Germán Marín

Relatos de un libro mundano

(Fragmento)

Literatura

Soy un escritor chileno que, si bien he emergido alguna vez por un par de aciertos parciales, desde luego modestos, sobrevivo en un país en donde todo el mundo escribe novelas, cuentos, poemas, pero en el cual creo que nunca llegaré al éxito porque así lo ha dictado el destino. Me parece incluso lógico pues, como es público, la literatura es la única actividad en que no se necesita saber de nada. De ahí que, desde la antigüedad, ha habido autores que aprovechando el patrimonio común de la humanidad, de los documentos, mitos, tradiciones, han alimentado su obra mediante esas fuentes y me parece muy bien, de acuerdo a mi entender, que así haya ocurrido a favor de Esquilo, de Shakespeare, de Joyce. Bajo un contorno más opaco y circunspecto, como todo lo que sucede, pretendo dejar estampado algo que demuestra como mi sino está trazado por unas fuerzas que, a pesar del giro de los dados, siempre me deja en el punto en que estoy, ni mejor ni peor que antes. Me refiero a que acostumbrado con un amigo menor que yo, de oficio periodista, a relatarle mis cuitas, nos juntamos una tarde en cierto café de Providencia para charlar un rato y, en el batiburrillo inicial del diálogo, me pidió que le relatara con más detalles ciertos asuntillos confidenciales, ya de antigua data, que me escuchara desplegar a medias anteriormente. Debido a esa curiosidad malsana de él, propia de cualquiera cuando adivina el desastre en que terminará la historia, retrocedí en el tiempo para explicarle por completo la experiencia vivida y fue así como, paso a paso, sin omitir pormenores, lo puse al tanto de diversos episodios que guardara antes, quizá por inútiles, porque no agregaban nada según mi entender y, además, llevado interiormente entonces por una suerte de pudicia. Se me iban a la cabeza algunos secretos imposibles de revelar, so pena de ser una de las víctimas si era delatado. Pero mi amigo quiso esta vez, casi como un sabueso, que no rehuyera los detalles, deseoso de los flecos que colgaban, insistiéndome en algunos momentos que soltara más la lengua, a lo cual accedí pues, en la medida que recordaba, los hechos menores también contenían algún grado de interés y parecían resucitar con el habla. Hubo un instante delante de las tacitas de café sobre la mesa, después de observar por la ventana que era casi de noche, en que me sentí vacío, hueco, tras haber contado aquello que guardaba, mucho de esto quizá sin importancia, aunque perteneciente a una historia personal. Como broche de oro le dije, qué más te puedo agregar, si sumas esta conversación con la anterior, te has quedado con todo lo que conservaba como más preciado, ojalá te sirva alguna vez para escribir una novela. El tiempo me dio la razón de que ese amigo tenía un verdadero talento pues, a fines del año siguiente, editó el libro en un prestigioso sello español y, al leer la obra, elogiada por la crítica, concluí con algún resquemor que yo, al mirar hacia dentro, no había descubierto la novela en ciernes que albergaba de mi vida. Hay gente en el mundo con más sagacidad.

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