Contra la originalidad de Jonathan Lethem

Revista Qué Pasa, 27 de febrero de 2009. Sección Biblioteca QP

Nada (ni nadie) es original

Por  Felipe Restrepo Pombo, revista Gatopardo.

De todas las paranoias contemporáneas, la del plagio es tal vez la menos espectacular. Pero no por eso deja de ser peligrosa. Si no me creen, le pueden preguntar a Alfredo Bryce Echenique, por mencionar el primer nombre que se me ocurre. El novelista peruano es uno de los personajes célebres que se han visto envueltos en un escándalo de plagio recientemente. No es el único, claro: se me vienen a la cabeza varios otros escritores, artistas y periodistas -que no mencionaré aquí para no ganarme enemigos- que han sido acusados de inspirarse, por decirlo de la manera más elegante, en obras ajenas.

El asunto, me parece, se ha convertido en un problema de histeria colectiva. Son muchos los que dedican su tiempo a buscar, como sabuesos, indicios de copia en cualquier libro, estudio académico u obra de arte. Por eso, este ensayo de Jonathan Lethem es tan refrescante. Porque le da la vuelta al asunto e intenta desmontar todo el discurso que se ha construido a partir de la supuesta singularidad de la producción artística.

“Contra la originalidad o el éxtasis de las influencias” fue publicado originalmente -valga la aclaración- en la revista Harper´s Magazine con el título “The ecstasy of influence: A Plagiarism”, en febrero de 2007. Fue traducido al español y editado como libro en México el año pasado, por la editorial independiente Tumbona. Éste es uno de los pocos textos de Lethem traducidos al español, a pesar de ser un autor muy reconocido en su país y pertenecer a la llamada “next generation”: una camada de arriesgados escritores que renovaron la literatura estadounidense a finales de la década de los 90. Lethem, autor de varios libros -entre ellos “Motherless Brooklyn” y “The Fortress of Solitude”-, es hermano literario de Michael Chabon, Chuck Palahniuk, David Sedaris y el fallecido David Foster Wallace.

Este ensayo iconoclasta gira sobre la idea de que el arte no es más que una apropiación e interpretación de manifestaciones anteriores y que la absoluta originalidad, como tal, no existe. Pero que eso no le resta ningún mérito. Entre las decenas de ejemplos que utiliza su autor para ilustrar el argumento, tal vez el más convincente es el de Bob Dylan. Lethem sostiene que el músico ha hecho su carrera a partir de la mimesis: su música es una reunión de referencias a la literatura, el cine o incluso a otra música. Luego cita a Nabokov, a Shakespeare y T.S.Eliot, y a otros artistas que han tomado el mismo camino: beber de diferentes fuentes para enriquecer su proceso creativo. Sin darles crédito a terceros.

El mismo Lethem aprovecha para hacer un mea culpa. Confiesa que cuando escribe se inspira descaradamente en modelos tan disímiles como “M*A*S*H”, El show de Mary Tyler Moore, la música punk o la literatura de Philip K. Dick. Modelos que son, a su vez, resultado de otras apropiaciones anteriores.

Luego arremete contra la ambición de algunos creadores: en una furiosa diatriba, acusa a algunos artistas de querer proclamarse propietarios absolutos de su obra y lucrarse de sus ideas para siempre. Su argumento es que quienes crean una obra de arte pueden esperar remuneración por su trabajo, desde luego, pero no sistemática, ya que su evolución natural es convertirse en parte de la cultura popular. “El plagio y la piratería son, después de todo, los monstruos que nosotros los artistas en activo aprendemos a temer, ya que acechan en los bosques que circundan nuestros muy pequeños cotos de renombre y remuneración”, dice. Esta actitud mezquina, concluye, traiciona la motivación primaria de cualquier artista: cambiar el mundo.

Lethem reserva un poco de veneno para aquellos que se escandalizan por la forma cómo la cultura se está transformando gracias a las nuevas tecnologías. Sobre todo a quienes satanizan el intercambio gratuito de archivos a través de internet. “El futuro será muy parecido al pasado”, dice. Las obras realmente buenas serán las que sobrevivirán a los cambios tecnológicos. Y tratar de negar los cambios sólo afectará a los seguidores más fieles.

Hasta ahí todo va muy bien. Sin embargo, Lethem deja para el final un tour de force genial: en un breve apéndice -llamado “Yo es otro”, en alusión a Rimbaud- nos revela que todo su ensayo está escrito a partir de citas y fragmentos de otros textos. De hecho, casi todas las frases de su texto son robadas, transformadas o copiadas de otras fuentes. Pero no por eso su ensayo deja de ser único y, desde luego, novedoso. Qué original, ¿no?

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