Rudyard Kipling

En El Mercurio, Revista de Libros, domingo 8 de febrero de 2009

Rudyard Kipling: Cronista del Imperio

Por Jaime Collyer

Hay un modo envidiable de ser escritor y es ser un escritor inglés, desde luego más llevadero que otras opciones geográficas. Kipling o el propio Maugham, Evelyn Waugh, MacEwan o el muy prolífico Graham Greene evidencian todos una libertad infrecuente a la hora de escoger sus temas o hasta de posicionarse en el mundo, de hacer declaraciones, de adoptar un punto de vista, por conflictivo que resulte. Hay en todos ellos una vocación universalista, una opción de escribir de lo que se les da la gana y, con todo, a pesar de esa mirada universal, una actitud prescindente, un modo de asumir el oficio literario sin tanta grandilocuencia, no como se lo asume, por ejemplo, entre los latinoamericanos. Pareciera que el Imperio y sus glorias, ese intervalo en que Gran Bretaña dominaba los mares y el comercio mundial, imponía su estilo de vida y provocaba las guerras que le convenían, les dejó una sabiduría de fondo, transmitida de una generación a otra. Esa lucidez que muy probablemente nos deja la gloria transitoria, una forma curiosa de asumir la esencial paradoja de la vida, su precariedad consustancial.El mismo Kipling es un ejemplo claro de ese talante. En su día se lo definió como el “escritor del Imperio”, un rótulo que a él mismo no le incomodaba en absoluto, aunque al final le granjeó más sinsabores que honores, pero eso estaba incluido en su dieta, supo asimilarlo con igual elegancia. Nacido en la India y criado por ayas originarias del lugar -en virtud de lo cual hablaba al principio mejor el hindi que su lengua materna-, terminó convertido en la voz literaria más renombrada del Imperio, cuando éste comenzaba a resquebrajarse y ceder el bastón -para gran desgracia nuestra- a los norteamericanos. Su propensión abiertamente colonialista suscitó, ya en su vida, el desdén abierto de los sectores liberales, que lo consideraban un advenedizo políticamente incorrecto, surgido para mayor incorrección en las posesiones coloniales. Lo cual es, a su vez, una tradición muy inglesa y un desconcierto parecido al que, aún en nuestros días, suscita el gran Shakespeare. ¿Cómo pudo ser que un modesto cronista engendrado lejos de la city, el hijo de un funcionario imperial de escasos recursos, se transformara en una figura de renombre mundial y en el primer autor de habla inglesa que recibió -en 1907- el premio Nobel?

Su precocidad como autor influía no poco en esa renuencia. Debe tenerse presente que publicó sus primeros relatos en la India, cuando era aún un adolescente, y que al arribar a la metrópoli, donde la audiencia de la época sabía ya de él, era apenas un adulto joven, desbordante en su vocación de narrador. De hecho, uno de los editores que se interesaron en su caso quedó sorprendido al saber que el mentado Kipling, ese individuo miope y precozmente calvo que ahora estaba frente a él, tenía apenas 24 años.

Su arribo provocó, de manera previsible, abundante inquietud entre las plumas instaladas en la esfera intelectual. Robert Louis Stevenson y Henry James eran ya mayorcitos cuando Kipling irrumpió en escena con sus ímpetus. En carta dirigida a James, Stevenson se lamentaba, de hecho, de que las musas hubieran sido tan generosas con el joven Kipling, dudando de que llegara a aprovecharlas cabalmente: “Kipling posee grandes dones”, le escribió. “Los hados estaban todos achispados cuando lo bautizaron, pero… ¿qué hará con todos ellos?”.
Evidentemente los aprovechó, esos dones. De ellos intenta dar cuenta esta selección, que no es una muestra de lo mejor -lo advierte el compilador- sino lo más representativo de su vasta obra cuentística. En tal sentido, los 16 relatos escogidos son desiguales en calidad, pero ese es el precio que habitualmente paga cualquier volumen de relatos. “Es sumamente difícil escribir un relato”, dice el propio Maugham en su prólogo: “Que sea bueno o malo depende no sólo de la concepción del autor, de su poder expresivo, de su destreza en la construcción: depende también de la suerte”. Y asimila -en una acertada metáfora- el buen hacer del cuentista al de un pescador de ostras cuando deposita en su interior el grano de materia que habrá de transformarse, eventualmente, en una perla. A veces no resulta la ansiada perla, sino un bodrio.

En este caso hay perlas deslumbrantes y otras no tanto, pero igual vale muchísimo la pena el conjunto en su totalidad. Entre las primeras, por citar sólo algunas, el relato que da título a la selección e ironiza a costa de un individuo curioso que aspira a escribir, de hecho, “el mejor cuento del mundo”, proyecto que una dama intempestiva habrá de dejar en nada. U otros relatos en que aflora una temática frecuente en Kipling, la de la reencarnación, como sucede por ejemplo en “La radio”, historia de un sujeto que cree haber habitado antes en el cuerpo del poeta John Keats. O el cuento “La tumba de sus antepasados”, historia alusiva a una comunidad tribal persuadida de que el militar inglés asignado a la región es la reencarnación de su antepasado también militar y una deidad inobjetable. Otros relatos se expanden en exceso, aproximándose al género de la nouvelle, vicio que estropea no pocas veces la tensión requerida por el cuento. Ocurre, por ejemplo, en “Sin el beneficio del clero”, una morosa historia de amor que Maugham alaba sin dobleces, pero que no es para tanto.

Hay que leer a Kipling antes de emitir el juicio definitivo acerca de sus devociones imperiales, que se vieron al final tan resquebrajadas como el propio Imperio, aunque esto se sabe poco. Sucedió cuando su hijo de 18 años murió en el frente de Loos, durante la Primera Guerra Mundial. Kipling reaccionó desgarrado y escribió varios textos en los que arremetía contra las autoridades y el gobierno y hasta contra el ejército británico. Había anunciado -años antes de que estallara- la inminencia de esa guerra, pero nadie lo había escuchado. El Imperio iniciaba su repliegue definitivo.


El mejor relato del mundo y otros no menos buenos. Rudyard Kipling. Editorial Sexto Piso, Madrid, 556 páginas.

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