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Archivos Mensuales: marzo 2009

En revista +Decoración, La Tercera, sábado 21 de marzo de 2009

Recomendado por Inés Picchetti, diseñadora de revista H, Libros y lecturas

“La reH es una revista literaria que presenta autores diversos : en este tercer número va de Mario Bellatín a Stendhal, de Marcelo Mellado a Elías Canetti. Por eso el diseño prioriza la legibilidad e intenta a la vez crear una identidad. Usamos tipografía Whitman por su funcionalidad. Utilizamos como recursos imágenes de un artista invitado, de los libros y tramas tipográficas. La diversidad en la elección del artista da a cada número un carácter visual particular. Ya invitamos a Margarita Dittborn y a Sachiyo Nishimura, fotógrafas con obras opuestas, y en este número a Mikko Rantanen, un artista finlandés que vive en Berlín. Sus imágenes reformulan el género de la ilustración, y son nostálgicas y perturbadoras a la vez”.

En Qué pasa, 6 de marzo de 2009

El escritor que dispara contra Chávez

por Gonzalo Maier

Israel Centeno, una de las caras más visibles de la narrativa venezolana, se ha transformado en un activo opositor del polémico gobernante. Y precisamente de eso habla en esta entrevista: de sus novelas, de las políticas de Chávez y de cómo vive hoy un escritor en Caracas. Así se escucha un novelista de la disidencia cuando Calletania, su más celebrada novela, está a días de llegar a Chile.

Israel Centeno (51) es un escritor oculto. Pero uno que está a kilómetros del glamour de Thomas Pynchon o del aura cinematográfica de Roberto Saviano. Israel Centeno, uno de los más celebrados narradores venezolanos, está oculto básicamente porque sus libros circulan en secreto. De a poco. En Caracas, por ejemplo, las novelas que desde hace unos años está reeditando Editorial Periférica son inencontrables. Según Centeno, a estas alturas no hay quien se atreva a distribuirlas. Es que el autor de Retrato de George Dyer, dueño de una prosa a ratos adictiva y transgresora, no es precisamente un santo digno de devoción para Hugo Chávez. Llevando esta historia a números redondos: Centeno está al margen. En silencio.

Aunque las ocho novelas que ha publicado –varias por Alfaguara y Norma– le han valido el reconocimiento dentro de Venezuela, tampoco han sido motivo suficiente para que Centeno salte las –cada vez más altas– fronteras sudamericanas. La historia es conocida: para que a un escritor latinoamericano lo lean en el país vecino, antes hay que pasar por España. Y eso, sin ir más lejos, es lo que por estos días está sucediendo con los libros de Centeno. Aunque, paradójicamente, cuando el panorama de sus novelas en el extranjero se comienza a despejar, el otro, el interno, se convulsiona. Las razones son políticas. Quizá su lugar como escritor de oposición se precipitó violentamente cuando en 2004 firmó una carta en la prestigiosa revista Letras Libres sosteniendo que uno de los tantos referendos venezolanos era un fraude. O quizá porque, de un tiempo a esta parte, cada vez que le preguntan, no duda en dar su cruda versión de la vida privada de la revolución bolivariana.

Si hay que buscar el inicio, la historia de Centeno comienza con Calletania, su primera novela y, de paso, uno de sus más grandes e instantáneos éxitos. El libro, que en 1992 le valió la fama en Venezuela, es una suerte de manifiesto que cuestiona el triunfo de la revolución y de las luchas políticas que se instalaron en América Latina en la década del 60. Durante estos días, tal como hace poco lo hizo Iniciaciones e Hilo de Cometa (que también incluye la novela breve Retrato de George Dyer), llegará a las estanterías chilenas Calletania. La novela es un texto sobre un barrio de Caracas y sus vecinos. En él vive el Coronel, su mujer, una actriz y “la lolita”. Además, por supuesto, de vendedores de drogas, policías corruptos y ex militantes de partidos políticos. En otras palabras: una novela sobre los que no se pudieron adaptar al fin de las luchas.

– Aunque hayan pasado 17 años, Calletania hoy parece más vigente que nunca, ¿no?
– Si uno estaba en la calle en aquella época, ya sentía que Chávez estaba en el panorama. Quizás no tuviese un rostro, pero estaba en el panorama. El contexto político de hoy es bastante parecido. En la historia pequeña se ve una izquierda embarcada en proyectos que la desnaturalizaban. De alguna manera, comenzaron a justificarse y a establecerse vínculos con el narcotráfico, con los militares, con la guerrilla urbana y se convirtieron de alguna manera en grupos paramilitares que hoy abrazan una causa mesiánica, pero que tienen intereses muy lejanos a establecer una sociedad de libertad y justicia social.

– ¿Hoy es así?
– Hoy en día estos grupos, en los barrios, ejercen una cruel dictadura sobre sus habitantes. Es extraño el fenómeno, el brazo represivo y coercitivo de esta revolución colinda con el hampa común, y estos grupos no tienen nada que ver con la guerrilla urbana de los años 60, pero sí mucho con los sindicatos mafiosos y los carteles. Ellos son los que se comenzaban a prefigurar en Calletania. Y ahora son tangibles, reales y mucho más poderosos.

– Visto así, ¿te parece que el sueño de la revolución fracasó?
– No sé qué sucede cuando triunfa o fracasa una revolución, porque acá no ha ocurrido eso. Se vende la idea de que en Venezuela hay una revolución triunfante, cuando vivimos una dinámica involutiva hacia el mesianismo o caudillismo del siglo XIX. Pero teniendo en cuenta aquella frase de León Trotsky de que la revolución es un momento de inspiración, imagino que en ese momento pudiera surgir una pluma como la de Maiakovski, y luego el vacío, el silencio del escritor, el exilio o su suicidio.

– ¿Y crees que tu literatura ha cambiado a raíz de lo que ha pasado?
– Mi propuesta en estos últimos diez años se ha reafirmado en el criterio de la voluntad individual e independiente de un proyecto estético. He escrito las historias que he querido escribir y he recurrido a las formas que me han parecido convenientes. Y esto nunca le conviene a un gobierno que promueve la consumación del yo en la voluntad del caudillo.

– ¿Por qué? ¿Cómo ha sido tu experiencia como opositor?
– Me siento como toda persona que tiene un punto de vista diferente a lo que llaman “el proceso”, porque un punto de vista diferente en este contexto -y para este gobernante militar con su perfil autocrático-, no es un valor. Y a quien ejerce esta disidencia le ponen etiquetas como “traidor”, “apátrida”, “golpista” o “fascista”. Eres de derecha aunque hagas la crítica recurriendo a un pensamiento de izquierda. Ellos mismos, sin pudor, dicen que te conviertes en un objetivo militar.

– ¿Pero esa posición te ha traído problemas prácticos?
– La diferencia no me ha desvirtuado ni empobrecido, sino al contrario, me enriquece. Mi experiencia, reafirmada en la diferencia, ha sido positiva.

Secretos de familia

Más allá de lo que podría pensarse, los libros de Centeno –quien además ejerce como editor en el microsello Memorias de Altagracia– no son políticos. O, al menos, no formal ni militantemente. Iniciaciones, por ejemplo, es una novela de aprendizaje. Un texto cargado de pasajes eróticos en donde un grupo de adolescentes se inicia sexualmente en una Venezuela rural y asfixiante. En Hilo de Cometa, por otro lado, un joven espera a su padre, un militar progresista que ha sido encarcelado por una de las muchas dictaduras latinoamericanas, mientras se pasa las tardes mirando Rebelde sin causa y recordando sus primeras aventuras juveniles. Todo, esta vez, relatado por una prosa a ratos atropellada, salpicada con la tradición oral caribeña y ajena a cualquier orden temporal. Retrato de George Dyer, un texto titulado así por culpa de un cuadro de Francis Bacon, es precisamente el relato de un venezolano en la Londres de los años 80, ciudad en la que Centeno vivió una temporada. Es la historia de un joven perdido, mareado por el ritmo de Candem Town y que, sin quererlo, descubre un par de secretos que esconde su hermana.

– Leyendo Hilo de Cometa o Iniciaciones llama la atención que tus textos transiten por veredas aparentemente tan distintas. Por un lado la intimidad, la vida sexual, y por otro la gran política…
– A veces cuando uno escribe se encuentra ante la complejidad de la vida, y la vida no es sólo una de estas partes, ni aun cuando haces una novela de género. La política aparece cuando contextualizas, o cuando decides cómo contextualizar.

– En esas mismas novelas también hay episodios sugerentemente incestuosos.
– El incesto es un tema arquetípico. Cuando creas las atmósferas, los ambientes y los personajes, ellos establecen su dinámica. Si eres honesto, aparece el tema del incesto. La sexualidad es una pulsión irracional y aun en las familias más estructuradas se cuela algo de eso.

– Ese ambiente de encierro recuerda algunas novelas de Donoso.
-Ésa es una comparación que me honra. Soy un lector de Donoso, en mi libro Criaturas de la Noche de alguna forma humilde he tratado de darle vida a la perra amarilla de los Azcoitía, de El Obsceno Pájaro de la Noche. Me fascinan sus ambientes opresivos, la atmósfera de los imbunches.

– Varios de tus personajes -y siguiendo con la tradición latinoamericana- suelen escapar a Europa, ¿por qué crees que pasa eso?
– Latinoamérica mira constantemente hacia adentro, pero con ideas de afuera. Siempre ha tratado de interpretarse pasando por París. En el caso de mis trabajos, mis personajes tienen obsesiones con las grandes urbes, porque quizá en ellas se expliquen mejor que en su entorno inmediato.

– Eso mismo sucede con tus libros, ¿no? Para que hoy te lean en Chile o Perú antes debes pasar por Madrid o Barcelona…
– Sí, pero en los años sesenta había que pasar por París. París legitimaba. España ahora es un polo editorial importante, allí se publican muchos libros, pero si se me publica en España, probablemente llegaré a Chile y a México. No conozco a un autor chileno publicado por Planeta de Chile, pero sí a un autor chileno publicado en España por Planeta.

– ¿Pero tampoco tus reediciones están llegando a Venezuela, cierto?
– Dudo que estos libros míos que se han publicado en España lleguen a Venezuela, de hecho ninguna distribuidora se ha atrevido a traerlos. Y es que hay una política editorial del Estado que nos hace casi imposible el acceso a las novedades que se publican en cualquier parte. Es un asunto que nos genera mucha ansiedad.

– Tú también eres editor, ¿cómo ves ese rol en la Venezuela de hoy?
– Me ha costado asumir ese papel. Acá todas las políticas editoriales son fomentadas por el Estado. Cuando el Estado se confunde con el gobierno, se crea un conflicto porque tu tarea de editor de alguna manera debe formar parte del proyecto ideológico del gobierno. Debes convertirte en su propagandista, y un editor propagandista es un mal editor. Pero si no lo haces sencillamente quedas a un lado.

– ¿Y qué te pareció el último referéndum?
– Después de eso, esta revolución no puede argüir que su fin último es darle la felicidad al pueblo. Este proyecto, que se llama a sí mismo revolucionario, tiene un solo fin: hacer feliz a Chávez, quien encarna al pueblo y se consume en él, según sus propias palabras. Los chavistas no son socialistas, son eso: chavistas. Tal como los peronistas son sólo peronistas.

– Lo último: ¿cómo crees que continúe el gobierno de Chávez? ¿Hacia dónde va?
– Chávez seguirá cabalgando su proyecto populista, encarnando la voz de los pobres de América, del mundo y del universo. No creo que siga concentrando más poder, porque todos los poderes públicos están sujetos y son obedientes a la voluntad del comandante, quien usa todos los resortes de poder sumiso para perpetuarse a través de innumerables elecciones en las que el ventajismo y el fraude marcan la pauta. Todos los miembros del árbitro electoral son militantes del partido de gobierno. Y Chávez ha vendido la idea de que sólo las elecciones garantizan la democracia. Todo esto montado un poco en la onda de Lukachenko en Bielorrusia o de Mugabe en Zimbabwe. Democracia es algo más, ¿no?

A partir del miércoles 18 de marzo en librerías.

Clásicos
• Michael Kohlhaas | Heinrich Von Kleist | NÓRDICA
• El barco de las orquídeas. Poetisas chinas | Kenneth Rexrothy Ling Cheng | GADIR
• El sobrino de Rameau. Perro muerto en tintorería | Denis Diderot, Angelica Liddel | NÓRDICA

Ensayo y crónica
• El. Para entender la psicología masculina | Robert A. Johnson | GADIR
• La cena de los notables |  Constantino Bértolo | PERIFÉRICA

Diarios y memorias
• Cuatro años en París | Victoria Kent |  GADIR
• Diario | Fernando Pessoa | GADIR
• El cuaderno rojo | Benjamin Constant | PERIFÉRICA
• Hacia el provenir | Rafael Barrett | PERIFÉRICA
• Sin flores ni coronas | Odette Elina | PERIFÉRICA

Ilustrados
• El capote | Nicolai Gogol | NÓRDICA
• El elfo y la princesa | Fernando Pessoa | GADIR
• La famosa invasión de Sicilia por los osos | Dino Buzzati | GADIR
• Poemas | Paul Verlaine | NÓRDICA
• Secuelas de una larguísima nota de rechazo | Charles Bukowski | NÓRDICA

Narrativa francesa
• El barco de Urien | André Gide | GADIR
• Sida mental | Lionel Tran | PERIFÉRICA

Hispanoamericana
• Calletania | Israel Centeno | PERIFÉRICA
• El día de la mudanza | Pedro Badrán | PERIFÉRICA
• Trabajos del reino | Yuri Herrera | PERIFÉRICA

Inglesa y norteamericana
• La polilla y la herrumbre | Mary Cholmondeley | PERIFÉRICA

Italiana
• Araceli | Elsa Morante | GADIR
• Bárnabo de las montañas | Dino Buzzati | GADIR
• Chavales del arroyo | Pier Paolo Pasolini | NÓRDICA
• De la nariz al cielo | Luigi Pirandello | GADIR
• El desierto de los tártaros | Dino Buzzati | GADIR
• El reloj | Carlo Levi | GADIR
• El gran retrato | Dino Buzzati | GADIR
• Fábulas | Italo Svevo | GADIR
• Hace mil años que estoy aquí | Mariolina Venezia | GADIR
• La historia | Elsa Morante | GADIR
• La vida en el campo | Giovanni Verga | PERIFÉRICA
• La tinaja | Luigi Pirandello | GADIR
• Senilidad | Italo Svevo | GADIR
• Un amor | Dino Buzzati | GADIR
Rumana
• Proyectos de pasado | Ana Blandiana | PERIFÉRICA

En El Mercurio, Revista de Libros, 15 de marzo de 2009

Artistas a la deriva

por Camilo Marks

La obra de la joven poetisa y cuentista alemana Silke Scheuermann es considerada como expresión de uno de los talentos emergentes más promisorios. La hora entre el perro y el lobo (Editorial Sexto Piso, $11.000), su primera novela, ha sido varias veces traducida y el resultado general es satisfactorio. Se trata de una ficción redondeada, de estilo personalísimo, de extensión breve —116 páginas—, pero repleta de acción y alusiones cultas, sea a las manifestaciones populares, sea a las abstrusas expresiones de lo germánico, que Scheuermann domina sin vacilar (Björk y Armani, junto a Mozart o Heidegger). No debe creerse, sin embargo, que estos elementos entorpecen el relato, porque la compacta y densa madeja argumental de La hora… está controlada y aunque a ratos parecería que no sucede nada, estamos frente a breves intervalos dentro de un programa más sencillo que complicado, más eficaz que divagatorio: cuando la autora corre peligro de irse por las ramas, vuelve enseguida a la trama argumental, de modo que ningún lector logre evadirse en las ocasionales disquisiciones que se intercalan en el libro.

El lenguaje de La hora… es preciso, meticuloso, contenido y se halla colmado de evocadoras imágenes que revelan la vocación inicial de Scheuermann: la poesía. La narradora en primera persona, de nombre desconocido, se reencuentra con su hermana Inés, tras un prolongado alejamiento de varios años, cuando regresa a vivir en Francfort por decisión propia, a pesar de que fue una destacada periodista en Roma. El contraste entre la capital financiera e industrial de la Unión Europea y la Ciudad Eterna es un leitmotiv recurrente a lo largo del tomo. Al principio, Francfort es helada, lluviosa, gris, y lo único que a la gente parece interesarle, en verdad su razón de existir es el trabajo. Por cierto, la protagonista se deslomó en Italia para abrirse paso en los medios escritos, hasta dominar la lengua de la península y escribir en ella como si fuera su habla nativa. Pero los italianos, como sabemos, o, mejor dicho, según lo indica el cliché, dedican gran parte de sus esfuerzos a pasarlo bien, a vagar por el puro gusto de hacerlo, a conversar días enteros.

Esta antítesis se va diluyendo a medida que nos adentramos en la lectura de La hora… El círculo social al que ingresa la heroína tiene bastantes similitudes con el ambiente mediterráneo que dejó atrás: restaurantes muy diversificados, boutiques, bares, galerías, sitios indefinibles donde las personas asisten a divertirse, simular que lo hacen, pretender que son dichosos.

Y en La hora… nadie o casi nadie posee motivos para mostrar felicidad o alegría. Los personajes, todos artistas o relacionados con la prensa, viven inmersos en el caos emocional, la confusión, la falta de propósitos. Mientras se va comprometiendo en el entorno y la realidad de Inés, a quien su hermana recordaba enmarcada en un halo de belleza y éxito artístico —ella es pintora y ha expuesto en muchos centros exclusivos y de difícil acceso—, se enfrenta con una mujer sumida en el alcoholismo irreparable, con Carol, la cual mantuvo —y quizá aun mantiene— una antigua y obsesiva relación lésbica con Inés, con Kai, fotógrafo y ahora pareja de la creadora plástica, con Rebecca, en estos momentos amante de Carol, o con Richard, un ambiguo colega recientemente separado que usa ropa carísima y emplea los perfumes y cosméticos de su ex cónyuge. En suma, Inés, y a lo mejor todos quienes la circundan, van por un sendero de destrucción generalizada.

La hora… debe su título a la descripción que Kai proporciona sobre los episodios de embriaguez de su compañera: o bien cae en una calma chicha y se duerme con facilidad o bien comienza a atacar a los que tiene cerca lanzándoles botellas, tarros, sillas, hasta convertirse en una fiera: si no la reducen es capaz de asesinar al primero que se le ponga por delante. En un comienzo, Kai y la narradora comparten la piedad y rabia que genera el estado de Inés; luego pasan a una relación entre ellos, culpable y dividida, pues la opción es la lealtad a Inés o el desarrollo de algo similar al amor.

La hora… está compuesta en un solo capítulo, que mezcla, en un conjunto homogéneo, diálogos, el flujo de la conciencia, la progresión de acontecimientos que culminan en un implacable retrato de hastío, desesperanza, anhelo de cosas mejores. En un texto más dilatado, tal procedimiento podría haber sido cansador. En esta crónica, resulta completamente adecuado.

En El Mercurio, Revista de Libros, domingo 8 de febrero de 2009

Rudyard Kipling: Cronista del Imperio

Por Jaime Collyer

Hay un modo envidiable de ser escritor y es ser un escritor inglés, desde luego más llevadero que otras opciones geográficas. Kipling o el propio Maugham, Evelyn Waugh, MacEwan o el muy prolífico Graham Greene evidencian todos una libertad infrecuente a la hora de escoger sus temas o hasta de posicionarse en el mundo, de hacer declaraciones, de adoptar un punto de vista, por conflictivo que resulte. Hay en todos ellos una vocación universalista, una opción de escribir de lo que se les da la gana y, con todo, a pesar de esa mirada universal, una actitud prescindente, un modo de asumir el oficio literario sin tanta grandilocuencia, no como se lo asume, por ejemplo, entre los latinoamericanos. Pareciera que el Imperio y sus glorias, ese intervalo en que Gran Bretaña dominaba los mares y el comercio mundial, imponía su estilo de vida y provocaba las guerras que le convenían, les dejó una sabiduría de fondo, transmitida de una generación a otra. Esa lucidez que muy probablemente nos deja la gloria transitoria, una forma curiosa de asumir la esencial paradoja de la vida, su precariedad consustancial.El mismo Kipling es un ejemplo claro de ese talante. En su día se lo definió como el “escritor del Imperio”, un rótulo que a él mismo no le incomodaba en absoluto, aunque al final le granjeó más sinsabores que honores, pero eso estaba incluido en su dieta, supo asimilarlo con igual elegancia. Nacido en la India y criado por ayas originarias del lugar -en virtud de lo cual hablaba al principio mejor el hindi que su lengua materna-, terminó convertido en la voz literaria más renombrada del Imperio, cuando éste comenzaba a resquebrajarse y ceder el bastón -para gran desgracia nuestra- a los norteamericanos. Su propensión abiertamente colonialista suscitó, ya en su vida, el desdén abierto de los sectores liberales, que lo consideraban un advenedizo políticamente incorrecto, surgido para mayor incorrección en las posesiones coloniales. Lo cual es, a su vez, una tradición muy inglesa y un desconcierto parecido al que, aún en nuestros días, suscita el gran Shakespeare. ¿Cómo pudo ser que un modesto cronista engendrado lejos de la city, el hijo de un funcionario imperial de escasos recursos, se transformara en una figura de renombre mundial y en el primer autor de habla inglesa que recibió -en 1907- el premio Nobel?

Su precocidad como autor influía no poco en esa renuencia. Debe tenerse presente que publicó sus primeros relatos en la India, cuando era aún un adolescente, y que al arribar a la metrópoli, donde la audiencia de la época sabía ya de él, era apenas un adulto joven, desbordante en su vocación de narrador. De hecho, uno de los editores que se interesaron en su caso quedó sorprendido al saber que el mentado Kipling, ese individuo miope y precozmente calvo que ahora estaba frente a él, tenía apenas 24 años.

Su arribo provocó, de manera previsible, abundante inquietud entre las plumas instaladas en la esfera intelectual. Robert Louis Stevenson y Henry James eran ya mayorcitos cuando Kipling irrumpió en escena con sus ímpetus. En carta dirigida a James, Stevenson se lamentaba, de hecho, de que las musas hubieran sido tan generosas con el joven Kipling, dudando de que llegara a aprovecharlas cabalmente: “Kipling posee grandes dones”, le escribió. “Los hados estaban todos achispados cuando lo bautizaron, pero… ¿qué hará con todos ellos?”.
Evidentemente los aprovechó, esos dones. De ellos intenta dar cuenta esta selección, que no es una muestra de lo mejor -lo advierte el compilador- sino lo más representativo de su vasta obra cuentística. En tal sentido, los 16 relatos escogidos son desiguales en calidad, pero ese es el precio que habitualmente paga cualquier volumen de relatos. “Es sumamente difícil escribir un relato”, dice el propio Maugham en su prólogo: “Que sea bueno o malo depende no sólo de la concepción del autor, de su poder expresivo, de su destreza en la construcción: depende también de la suerte”. Y asimila -en una acertada metáfora- el buen hacer del cuentista al de un pescador de ostras cuando deposita en su interior el grano de materia que habrá de transformarse, eventualmente, en una perla. A veces no resulta la ansiada perla, sino un bodrio.

En este caso hay perlas deslumbrantes y otras no tanto, pero igual vale muchísimo la pena el conjunto en su totalidad. Entre las primeras, por citar sólo algunas, el relato que da título a la selección e ironiza a costa de un individuo curioso que aspira a escribir, de hecho, “el mejor cuento del mundo”, proyecto que una dama intempestiva habrá de dejar en nada. U otros relatos en que aflora una temática frecuente en Kipling, la de la reencarnación, como sucede por ejemplo en “La radio”, historia de un sujeto que cree haber habitado antes en el cuerpo del poeta John Keats. O el cuento “La tumba de sus antepasados”, historia alusiva a una comunidad tribal persuadida de que el militar inglés asignado a la región es la reencarnación de su antepasado también militar y una deidad inobjetable. Otros relatos se expanden en exceso, aproximándose al género de la nouvelle, vicio que estropea no pocas veces la tensión requerida por el cuento. Ocurre, por ejemplo, en “Sin el beneficio del clero”, una morosa historia de amor que Maugham alaba sin dobleces, pero que no es para tanto.

Hay que leer a Kipling antes de emitir el juicio definitivo acerca de sus devociones imperiales, que se vieron al final tan resquebrajadas como el propio Imperio, aunque esto se sabe poco. Sucedió cuando su hijo de 18 años murió en el frente de Loos, durante la Primera Guerra Mundial. Kipling reaccionó desgarrado y escribió varios textos en los que arremetía contra las autoridades y el gobierno y hasta contra el ejército británico. Había anunciado -años antes de que estallara- la inminencia de esa guerra, pero nadie lo había escuchado. El Imperio iniciaba su repliegue definitivo.


El mejor relato del mundo y otros no menos buenos. Rudyard Kipling. Editorial Sexto Piso, Madrid, 556 páginas.