Silke Scheuermann, La hora entre el perro y el lobo

En El Mercurio, Revista de Libros, 15 de marzo de 2009

Artistas a la deriva

por Camilo Marks

La obra de la joven poetisa y cuentista alemana Silke Scheuermann es considerada como expresión de uno de los talentos emergentes más promisorios. La hora entre el perro y el lobo (Editorial Sexto Piso, $11.000), su primera novela, ha sido varias veces traducida y el resultado general es satisfactorio. Se trata de una ficción redondeada, de estilo personalísimo, de extensión breve —116 páginas—, pero repleta de acción y alusiones cultas, sea a las manifestaciones populares, sea a las abstrusas expresiones de lo germánico, que Scheuermann domina sin vacilar (Björk y Armani, junto a Mozart o Heidegger). No debe creerse, sin embargo, que estos elementos entorpecen el relato, porque la compacta y densa madeja argumental de La hora… está controlada y aunque a ratos parecería que no sucede nada, estamos frente a breves intervalos dentro de un programa más sencillo que complicado, más eficaz que divagatorio: cuando la autora corre peligro de irse por las ramas, vuelve enseguida a la trama argumental, de modo que ningún lector logre evadirse en las ocasionales disquisiciones que se intercalan en el libro.

El lenguaje de La hora… es preciso, meticuloso, contenido y se halla colmado de evocadoras imágenes que revelan la vocación inicial de Scheuermann: la poesía. La narradora en primera persona, de nombre desconocido, se reencuentra con su hermana Inés, tras un prolongado alejamiento de varios años, cuando regresa a vivir en Francfort por decisión propia, a pesar de que fue una destacada periodista en Roma. El contraste entre la capital financiera e industrial de la Unión Europea y la Ciudad Eterna es un leitmotiv recurrente a lo largo del tomo. Al principio, Francfort es helada, lluviosa, gris, y lo único que a la gente parece interesarle, en verdad su razón de existir es el trabajo. Por cierto, la protagonista se deslomó en Italia para abrirse paso en los medios escritos, hasta dominar la lengua de la península y escribir en ella como si fuera su habla nativa. Pero los italianos, como sabemos, o, mejor dicho, según lo indica el cliché, dedican gran parte de sus esfuerzos a pasarlo bien, a vagar por el puro gusto de hacerlo, a conversar días enteros.

Esta antítesis se va diluyendo a medida que nos adentramos en la lectura de La hora… El círculo social al que ingresa la heroína tiene bastantes similitudes con el ambiente mediterráneo que dejó atrás: restaurantes muy diversificados, boutiques, bares, galerías, sitios indefinibles donde las personas asisten a divertirse, simular que lo hacen, pretender que son dichosos.

Y en La hora… nadie o casi nadie posee motivos para mostrar felicidad o alegría. Los personajes, todos artistas o relacionados con la prensa, viven inmersos en el caos emocional, la confusión, la falta de propósitos. Mientras se va comprometiendo en el entorno y la realidad de Inés, a quien su hermana recordaba enmarcada en un halo de belleza y éxito artístico —ella es pintora y ha expuesto en muchos centros exclusivos y de difícil acceso—, se enfrenta con una mujer sumida en el alcoholismo irreparable, con Carol, la cual mantuvo —y quizá aun mantiene— una antigua y obsesiva relación lésbica con Inés, con Kai, fotógrafo y ahora pareja de la creadora plástica, con Rebecca, en estos momentos amante de Carol, o con Richard, un ambiguo colega recientemente separado que usa ropa carísima y emplea los perfumes y cosméticos de su ex cónyuge. En suma, Inés, y a lo mejor todos quienes la circundan, van por un sendero de destrucción generalizada.

La hora… debe su título a la descripción que Kai proporciona sobre los episodios de embriaguez de su compañera: o bien cae en una calma chicha y se duerme con facilidad o bien comienza a atacar a los que tiene cerca lanzándoles botellas, tarros, sillas, hasta convertirse en una fiera: si no la reducen es capaz de asesinar al primero que se le ponga por delante. En un comienzo, Kai y la narradora comparten la piedad y rabia que genera el estado de Inés; luego pasan a una relación entre ellos, culpable y dividida, pues la opción es la lealtad a Inés o el desarrollo de algo similar al amor.

La hora… está compuesta en un solo capítulo, que mezcla, en un conjunto homogéneo, diálogos, el flujo de la conciencia, la progresión de acontecimientos que culminan en un implacable retrato de hastío, desesperanza, anhelo de cosas mejores. En un texto más dilatado, tal procedimiento podría haber sido cansador. En esta crónica, resulta completamente adecuado.

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