión ilustrada

Los hermanos corsos, Alexander Dumas

Gadir

El paraíso de los gatos, Emile Zolá, versión ilustrada

Las tres preguntas, Leon Tolstoi, versión ilustrada

El cuento del gallo de oro, Alexander Pushkin, versión ilustrada

Lo mejor del mundo son los niños, Fernando Pessoa, versión ilustrada

Poemas en viñetas, Dino Buzzati, Novela gráfica


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Un guión para Artkino

Diciembre 5, 2009 · Dejar un comentario

La Tercera, sábado 5 de diciembre de 2009

Argentina Soviética

por Juan Manuel Vial

Según cuenta Fogwill en el prólogo de Un guión para Artkino, esta novela, o nouvelle como él prefiere llamarla, estuvo extraviada por muchos años: fue escrita en 1977 o 1978, “cuando ya nadie imaginaba la posibilidad de una Argentina Socialista”, y a principios de los 80 circuló a través de unas pocas ediciones que el autor hizo imprimir para sus amigos. Todos perdieron sus copias y Fogwill hizo lo propio con el original: “Lo único que se pierde más rápido que la amistad son los borradores de libros”.

Sin embargo, aún quedaba un ejemplar entre las pilas de originales no leídos que acumulaba el editor, crítico y escritor Luis Chitarroni, a quien Fogwill pensó en dedicar el libro, “pero como castigo por tantas obras y sueños de edición que se perdieron en su parva, sigue dedicado al general que en mi fantasía torció la historia de colonialismo y dependencia de la Argentina, y a dos figuras prominentes del también desaparecido Partido Comunista, esa suerte de Instituto Desmovilizador de Voluntades Bolcheviques que tanto gravitó en la política y en las finanzas de la Argentina hasta 1973″.

La novela transcurre en 1994 y está sustentada sobre un delirio, pues da por hecho que en Argentina triunfó un régimen comunista que sigue al pie de la letra las políticas que provienen de la Unión Soviética, y está abocado a lo que podría llamarse la rusificación de las costumbres rioplatenses: en la república trasandina imaginada por Fogwill se lee la edición internacional de Pravda, se conducen automóviles marca Moscowa, se siguen las transmisiones televisivas del Bolshoi, se fuma tabaco soviético, se ha prohibido el uso de tinturas para el cabello y se pretende abandonar, dentro de un plazo racional, el idioma castellano, el cual será reemplazado por el ruso, “la lengua más perfeccionada y musical”.

Fogwill, el personaje principal y narrador de la novela, es un autor reputado que se encuentra encumbrado en la poderosa Sociedad Argentina de Autores y Escritores, entidad que entre sus logros revolucionarios, logró reivindicar la figura de Borges para alegría del proletariado universal: en realidad, según se fue sabiendo, el autor de El Aleph habría sido siempre un hombre de izquierda, comprometido con el pueblo, pero sucedió que su mensaje fue distorsionado por medio del cúmulo de ediciones apócrifas a cargo de Emecé, “la editorial parapolicial” de la época pre-revolucionaria.

Además de gozar de ciertos privilegios burgueses reservados para los dirigentes del partido (trajes elegantes, una secretaria-amante, un automóvil), el protagonista recibe el encargo, estupendamente bien remunerado, de escribir el guión para una película que producirá Artkino, estudio cinematográfico conocido como el “Hollywood soviético”. El film planeado será de ciencia ficción y transcurrirá en el año 2018, una vez que hayan sido “eliminados los focos de resistencia capitalista enquistados en el Atlántico Norte y el Extremo Oriente”, y el mundo marche así hacia la unidad.

Pero el guión para Artkino es irrelevante en el relato, pues Fogwill, incluso cuando avanza en la escritura de éste, no puede parar de hablar de sí mismo. Afortunadamente, lo hace con humor y cierta cuota de autoflagelación. También plantea dilemas profundos, que no por estar un tanto trasnochados dejan de tener relevancia (la inestable posición de un creador frente al totalitarismo es uno de ellos). En suma, Un guión para Artkino es una novela, o nouvelle, destinada a satisfacer a aquellos lectores familiarizados con la obra anterior del argentino o, al menos, con su personalidad. Para quienes lo desconocen, más vale empezar a frecuentarlo a través de las excelentes novelas Los pichiciegos o Help a él, o por medio de un valioso volumen de cuentos completos que editó Alfaguara este año.

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Rivarol

Noviembre 30, 2009 · Dejar un comentario

El Mercurio, Revista de libros, domingo 29 de noviembre de 2009

por Roberto Merino

Muchas veces la manía nobiliaria aparece vinculada a la mitomanía y a la necesidad de suplir una historia personal insatisfactoria. La historia sustituta puede ser considerada tan propia como la real, en la medida en que es una creación narrativa del individuo, pero en la vida diaria difícilmente le concedemos valor de realidad a la ficción. Esto implica que los tipos que nos hablan -a veces en la calle, a gritos en medio de bocinazos y motores destemplados- de sus entronques familiares con los Saboya, con los Orsini, con los condes de Villaseñor o con Tomasso di Lampedusa, provoquen más hilaridad que admiración.

Cada familia cuenta al menos con un genealogista, persona cuyo pasatiempo principal consiste en trepar a los árboles del pasado a inspeccionar ramas, frutos e injertos sociales. Pero a nadie le importan hoy un rábano los abolengos rancios, como no sea a quienes han quedado en un punto muy lejano del éxito o incluso de la verosimilitud. Pareciera que ya no hay tiempo para distracciones como ésa. Para hablar de prosapia hay que tener además un tono de voz específico, un sutil engolamiento y un manejo de las pausas en la conversación.

Tiene que haber sido un poco distinto hace dos o tres siglos. El corregidor Zañartu, que era un hombre pragmático, no muy soñador, viajó a España, una vez que su situación en Chile se hubo consolidado, a restituir ciertos títulos que le correspondían por familia. Igualmente, en la Francia del siglo XVIII, previa a la Revolución, la ostentación de un escudo bruñido podía abrir ciertas puertas muy convenientes. Ese fue el motivo por el cual el ingenioso Rivarol empezó a circular un día con el agregado de Caballero de Parcieux. Le duró lo que una mentira del promedio: el propio Parcieux, primo de su madre, se encargó de desenmascararlo. Rivarol entonces añadió el “de” a su apellido: Antoine de Rivarol, lo que ya fue tomado a risa por sus contemporáneos.

Rivarol nos dejó una colección de aforismos brillantes, publicados después de su muerte, que son el motivo de que lo mencionemos siempre junto a Chamfort y a La Rochefoucauld. Pero además ha quedado, afortunadamente, el registro de sus salidas personales, de su filuda lengua aplicada a la contestación rápida, lo que hace que podamos recordarlo junto a Quevedo y a Samuel Johnson. En el libro Pensamientos y rivarolianas (Periférica) encontramos esta doble agudeza de la palabra escrita y de la hablada.

Alcanzo a poner aquí algunos ejemplos anecdóticos de su humor. De un obispo muy gordo dijo: “Fue creado y traído al mundo para demostrar hasta dónde puede llegar la piel humana”. Unos amigos que hablaban en voz alta se dieron cuenta de que Rivarol quería dormir y se callaron; éste los increpó: “Si no hablan, ¿cómo voy a dormirme?”. Un anfitrión le mostraba su jardín y le preguntó que le parecía “este verde rinconcito”; Rivarol contestó: “No muy ameno”, y agregó mirando al cielo: “Pero sí muy alto”. Por último, Madame de Staël quiso saber qué pensaba Rivarol de un libro suyo. La respuesta: “Lo mismo que usted, señora, no pienso”.

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La vida dura de Flann O’Brien

Noviembre 23, 2009 · Dejar un comentario

El Mercurio, Revista El Sábado, 21 de noviembre de 2009

por Rodrigo Pinto

Flann O’Brien (en realidad, Brian O’Nollan o Brian Nuall’in, en celta; O’Brien fue su seudónimo más exitoso) es uno de los grandes escritores irlandeses del siglo pasado –junto a James Joyce y Samuel Beckett–, pero sus libros estaban largamente ausentes de las librerías. La editorial Nórdica está publicando toda su obra, que por fortuna llega también a estas latitudes. El tercer policía, Crónica de Dalkey, La boca pobre y La vida dura son las cuatro publicadas hasta ahora; la obra total tiene un título más.

En esta última, publicada originalmente en 1961, cinco años antes de su muerte, O’Brien da buena muestra de su extraordinario talento para la sátira, que lo hermana más con sus ilustres antecesores irlandeses Swift y Sterne que con Joyce y Beckett. Es también el más cercano y divertido de los tres, como se ve claramente en esta novela ambientada entre fines del siglo XIX e inicios del XX, que transcurre casi íntegramente en una casa de Dublín. Dos hermanos, Finbart y Manus, quedan huérfanos y son recogidos por el señor Collopy, medio hermano de su madre. Ambos siguen el camino que se espera de ellos: educación religiosa en colegios católicos, a merced de “el pellejo”, “un cierto número de correas cosidas entre sí y que formaban un objeto de gran grosor, casi tan rígido como una porra, pero lo suficientemente flexible como para evitar quebrar los huesos de la mano”, y profunda ignorancia en todo lo demás. En la cocina, de la mano del whisky servido con generosidad, el señor Collopy y un sacerdote jesuita, el padre Fahrt, llevan a cabo sesudas, divertidas e irreverentes discusiones sobre temas de fe y moral, que muestran el clima religioso de la época y uno de los talentos de O’Brien: Collopy está obsesionado con asuntos que jamás puede expresar con claridad, por la fuerza de los prejuicios y la pasión por el eufemismo, y el narrador no se molesta en hacerlo, de manera tal que los diálogos se deslizan hacia el absurdo y demuestran un soberano manejo del lenguaje. Esto último también se advierte en las empresas que acomete Manus, el hermano mayor, que descubre las virtudes de la educación a distancia y pone a la venta delirantes manuales y productos que adelantan la industria de la autoayuda. El sorpresivo giro de la trama y el reemplazo del narrador, Finbart, por las cartas de su hermano Manus, lleva al extremo los procedimientos estilísticos de O’Brien y cierra a la perfección una novela inolvidable.

Flann O’Brien.
Nórdica, Madrid, 2009. 203 páginas.

 

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Especímenes de folclore bosquimano

Noviembre 16, 2009 · Dejar un comentario

The Clinic, jueves 12 de noviembre de 2009

por Dorita Núñez

El libro Especímenes de folclore bosquimano es el resultado de una larga y rigurosa investigación hecha, hace más de cien años, por el lingüista y antropólogo alemán W.H.I. Bleek y su cuñada Lucy C. Lloyd, y cuyo objeto de estudio fue un grupo de bosquimanos de Ciudad del Cabo. Estos africanos de ojos asiáticos que Bleek reclutó en su casa conforman una de las razas más antiguas del mundo, tanto así que se afirma que son el “Adán genético” del resto de los pueblos. El profesor Bleek (que no alcanzó a ver publicado el trabajo) y su compañera, recopilaron y reprodujeron el universo de sus mitos y leyendas. Estuvieron atentos a sus hábitos, supersticiones, a la importancia de los animales, a la relación con el baile y la música, a la comunicación por sonidos y a sus presentimientos, éstos especialmente interesantes para Elías Canetti, quien además de considerar que “es el libro más importante entre todos los que conozco”, en el posfacio afirma que dichos presentimientos son “principios para la metamorfosis”, pues las intuiciones experimentadas por los bosquimanos suponen tal grado de conexión con lo pensado y lo hecho (un hijo siente la herida de su padre y por eso sabe que se aproxima) que “un cuerpo es identificado con otro”, es decir, llegaría a transformarse en ese otro.

Así, los investigadores prepararon esta Biblia bosquimana llena de dibujos y fotografías: un estudio etnológico que, más que la sistematización de costumbres y tradiciones y más que la escritura de observaciones científicas, es una especie de gran biografía que atesora la vida -con todos sus bemoles- de un pueblo perdido en los bordes de la tierra. Tenemos, así, una tradición oral repetida, cantada y recitada recogida en este libro único, incomparable.

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Revista H en La Tercera

Noviembre 9, 2009 · Dejar un comentario

Lunes 9 de noviembre de 2009, La Tercera

Beckett, Roth y Pohlhammer en revista de libros H

por Alvaro Matus

En el medio nacional se dice que la “graduación” de una revista cultural, la señal de que es adulta o que al menos camina sin tambalearse como lo hace un niño de 10 meses, es pasar el tercer número. Pues bien, H este mes publica su sexta entrega y, con motivo del año de vida, ha incluido un texto inédito en español de Colm Toíbím sobre Samuel Beckett. Se trata de un auténtico regalo, no sólo porque este medio se reparte gratis en librerías, sino porque el texto del autor inglés ilumina aspectos de la obra de Beckett de manera ejemplar.

Toíbím, quien alcanzó popularidad tras publicar la novela inspirada en Henry James El maestro: retrato del novelista adulto, se concentra en la complicada relación del autor irlandés con su patria, al punto de cambiar de lengua y escribir Molloy (1951), Malone muere (1952) y El innombrable (1953) directamente en francés. Los desencuentros con Irlanda parten con el juicio en que Beckett acusaba a Oliver St. John Gogarty de difamar a un tío suyo en un pasaje ansisemita de su autobiografía. Beckett fue humillado por el juez, quien se rió de su libro sobre un francés llamado “Prowst” y habría señalado algo realmente paradójico: “No me pareció un testigo a cuya palabra, yo, personalmente, conferiría una gran credibilidad”.

Toíbím cita, además, un episodio de iluminación de Beckett en casa de su madre, después de la II Guerra Mundial. El suceso está narrado en Krapp’s last tape, pero lo más importante es que le permitió a Beckett comprender que Joyce había llegado tan lejos respecto de la conciencia del narrador, que lo suyo estaba “en  el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en restar; en sustraer antes que en añadir”. Sólo así se comprende el estilo despojado y distante, construido sobre la base de fogonazos que, al tiempo que iluminan, también agudizan el desconcierto.

Como es costumbre, la revista H trae adelantos de libros, entre los que destaca el arranque de la novela Un guión para Artkino, donde Fogwill se imagina que Argentina depende de la Unión Soviética. Se trata de una obra desopilante, donde los delatores del barrio pululan como moscardones, los discursos son completamente inconsistentes y el dinero, claro, termina metiendo la cola. De Philip Roth, a su vez, se incluye un extracto de su autobiografía, Los hechos, recién llegada a Chile con el sello DeBolsillo. Roth explica que en una etapa especialmente dolorosa, en franco desmoronamiento, decidió escribir para verse a sí mismo. Tiene más de 50 años, rompió con la comunidad judía y abrazó las libertades de la década del 60, pero está lejos de cualquier sabiduría. Y lo sabe. Roth va a “los hechos”, no a las ideas. Por lo mismo, el resultado es el testimonio de un hombre egoísta, vulnerable, ambicioso y encantador. Entre las novedades también destacan la reseña de Andrea Kottow a Las vírgenes sabias de Leonard Woolf (el esposo de Virginia) y una entrevista de Claudia Donoso a un Erick Polhammer chispeante y alucinado, como fuera de tiempo, o quizá dentro de un tiempo que es sólo suyo: el tiempo poético.

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Me acuerdo de Joe Brainard II

Noviembre 3, 2009 · Dejar un comentario

Sábado 31 de octubre, Revista El Sábado, El Mercurio

por Rodrigo Pinto

Joe Brainard, artista plástico, murió en 1992 a los 52 años. Dejó atrás una interesantísima obra de collages, cuadros y montajes; además diseñó portadas de libros y discos, disfraces de teatro y escenografías, pero, curiosamente, debe buena parte de su fama a una serie de libros que comenzó a publicar a los 28 años bajo un mantra tan sencillo como reconocible y eficaz: “Me acuerdo”. Al compás de esa fórmula de evocación recupera su biografía y también el espíritu de la época que le tocó vivir: su adolescencia en Tulsa, Oklahoma y su juventud en Nueva York. Pero, sin duda, Brainard pone el acento en el primer factor, su biografía, hecha de humores, hedores, deseos y vuelos sublimes, con alguna crudeza respecto de sus experiencias homosexuales y un aire de sinceridad que parece ser la clave de la permanencia de su libro en la memoria colectiva. Brainard trabaja desde el fragmento, el dato o la experiencia única, con libertad, sin orden, al ritmo que dicta la sola evocación. Y, con toda su brevedad y concisión, con su modo errático, descubre una manera de hablar de sí mismo que tiene resonancias universales. Paul Auster escribió que “con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo”. La reciente edición de Sexto Piso, primera en español, salda una deuda ya antigua con un texto que deberíamos haber conocido antes.

En 1982, 12 años después del primer Me acuerdo de Brainard, Georges Perec publicó los suyos y señaló que “el título, la forma y, en cierto modo, el espíritu de estos textos se basan en los I remember de Joe Brainard”. Sí, sólo en cierto modo, porque el de Perec apela más a la memoria colectiva que a la biografía, son más generacionales que personales. Sus Me acuerdo, dijo el mismo autor, “son pequeños pedazos de cotidianidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche”, banales, mínimos, insignificantes, pero que, al recuperarlos, provocan “unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia”. Perec, capaz de escribir un libro sobre lo que se ve desde la mesa de un café parisino, no es, obviamente, un mero imitador y esta particular forma de evocación parece creada para él mismo, un artista del fragmento y el detalle que, sin embargo, conforman una obra de portentosa creatividad.

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Agape se paga de William Gaddis

Octubre 28, 2009 · Dejar un comentario

La notable editorial Sexto Piso reeditó hace unos meses la novela póstuma del silencioso William Gaddis. Algunos dicen que es uno de los secretos mejores guardados de la literatura norteamericana. Acá algunas pistas sobre Ágape se paga

Comentario de Cristóbal Carrasco en 60 Watts

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