Mi abuelo y Hélp a él

La Tercera, viernes 12 de diciembre, página 79

La grandeza de las novelas breves

por Matías Rivas
La lectura de Mi abuelo, la novela de apenas 96 páginas escrita por Valérie Mréjen (París, 1969), es una experiencia inusitada y agradable. Su autora es una artista visual de amplio renombre, además de una prosista peculiar. Este, su primer libro, está construido como una bitácora familiar, cuya narradora es una joven que anota en pequeños fragmentos situaciones íntimas de sus cercanos: amores, divorcios y sospechas de incesto, entre otras. El lado ridículo y miserable de la existencia es contado sin nostalgia ni ira. Sólo con humor y cierta indiferencia.

Mréjen enfoca con precisión los indicios cotidianos que esconden los quiebres profundos de una familia de emigrantes en Francia. Mi abuelo no es una novela minimalista, sino una obra en extremo concisa y rotunda. En vez de ideas y frases para el bronce, hay manías y recuerdos. Las opiniones están abolidas. Lo único que permite advertir la subjetividad de quien escribe es su punto de vista: desde dónde y cómo enfoca lo insignificante, cómo cuenta una anécdota y cómo selecciona lo que va a dejar estampado, por más simple que parezca.

El arte de la brevedad requiere de un lenguaje en extremo económico. Son libros escasos, que no pretenden ser cuentos cerrados. Más bien delatan una toma de posición ante el discurso convencional. Lo podemos constatar en la apuesta de Mréjen: Mi abuelo es un texto que finge un tono adolescente, pero que en el fondo está pensado como si fuera un reloj. Su diseño contempla que la emoción del lector esté influida por los efectos hipnóticos que produce leer un libro cautivante, pero que pronto se va a terminar.

Esta clase de obras no aguantan baches, ni la pérdida de tensión narrativa. Antón Chéjov es el paradigma del escritor de esta índole. Sospechaba -al igual que todos los miniaturistas- que tras la abundancia se esconde una promiscuidad, un exceso que ellos deben depurar hasta la pureza formal. Algo parecido pensaba Adolfo Couve, otro autor de obras mínimas.

Otra novela de esta familia es Help a él, de Rodolfo Fogwill. Se trata de una desafiante parodia en clave psicodélica del famoso cuento “El Aleph”, de Borges. Fogwill en vez de describir un personaje que se encuentra con “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, hace que este personaje sea un periodista abrumado por la muerte de una novia, lo que lo lleva a ingerir un cóctail de drogas para acceder a otro estado de conciencia, con una alta carga de sexo y sadomasoquismo.

El relato está contado a una velocidad envidiable. Cuando acontece el delirio, Fogwill se desliga de las convenciones narrativas y entrega una pieza de destreza excepcional, al describir un lugar más turbulento y perverso en el que, sin embargo, hay una poética y una mística. Help a él es una visita a territorios perturbados, donde podemos sentir el acoso de las fantasías como una forma posible de contemplar el infinito sin culpas.

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