Agape se paga de William Gaddis III

La Tercera, 18 de abril de 2009

William Gaddis: La belleza de la oscuridad

por Marcelo Soto

Si la literatura fuese una catedral, habría zonas llenas de luz, diáfanas y perfectas, pero también espacios oscuros, impenetrables y sombríos. Y tal como existen escritores de la claridad, los hay de la dificultad, de lo que no puede verse. Entre estos últimos, William Gaddis (1922-1998) fue uno de los que llegó más lejos.

Especie de Joyce o Beckett estadounidense y una de las figuras más enigmáticas del siglo XX, Gaddis fue tan raro, tan difícil de apreciar, que en algún momento se dudó de su existencia y llegó a decirse que su hombre era una máscara de Thomas Pynchon, novelista famoso –como Sallinger– por su renuencia a la publicidad.

En una de las escasas entrevistas a Paris Review en 1987, le preguntaron por qué diablos escribía como escribía. ¿No podía hacerlo de manera más simple? “Bueno, como he intentado dejar claro, si el trabajo no me resultara difícil lo cierto es que me moriría de aburrimiento”. Genial.

Los libros de Gaddis pueden ser tan inaccesibles que dan miedo, pero su oscuridad se parece a la del carbón que esconde un diamante. Leerlo es zambullirse en aguas espesas que de pronto nos regalan momentos inesperados de la más brillante lucidez.

Autor de la monumental JR (1975), que ganó el National Book Award, Gaddis estudió en Harvard, de donde fue misteriosamente expulsado, trabajó como verificador de datos en el New Yorker y publicó una primera novela, de mil páginas, en 1955, The Recognitions, tras la cual pasó veinte años sin editar nada, empleado en la industria farmaceútica y en compañías como Kodak e IBM, sin mencionar su autoría de guiones propagandísticos para el ejército de EEUU.

Rompió el silencio con la mencionada JR, una profecía de la actual crisis financiera que George Steiner describió como una hazaña “imposible de leer”. Escribió dos novelas, una de las cuales de nuevo se hizo del National Book Award, y se acrecentó su prestigio como autor de rascacielos de la oscuridad. Poco antes de morir, por un cáncer a la próstata, había concluido una novela en la que llevaba medio siglo trabajando y que ahora, por fin, se publica en español.

Agape se paga –cuyo título, era que no, se lee igual al revés- es una novela breve, que sin embargo pesa una tonelada. El protagonista y narrador es un enfermo terminal obsesionado con la pianola, un artilugio mecánico que permite imitar al intérprete y que para el autor fue la semilla de la muerte del arte.

“La pianola fue una epidemia, la plaga que se extendió por Estados unidos hace cien años, con el rollo de papel troquelado en el meollo de toda la cuestión, el frenesí de la invención y la mecanización y la democracia y cómo disfrutar del arte sin artista y además automoción, cibernética, ya se ve, bien se ve, más claro no puede estar de dónde ¡joder!”, dice el narrador en un monólogo interior alucinado que al final del relato interpela al propio lector.

Gaddis empezó a concebir la novela en los años 40, cuando revisaba un texto sobre las pianolas. En 1950 publicó un reportaje en The Atlantic, donde escribe: “Vender pianolas a los estadounidenses en 1912 no era una tarea difícil. Había espacio para todos en este nuevo mundo, donde la pianola ofrecía una respuesta a uno de los deseos más persistentes de América: la oportunidad de participar en algo para lo cual se exigía poco entendimiento, el placer de crear sin esfuerzo ni largas horas de práctica, y la manifestación de talento donde no había ninguno”.

Aparte de una diatriba contra la cultura del entretenimiento y la mecanización, Agape se paga intenta recuperar la armonía de los tiempos inmemoriales, aquel sentido de comunión que se desvanece. “Lo que se pierde, lo que desaparece, lo que se grita en las calles es esa juventud en que todo es posible, Dios del cielo, eso es lo que ha desaparecido para siempre”, dispara el narrador.

La prosa de Gaddis puede ser atonal como la música de Schoenberg, pero al igual que en el caso del compositor austríaco, posee la cualidad perdurable de las piezas de verdadera belleza. Como dice Rodrigo Fresán en el prólogo: “Oiganlo sonar ahora, óiganlo seguir sonando. Hagan justicia en esta vida –no se pierde nada y se gana mucho con intentarlo– y escúchenlo”.

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