Israel Centeno

En Qué pasa, 6 de marzo de 2009

El escritor que dispara contra Chávez

por Gonzalo Maier

Israel Centeno, una de las caras más visibles de la narrativa venezolana, se ha transformado en un activo opositor del polémico gobernante. Y precisamente de eso habla en esta entrevista: de sus novelas, de las políticas de Chávez y de cómo vive hoy un escritor en Caracas. Así se escucha un novelista de la disidencia cuando Calletania, su más celebrada novela, está a días de llegar a Chile.

Israel Centeno (51) es un escritor oculto. Pero uno que está a kilómetros del glamour de Thomas Pynchon o del aura cinematográfica de Roberto Saviano. Israel Centeno, uno de los más celebrados narradores venezolanos, está oculto básicamente porque sus libros circulan en secreto. De a poco. En Caracas, por ejemplo, las novelas que desde hace unos años está reeditando Editorial Periférica son inencontrables. Según Centeno, a estas alturas no hay quien se atreva a distribuirlas. Es que el autor de Retrato de George Dyer, dueño de una prosa a ratos adictiva y transgresora, no es precisamente un santo digno de devoción para Hugo Chávez. Llevando esta historia a números redondos: Centeno está al margen. En silencio.

Aunque las ocho novelas que ha publicado –varias por Alfaguara y Norma– le han valido el reconocimiento dentro de Venezuela, tampoco han sido motivo suficiente para que Centeno salte las –cada vez más altas– fronteras sudamericanas. La historia es conocida: para que a un escritor latinoamericano lo lean en el país vecino, antes hay que pasar por España. Y eso, sin ir más lejos, es lo que por estos días está sucediendo con los libros de Centeno. Aunque, paradójicamente, cuando el panorama de sus novelas en el extranjero se comienza a despejar, el otro, el interno, se convulsiona. Las razones son políticas. Quizá su lugar como escritor de oposición se precipitó violentamente cuando en 2004 firmó una carta en la prestigiosa revista Letras Libres sosteniendo que uno de los tantos referendos venezolanos era un fraude. O quizá porque, de un tiempo a esta parte, cada vez que le preguntan, no duda en dar su cruda versión de la vida privada de la revolución bolivariana.

Si hay que buscar el inicio, la historia de Centeno comienza con Calletania, su primera novela y, de paso, uno de sus más grandes e instantáneos éxitos. El libro, que en 1992 le valió la fama en Venezuela, es una suerte de manifiesto que cuestiona el triunfo de la revolución y de las luchas políticas que se instalaron en América Latina en la década del 60. Durante estos días, tal como hace poco lo hizo Iniciaciones e Hilo de Cometa (que también incluye la novela breve Retrato de George Dyer), llegará a las estanterías chilenas Calletania. La novela es un texto sobre un barrio de Caracas y sus vecinos. En él vive el Coronel, su mujer, una actriz y “la lolita”. Además, por supuesto, de vendedores de drogas, policías corruptos y ex militantes de partidos políticos. En otras palabras: una novela sobre los que no se pudieron adaptar al fin de las luchas.

– Aunque hayan pasado 17 años, Calletania hoy parece más vigente que nunca, ¿no?
– Si uno estaba en la calle en aquella época, ya sentía que Chávez estaba en el panorama. Quizás no tuviese un rostro, pero estaba en el panorama. El contexto político de hoy es bastante parecido. En la historia pequeña se ve una izquierda embarcada en proyectos que la desnaturalizaban. De alguna manera, comenzaron a justificarse y a establecerse vínculos con el narcotráfico, con los militares, con la guerrilla urbana y se convirtieron de alguna manera en grupos paramilitares que hoy abrazan una causa mesiánica, pero que tienen intereses muy lejanos a establecer una sociedad de libertad y justicia social.

– ¿Hoy es así?
– Hoy en día estos grupos, en los barrios, ejercen una cruel dictadura sobre sus habitantes. Es extraño el fenómeno, el brazo represivo y coercitivo de esta revolución colinda con el hampa común, y estos grupos no tienen nada que ver con la guerrilla urbana de los años 60, pero sí mucho con los sindicatos mafiosos y los carteles. Ellos son los que se comenzaban a prefigurar en Calletania. Y ahora son tangibles, reales y mucho más poderosos.

– Visto así, ¿te parece que el sueño de la revolución fracasó?
– No sé qué sucede cuando triunfa o fracasa una revolución, porque acá no ha ocurrido eso. Se vende la idea de que en Venezuela hay una revolución triunfante, cuando vivimos una dinámica involutiva hacia el mesianismo o caudillismo del siglo XIX. Pero teniendo en cuenta aquella frase de León Trotsky de que la revolución es un momento de inspiración, imagino que en ese momento pudiera surgir una pluma como la de Maiakovski, y luego el vacío, el silencio del escritor, el exilio o su suicidio.

– ¿Y crees que tu literatura ha cambiado a raíz de lo que ha pasado?
– Mi propuesta en estos últimos diez años se ha reafirmado en el criterio de la voluntad individual e independiente de un proyecto estético. He escrito las historias que he querido escribir y he recurrido a las formas que me han parecido convenientes. Y esto nunca le conviene a un gobierno que promueve la consumación del yo en la voluntad del caudillo.

– ¿Por qué? ¿Cómo ha sido tu experiencia como opositor?
– Me siento como toda persona que tiene un punto de vista diferente a lo que llaman “el proceso”, porque un punto de vista diferente en este contexto -y para este gobernante militar con su perfil autocrático-, no es un valor. Y a quien ejerce esta disidencia le ponen etiquetas como “traidor”, “apátrida”, “golpista” o “fascista”. Eres de derecha aunque hagas la crítica recurriendo a un pensamiento de izquierda. Ellos mismos, sin pudor, dicen que te conviertes en un objetivo militar.

– ¿Pero esa posición te ha traído problemas prácticos?
– La diferencia no me ha desvirtuado ni empobrecido, sino al contrario, me enriquece. Mi experiencia, reafirmada en la diferencia, ha sido positiva.

Secretos de familia

Más allá de lo que podría pensarse, los libros de Centeno –quien además ejerce como editor en el microsello Memorias de Altagracia– no son políticos. O, al menos, no formal ni militantemente. Iniciaciones, por ejemplo, es una novela de aprendizaje. Un texto cargado de pasajes eróticos en donde un grupo de adolescentes se inicia sexualmente en una Venezuela rural y asfixiante. En Hilo de Cometa, por otro lado, un joven espera a su padre, un militar progresista que ha sido encarcelado por una de las muchas dictaduras latinoamericanas, mientras se pasa las tardes mirando Rebelde sin causa y recordando sus primeras aventuras juveniles. Todo, esta vez, relatado por una prosa a ratos atropellada, salpicada con la tradición oral caribeña y ajena a cualquier orden temporal. Retrato de George Dyer, un texto titulado así por culpa de un cuadro de Francis Bacon, es precisamente el relato de un venezolano en la Londres de los años 80, ciudad en la que Centeno vivió una temporada. Es la historia de un joven perdido, mareado por el ritmo de Candem Town y que, sin quererlo, descubre un par de secretos que esconde su hermana.

– Leyendo Hilo de Cometa o Iniciaciones llama la atención que tus textos transiten por veredas aparentemente tan distintas. Por un lado la intimidad, la vida sexual, y por otro la gran política…
– A veces cuando uno escribe se encuentra ante la complejidad de la vida, y la vida no es sólo una de estas partes, ni aun cuando haces una novela de género. La política aparece cuando contextualizas, o cuando decides cómo contextualizar.

– En esas mismas novelas también hay episodios sugerentemente incestuosos.
– El incesto es un tema arquetípico. Cuando creas las atmósferas, los ambientes y los personajes, ellos establecen su dinámica. Si eres honesto, aparece el tema del incesto. La sexualidad es una pulsión irracional y aun en las familias más estructuradas se cuela algo de eso.

– Ese ambiente de encierro recuerda algunas novelas de Donoso.
-Ésa es una comparación que me honra. Soy un lector de Donoso, en mi libro Criaturas de la Noche de alguna forma humilde he tratado de darle vida a la perra amarilla de los Azcoitía, de El Obsceno Pájaro de la Noche. Me fascinan sus ambientes opresivos, la atmósfera de los imbunches.

– Varios de tus personajes -y siguiendo con la tradición latinoamericana- suelen escapar a Europa, ¿por qué crees que pasa eso?
– Latinoamérica mira constantemente hacia adentro, pero con ideas de afuera. Siempre ha tratado de interpretarse pasando por París. En el caso de mis trabajos, mis personajes tienen obsesiones con las grandes urbes, porque quizá en ellas se expliquen mejor que en su entorno inmediato.

– Eso mismo sucede con tus libros, ¿no? Para que hoy te lean en Chile o Perú antes debes pasar por Madrid o Barcelona…
– Sí, pero en los años sesenta había que pasar por París. París legitimaba. España ahora es un polo editorial importante, allí se publican muchos libros, pero si se me publica en España, probablemente llegaré a Chile y a México. No conozco a un autor chileno publicado por Planeta de Chile, pero sí a un autor chileno publicado en España por Planeta.

– ¿Pero tampoco tus reediciones están llegando a Venezuela, cierto?
– Dudo que estos libros míos que se han publicado en España lleguen a Venezuela, de hecho ninguna distribuidora se ha atrevido a traerlos. Y es que hay una política editorial del Estado que nos hace casi imposible el acceso a las novedades que se publican en cualquier parte. Es un asunto que nos genera mucha ansiedad.

– Tú también eres editor, ¿cómo ves ese rol en la Venezuela de hoy?
– Me ha costado asumir ese papel. Acá todas las políticas editoriales son fomentadas por el Estado. Cuando el Estado se confunde con el gobierno, se crea un conflicto porque tu tarea de editor de alguna manera debe formar parte del proyecto ideológico del gobierno. Debes convertirte en su propagandista, y un editor propagandista es un mal editor. Pero si no lo haces sencillamente quedas a un lado.

– ¿Y qué te pareció el último referéndum?
– Después de eso, esta revolución no puede argüir que su fin último es darle la felicidad al pueblo. Este proyecto, que se llama a sí mismo revolucionario, tiene un solo fin: hacer feliz a Chávez, quien encarna al pueblo y se consume en él, según sus propias palabras. Los chavistas no son socialistas, son eso: chavistas. Tal como los peronistas son sólo peronistas.

– Lo último: ¿cómo crees que continúe el gobierno de Chávez? ¿Hacia dónde va?
– Chávez seguirá cabalgando su proyecto populista, encarnando la voz de los pobres de América, del mundo y del universo. No creo que siga concentrando más poder, porque todos los poderes públicos están sujetos y son obedientes a la voluntad del comandante, quien usa todos los resortes de poder sumiso para perpetuarse a través de innumerables elecciones en las que el ventajismo y el fraude marcan la pauta. Todos los miembros del árbitro electoral son militantes del partido de gobierno. Y Chávez ha vendido la idea de que sólo las elecciones garantizan la democracia. Todo esto montado un poco en la onda de Lukachenko en Bielorrusia o de Mugabe en Zimbabwe. Democracia es algo más, ¿no?

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1 comentario
  1. Estela Rombo dijo:

    Excelente entrevista, lo dice casi todo. En Venezuela no tenemos nada de Centeno desde hace años, tampoco comenta nadie su obra, ni siquiera los de la supuesta “oposición”. Me alegro de que en Chile se estén escuchando estas verdades.

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