Bartleby, El escribiente

10 de noviembre, en blog Qué leo

La rebelión perpetua del funcionario

por Juan Carlos Fau

Escribir dos mil caracteres sobre un libro que no pasa los diez mil parece una insensatez, incluso preferiría no hacerlo, pero sobre Bartleby de Melville hay algo más que una enciclopedia. Las vidas opacas y mínimas en una oficia de copiadores se ha transformado en cientos de metáforas, lecturas e interpretaciones, sobre todo en una época en que el desprecio al funcionario es un hits.
La nueva versión ilustrada dramáticamente por Javier Zabala, que presenta Nórdica Libros es un portal a ese extraño mundo de hombrecitos grises que entregan la vida a la clasificación y transcripción metódica de documentos legales, claro, hasta que llega Bartleby a presentarles su maravillosa pancarta rebelde, la negación de si mismo: “Preferiría no hacerlo”.
El escritor español Enrique Vila Matas utilizó el personaje, que Melville creó en el siglo XIX, para representar a todos esos escritores que de pronto detuvieron su oficio. Salinger, Pinchon y Juan Rulfo padecieron del síndrome Bartleby y se abstuvieron de continuar el sendero que el mundo literario les imponía, escribir y publicar uno más.

Nadie sabe muy bien que pasa por la cabeza del oficinista que trabaja en Wall Street, y nadie logra detener su silenciosa pero obstinada consigna que amenaza al mundo productivo de la eficiente oficina. El jefe ve como todo el peso de su autoridad no hace mella en el rebelde. Ni las penas del infierno que alcanzan el despido, y al que Bartleby responde una y otra vez, quizás solo un poco más cansado: “Preferiría no hacerlo”.
Cómo se arma una breve novela repitiendo la misma frase en no más de 20 páginas, con un personaje sin vida, con pasado y futuro inciertos, sin balas de por medio, sin arrebatos histéricos de los típicos clichés norteamericanos, con la única y poderosa idea de seguir respirando sin hacer nada.
Herman Melville inventó también a ese puñado de hombres entregados a la voluntad del capitán de un barco ballenero en busca de un cetáceo blanco, lleno de retórica divina y con todas las miles de páginas que contiene Moby Dick. Es todo lo contrario de la precisión y austeridad de Bartleby. El escritor se burla y desprecia a si mismo. El escribiente que hace miles de copias perfectas de obras monumentales, y pequeñas joyitas, muere sin redoble de tambores y es sepultado un día cualquiera en un cementerio cualquiera a unas pocas cuadras de su querido “preferiría no hacerlo”.
Las interpretaciones siempre son el privilegio del lector, a pesar de la obsesión psicoanalítica por hacer nos creer que Melville odiaba a su padre y deseaba a su madre. En esa insurgente rebeldía de no hacer lo solicitado Bartleby debió tener más poleras que el Che Guevara y el Sub Comandante Marco, sobre todo por que nace en Wall Street, por que usa más ropa y discursea menos que Gandhi y por que tarde o temprano se convierte en el personaje más admirado por los grandes escritores que se hartan de escribir.

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