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Archivos Mensuales: junio 2009

La Tercera, domingo 7 de junio de 2009

Escribir en contra

por Alejandro Zambra

Contra el amor, Contra la homofobia y Contra la alegría de vivir son algunos de los libros publicados en la colección Versus del sello mexicano Tumbona. En total son 12 ensayos (como 12 rounds) y la selección va desde Contra los poetas (la ya clásica diatriba de Gombrowicz) y Contra la originalidad (un divertido montaje de Jonathan Lethem), hasta textos de escritores mexicanos como Heriberto Yépez (Contra la tele-visión), Rafael Lemus (Contra la vida activa) y el grupo de seis autores que firman Contra México lindo, una serie de artículos en que practican el necesario deporte de desmontar los mitos patrios.

La mayoría de estos libros son muy buenos y casi no tiene sentido establecer preferencias, pues el conjunto funciona como una biblioteca mínima y contundente. Pero es imposible no destacar Contra los no fumadores, de Richard Klein, que en realidad es un extracto de Los cigarrillos son sublimes, un emocionante ensayo que desde hace años nos ayuda a enfrentar las agresiones que los fumadores sufrimos a diario.

“Fumar induce formas de satisfacción estética y estados de conciencia reflexiva que pertenecen a las variedades de experiencia artística y religiosa más irresistibles”, dice Klein, y es un placer celebrar cada una de sus frases fumando, sobre todo por la constante aparición de imágenes muy bellas: “Abandonar la colilla desinfla la delicada atmósfera que el cigarro instala y restituye el principio de realidad; apaga el pequeño sueño que el cigarro produjo. Las colillas son el final, el último signo de puntuación del acto de fumar que sirve para cerrar el paréntesis que el cigarro abrió”.

A propósito de signos de puntuación, hace un par de años la periodista Marisol García publicó una columna contra los puntos suspensivos que para mí fue importante. Hasta entonces yo odiaba en silencio a los puntos suspensivos y llevaba a cabo una solitaria cruzada para desterrarlos. A la hora de editar textos ajenos, por ejemplo, los borraba sistemáticamente, argumentando sin miedo que no eran necesarios, pues de hecho nunca son necesarios, y sólo adhieren a las frases un absurdo sonsonete juvenil, en especial cuando sugieren profundidad, misterio o “poesía”. Lo que el autor no supo decir se lo endosa a esos tres lacayos serviles.

Tal vez en la colección de Tumbona ediciones falta ese libro contra los puntos suspensivos y quizás también otros contra los signos de exclamación, las notas a pie de página, las novedades literarias, las lecturas de verano, los balances de fin de año, las efemérides, las contratapas (la frase de César Aira es elocuente: “Toda contratapa es una tapa en contra”), las presentaciones de libros, los recitales de poesía, las ruedas de prensa y las enumeraciones largas.

Sería bueno escribir, de vez en cuando, esta clase de libros, aunque por ahora las ideas que se me vienen a la cabeza son bastante obvias (contra las notarías, contra el aire acondicionado, contra Microsoft Word, contra las dinámicas de grupo), o bien demasiado personales (contra el color barquillo, contra las galletas de agua, contra los amigos de los amigos) o tan específicas como la que sigue: contra la gente que alaba la película El desierto de los tártaros de Valerio Zurlini sin haber leído la novela de Dino Buzzati y por lo tanto sin saber que la película en el mejor de los casos es un remedo de esa novela insuperable.

Lo que anima a esta colección es el deseo de un debate genuino, cada vez más escaso por estos días en que cualquiera arremete contra cualquiera, y ya ni siquiera parece necesario demorarse en afilar los argumentos, pues la retórica del blog adelgaza las identidades y favorece los ruidos. Se echa de menos, entonces, la precisión, la elegancia y la ironía de estos libros seriamente divertidos que ha publicado la editorial Tumbona.

Lo que anima a estos libros es el deseo de un debate genuino, cada vez más escaso por estos días.

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The Clinic, jueves 4 de junio de 2009

Reality del miedo

Por Dorita Núñez

Amigo de Walter Scott y William Wordsworth, James Hogg (1770-1835) fue un escritor escocés del que hoy poco se sabe. Conocido también como “el Pastor de Ettrick”, gran parte de su vida la dedicó a cuidar ovejas en su tierra, a las que luego abandonó para dedicarse a escribir; en cuanto a sus poemas, puede decirse que Hogg fue por lana y salió trasquilado. Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, en cambio, es una fascinante novela que muestra la delgada línea que separa al fanatismo religioso de lo monstruoso.
Hay una concepción religiosa en la que se inscriben las acciones de Robert, el protagonista de esta rara historia situada en la Escocia neblinosa, gótica y supersticiosa del siglo XVII. Se trata de su convicción de tener asegurada la salvación porque Dios lo ha escogido; por lo tanto, por ser un “elegido”, cree vivir en una completa impunidad: “justificación por la gracia”, que le llaman.
Un macanudo prólogo de André Gide –que se declara “voluptuosamente atormentado” por el libro– precede la primera parte de esta novela, donde un editor, que, hace las veces de narrador, muestra a Robert como un ser despreciable, un lame botas siniestro y obseso de un Dios demasiado personal. Robert es un joven canalla que, amparado en su primitiva religiosidad, persigue a su hermano, otro joven, pero común y corriente, que sabe gozar la vida “pecaminosamente”. Y como el padre de ambos es también un gozador, a Robert lo desprecia y lo exilia de todo derecho a herencia.
La segunda parte es otro cuento, y mejor: el mismísimo Robert confiesa la historia de su vida, y el lector, aun consciente de todas sus maldades, sobreponiéndose al completo desprecio sentido hacia él, termina tolerándolo, ya que aparecen variables que completan y desdibujan la versión que el editor da de este pecador justificado.
Robert cuenta que transó con el diablo sin saberlo, pensando que este personaje que aparecía en su vida como por arte de magia era una especie de viajero millonario promotor de la fe. El protagonista es devorado en cuerpo y alma por este misterioso y majadero “amigo” que lo insta a hacer cosas aberrantes, convenciéndolo de que su elección divina exige una tarea de limpieza, de fumigación humana-pecadora. En ese trance Robert mata a su madre, a su hermano, a su posible amada. Cuando intenta retroceder, es demasiado tarde, y para obtener el “ansia de olvido absoluto” tendría que nacer de nuevo.
La psicología que aplica el diablo para persuadir a Robert es admirable, un despliegue de sutilezas y detalles sobrenaturales, desde los cambios en su fisonomía hasta un sustentable discurso teológico.
Además de lo religioso, opera en este libro la oscura potencia de la cabeza; Robert, al no poder justificar sus acciones, encuentra en la idea del doble -que maniobra independientemente- la posible explicación a sus crímenes. Hogg entrelaza en su personaje lo religioso y lo psicológico, lo confunde como si se tratara de piezas de una misma maquinaria.
El suicidio será la salida, por lo menos en lo que a asuntos terrenales respecta. Desde que ha sido devorado por este demoníaco fanatismo, matarse es la única y última elección que le queda a un hombre que se condenó solito a reposar en su asiento de elegido, y a ser un odioso inquisidor que en su constante condenar estuvo más muerto que vivo, más loco que cuerdo. Creerse elegido divino, un pequeño dios no tan pequeño, parece decir Hogg, es una tragedia de la que sólo puede nacer la maldad, el diablo, la bestialidad, el terror.
Memorias… está escrito con un refinamiento de relojería: Hogg ejerce un justo control del misterio, saber dar y quitar para mantener al lector envuelto en un negro suspenso. No es poca cosa considerando que el autor fue un pastor autodidacta.

MEMORIAS PRIVADAS
Y CONFESIONES DE UN PECADOR JUSTIFICADO
James Hogg
Nórdica Libros, 2008, 313 páginas.