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Archivos Mensuales: julio 2009

El Mercurio, domingo 26 de julio de 2009

En 200 palabras

por Pedro Pablo Guerrero

Autor. Constantino Bértolo (Lugo, 1946) conoce todas las trincheras del mundo literario. Durante años ejerció la crítica en medios, fue director de la editorial Debate -donde hizo traducir a Sebald- y actualmente desempeña la dirección literaria de Caballo de Troya, sello (perteneciente a Random House Mondadori) que publicó, antes que en Chile, el primer libro de Marcelo Lillo.

Argumento. El respetado editor hispano reflexiona sobre la escritura, la lectura y la crítica. Asume esta última como una posición de combate que lo mueve a interrogarse por las causas del gusto y a manifestar su desacuerdo con las opiniones dominantes del medio cultural. Concibe la literatura como un pacto de responsabilidad en el espacio de lo público: del que escribe y del que lee.

Juicio. Lucidez, rigor y escepticismo le permiten al autor mantener distancia de las posturas idealizadoras de la actividad literaria, la que repasa desde sus orígenes históricos, al analizar sus contradicciones en Fedro , Martin Eden , Madame Bovary y otros textos capitales. En “La muerte del crítico” examina, de forma brillante, el caso de Ignacio Echevarría y Babelia.

La Tercera, sábado 25 de julio de 2009

Pontifex Magris

por Alfredo Jocelyn-Holt

El italiano Claudio Magris ha vivido obsesionado con la imagen de un puente, aquella construcción que conecta, pero también separa. Ahora dedica un ensayo a indagar en dos disciplinas aparentemente opuestas: la literatura y el derecho.

En un ensayo, Magris cuenta el asombro y la fascinación que sintió siendo muy niño, en Trieste, ante la historia de un hombre, cuidador de un museo anti-guerra, que tras raras circunstancias se hizo dueño de un puente. Suerte de custodio o “pontifex”, este bizarro personaje, equivalente al que, con título tan altisonante, se conociera a los altos funcionarios romanos a cargo del Tíber.

¿Cómo alguien se puede adueñar de un puente, si, por definición, no le podría pertenecer a ninguna de las dos orillas opuestas?, se preguntaba Magris todavía niño. Más viejo fue entendiendo la lógica de aquel extraño museo y puente. Buena parte de la literatura e historia del mundo podría escribirse en torno a puentes. Los más variados pueblos se han servido de ellos para encontrarse e invadirse. Incluso, llegado cierto punto (al medio del puente obviamente), cuesta saber de cuál de los dos lados se es, o en cuál se está.

Evidentemente, la metáfora es una obsesión para Magris, nacido en Trieste, ciudad/puente. Cruza toda la vasta reflexión con que viene batallando al chovinismo nacionalista de nuestros días. Explica su fascinación por los viajes, con Mitteleuropa (término de su propia cosecha), o con un río como el Danubio, que tampoco reconoce fronteras.

Ahora volvemos a encontrar en un ensayo suyo en que aparece la idea de “tender puentes”: la literatura por un lado y el derecho por el otro. Ensayo agudo, tan ligero y suspendido en el aire (de menos de 100 páginas) como sólidos y a ras de tierra sus bien intencionados propósitos. Magris es italiano a la vez que un distinguido germanista; en consecuencia, un “traductor” capaz de manejar distintos lenguajes o visiones de mundo que así como separan, también unen.

El mismo dilema con que nos topamos cada vez que literatura y derecho se enfrentan, desconfiando el uno del otro. Los poetas claramente están más cerca del mito, la fe y la gracia: narran, no enjuician. Sin embargo, por muy “enemiga de la ley abstracta y descarnada” que sea la literatura, no se conocen religiones u otros órdenes jurídicos que no recurran a la épica o a las parábolas para hacerse entender. Antígona invoca las “leyes no escritas de los dioses”, imperativos categóricos absolutos por encima de cualquier norma escrita. Creonte, a su vez, se ampara en la necesidad contraria, la del burócrata sin cuyos dictámenes se paralizaría la máquina estatal que hace posible a la sociedad.

Conforme, pero, ¿sabríamos qué justicia está verdaderamente envuelta en tamaña encrucijada sin la tragedia de Sófocles, o al genio de Shakespeare creando a Shylock, o al de Dostoievski imaginando a Raskolnikov?

Al asunto lo podríamos aterrizar algo más. Cuesta creer que unos personajillos grises y anónimos de la Secretaría General de la Presidencia, encargados de dictar la mayor cantidad de normas con que se nos tutela diariamente, nos “liberan” y “salvan” de lo peor. Pienso, en cambio, que los tribunos decimonónicos, con su oratoria y sus convicciones, se acercan más a ese antiguo ideal que evocan ciertos viejos mitos, el que los poetas serían nuestros primeros y más acertados legisladores.

Vale, pero, ¿por qué, entonces, Andrés Bello, una vez en Chile, deja de escribir versos y dedica el resto de su vida a redactar miles de normas? Leyes que, luego, alumnos aventajados repiten (sin ir tan lejos, en Pío Nono) cuál futuros hombres disciplinadamente fácticos, adiestrados por hábiles mentores y padrinos todopoderosos.

Magris no resuelve el lío, ni pretende hacerlo. Es suficientemente honesto como para plantearlo filosófica y literariamente, sin sofismos ni leguleyadas. Tiende puentes, vislumbra nexos, admite debilidades de un lado y otro de esta discusión milenaria, y que él, mejor que nadie, maneja al dedillo. Leer a Magris es como contemplar esos viejos puentes con que uno se topa inadvertidamente en el camino, sin los cuales no llegaríamos a ninguna parte. O peor: de encontrarse derruidos, no cabría más alternativa que aguardar a la vereda del abismo, perplejos y sin consuelo.

The Clinic, jueves 23 de julio de 2009

“A los chilenos los veo cada vez más argentinoides”

por Tal Pinto

Autor de “Los pichiciegos”, “Muchacha punk” y “Help a él”, el escritor-satirista argentino Rodolfo Fogwill (1941) habla aquí de su última novela (lo que es un decir, pues la escribió en 1978), “Un guión para Artkino”, en la que un escritor socialista de nombre Fogwill trata de pensar pero no puede. Además, se refiere a los Kirchner, a Macri y Piñera y a los chilenos.

*Un guión para Artkino, de editorial Periférica, llegará en agosto a librerías. 

“Imaginar las historias del despreciable señor Fogwill, héroe del relato, me enseñó mucho sobre mí y sobre la condición del escritor en la opresiva Argentina. Capitalista o socialista”, escribes en presentación de esta novela.
-Sí.
¿Sientes a Argentina opresiva independientemente del régimen político de turno?
-Naturalmente, como todos, siento opresiva a la sociedad dentro de la que me toca vivir. Vista desde afuera, la sociedad, y más cuando configura una nación, es el escenario de la lucha de clases. Vista desde adentro –en este caso, el de un escritor proyectando a futuro sus megalomanías y sus miserias– en una escena donde por distintos medios y distintas razones, Estado, Burguesía y Proletariado combaten por igual contra la autonomía y la satisfacción de los caprichos que son la meta de su vida.

“MIRÁ CHILE Y SUS ESCRITORES”
“El arte revolucionario debe crear… La creación, cuando está en buenas manos y es orientada por una conciencia proletaria que sirve a la patria, define sus propios rumbos y no transita jamás el surco abierto por la pluma de otro camarada. Yo trazo mi camino. Esa es mi manera de servir a la revolución”, dice Fogwill casi al principio del libro. Realmente, ¿puede un escritor pensar así?
-Esa frase que transcribes sobre el arte revolucionario refleja la conciencia de un Fogwill que, bajo el socialismo, reformula el manual socialista, como todo lo que suele decir Fuguet reformula el manual del neocapitalismo chileno. A tu pregunta sobre si “puede pensar así un escritor” la respuesta es que la tesis de la novelita es que los escritores no pueden pensar.
Fogwill, el protagonista, es un racionalizador exitoso y cómico. ¿Qué tenías en mente cuando escribiste “Un guión para Artkino”?
-Lo que tenía en mente era ridiculizar a todos los escritores. Naturalmente expresaba mi descreimiento sobre la utopía socialista. Por entonces, igual que ahora, pensaba que la salvación de un escritor no es el socialismo sino él éxito, es decir, el fracaso de su moralidad.
Es difícil no leer “Un guión para Artkino” como el diario íntimo de un escritor aburguesado, acomodado en su éxito, y que al darse cuenta de ello se horroriza.
-Me da risa eso “escritor aburguesado”. Todos los escritores son burgueses, en su mayoría “pequeños”, pero burgueses. “Pequeños tenderos”, como decía Marx. Mirá Chile y mirá a los escritores cuando comen y eligen vinos y juzgan platos y bebidas. Mirá sus casitas, sus pasantías, su “talleres de escritura (?)creativa”. Sus agendas de viajes y debates, sus pequeñas cobranzas de colaboraciones en los medios… Sólo los escritores lúmpenes eluden eso, pero suelen ser igualmente “buenos para el trago” como dicen ustedes, o drogones, o borderliners entre la locura, la delincuencia y la prostitución.

“ME CAGO EN EL FÚTBOL”
¿Crees que el dúo Kirchner tiene algún futuro en la política argentina?
-Ningún futuro. Lo único peor que el kirchnerismo es el relevo que contribuyó a crearse.
Hoy, el populismo kirchnerista es neutralizado por el populismo de la plutocracia: el de Mauricio Macri, ex presidente de Boca, hijo de millonarios, demágogo al pie de la letra, cuyo simil chileno es Piñera. ¿Cómo explicas el surgimiento de estos millonarios en la política?
-Pobre Macri: sus bienes no alcanzan a la centésima parte de los de Sebastián. Y, mal que bien, el chileno los hizo legítimamente como empresario favorecido por las circunstancias y con todas las malas artes que practican sus pares. Macri no hizo un centavo y esa es la tragedia de Franco, su padre: ver el éxito circunstancial de un hijo que fracasó como sucesor del que siempre creyó ser el empresario más exitoso de la Argentina. Para las grandes corporaciones y las pocas familias capitalistas que puedan quedar, es más eficaz un estado manejado por burócratas de carrera –tipo Lagos– que un hijo encandilado por las luces de la popularidad.
En una entrevista dijiste que “la sociedad es un texto mal redactado”. ¿Alguien puede reescribir a la Argentina? ¿A Latinoamérica?
-Reescribirlas es un trabajo casi imposible: ¿Cómo explicarle a la gente que debe prepararse para la crisis terminal de las sociedades urbanas? La tarea me excede.
Sé que por trabajo vienes bastante para Chile, ¿qué es lo que más te disgusta y/o gusta de este país?
-Lo único que me disgusta de Chile son los chilenos, a los que veo cada vez más argentinoides. Me gusta la geografía, la montaña, el mar del país. Y su poesía. No es poco. Si me preguntases por Perú, no sabría que decirte.
Tras años de supremacía futbolística, Chile está por primera vez sobre Argentina en las eliminatorias a un mundial. Acá, todo el mundo festina, allá, todos quieren de vuelta a Bielsa. ¿Qué piensas?
-Me cago en el fútbol y sus hinchas. Odio los deportes prostituídos por la pérdida del amateurismo. El fútbol es un fenómeno capitalista, corporativo y no bien diferenciable del fraude massmediático.

Un adelanto de Contra el trabajo, que aparecerá en H5 la próxima semana, y que publicó The Clinic en su edición del 15 de julio de 2009.

Forma parte del round 11 de la serie de Tumbona, y se edita junto a textos de Cicerón, Samuel Johnson, Nietzsche, Adorno y Cioran.

Contra el trabajo
Bertrand Russell

Antes que nada, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera es modificar la disposición de la materia que se encuentra en, o cerca de, la superficie de la Tierra, a partir de otra materia dada; la segunda, ordenar a otros que lo hagan. La primera es desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada.
Esta segunda clase puede extenderse indefinidamente: no sólo están los que dan órdenes, sino también los que asesoran acerca de qué órdenes deben darse. En general, dos grupos de hombres organizados dan al mismo tiempo dos clases opuestas de indicaciones; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere saber de los temas acerca de los cuales se dará consejo, sino de las arte retóricas para hablar y
escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda.
(…)
Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, por lo general, producir, trabajando arduamente, poco más de lo imprescindible
para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duro como él, y sus hijos contribuyeran en cuanto cumplieran la edad necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de quienes lo producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente; pero los guerreros y los sacerdotes guardaban de cualquier modo reservas como en otros tiempos, sin importar que muchos de los trabajadores murieran de hambre. Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, y todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase industrial ganó poder. En Estados Unidos, el sistema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que se prolongó tanto tiempo y que terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una huella profunda en los pensamientos y opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos por sentado acerca de las bondades del trabajo procede de este sistema que, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible
que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de las pequeñas clases privilegiadas, sino un derecho equitativo de toda la comunidad. La moral del trabajo es la moral del esclavo, y el mundo moderno ya no tiene necesidad de esclavitud.
(…)
En nuestros días, el noventa y nueve por ciento de los asalariados británicos se sorprendería si se les dijera que el rey no debería tener ingresos mayores que los de un trabajador. En términos históricos, el concepto de deber ha sido un medio empleado por los poderosos para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para el suyo propio. Sobra decir que quienes detentan el poder ocultan este hecho aun ante sí mismos, y se las arreglan para creer que sus intereses coinciden con los más altos intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los atenienses dueños de esclavos, por ejemplo, empleaban parte de su tiempo libre en hacer una contribución permanente a la civilización, que hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso porque contribuía al ocio, no porque en sí fuera bueno. Y ahora la técnica moderna ha hecho factible que el ocio se distribuya equitativamente, sin menoscabo para la civilización.
Gracias a la técnica moderna podría reducirse considerablemente la cantidad de trabajo necesaria para asegurar que todos tengan lo imprescindible. Esto se hizo evidente durante la segunda guerra mundial. En aquel entonces, todos los miembros de las fuerzas armadas, todos los hombres y mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos los hombres y mujeres dedicados al espionaje, a hacer propaganda bélica o que se desempeñaban en las oficinas militares, quedaron al margen de las labores productivas. A pesar de ello, el nivel general de bienestar material entre los asalariados no especializados de las naciones aliadas fue más alto que antes y que después. La importancia de este hecho quedó encubierta por las finanzas: los préstamos creaban el espejismo de que el futuro estaba alimentando el presente. Pero esto, desde luego, era imposible; un hombre no puede comerse una rebanada de pan que aún no existe. La guerra demostró de modo concluyente que la organización científica de la producción permite que la población moderna goce en un bienestar considerable con sólo una pequeña parte de la capacidad de trabajo mundial. Si la organización científica (concebida para permitir que algunos hombres lucharan y fabricaran municiones) se hubiera mantenido después de la guerra, y se hubiera reducido a cuatro horas la jornada laboral, todo habría marchado perfectamente. En lugar de ello, se restauró el viejo caos: aquellos cuyo trabajo era necesario se vieron obligados a trabajar largas horas, y al resto se le condenó a morir de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y un hombre no debe recibir sueldos proporcionales a lo que ha producido, sino proporcionales a su virtud, demostrada por su laboriosidad.
Ésta es la moral del Estado esclavista, aplicada en circunstancias completamente distintas de aquellas en las que se gestó. No es de extrañar que el resultado sea desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres Digamos que en ocho horas diarias hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un método con el cual el mismo número de personas puede duplicar el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos que difícilmente podría venderse uno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres siguen trabajando ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patrones quiebran, y la mitad de los hombres antes empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente inactivos, mientras la otra mitad trabaja demasiado. De este modo queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?
La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada laboral de un adulto era de quince horas; los niños hacían la misma jornada, pero por lo general trabajaban doce horas al día. Cuando los entrometidos señalaron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, se argumentó que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que la clase trabajadora urbana hubiera adquirido el voto, se establecieron por ley algunos días festivos, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído decir a una anciana duquesa: “¿Para qué quieren vacaciones los pobres? Deberían trabajar”. Hoy las personas no son tan directas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.
(…)
Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría desempleo ¬–suponiendo que existiera una organización moderada. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En Estados unidos, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya viven con comodidad; estos hombres, obviamente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del desempleo; en realidad, les disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para educarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La atracción esnob por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no las pone en situación más acorde con el sentido común.
Debemos admitir que el empleo sabio del tiempo libre es producto de la civilización y la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda
su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero si no cuenta con una cantidad considerable de tiempo libre, s habrá privado de muchas de las mejores cosas de la vida. Y ya no hay razón para que el grueso de la gente tenga que sufrir tal privación; sólo un terco ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a la necesidad de trabajar en exceso, ahora que ya no es necesario.

En La Tercera, viernes 2 de julio de 2009

Confesiones de un paranoico

por Matías Rivas

Memorias de un enfermo de nervios, Daniel Paul Schreber, Sexto Piso

Hay libros que perduran por los comentarios que suscitan más que por sus propios atributos literarios. Son obras que tienen un valor similar a un detonador de interpretaciones, reconocidos como textos provocadores y de una originalidad insólita. Sus autores suelen estar al margen de cualquier clasificación. Se trata de sujetos que redactaron sus libros con intenciones distintas a las de un escritor. Pese a ello sus entregas han tenido repercusiones equivalentes o mayores a una novela o a un ensayo de importancia. Es el caso de las Memorias de un enfermo de los nervios de Daniel Paul Schreber.

Fue publicada en 1903 en Leipzig, Alemania, y de la primera edición alcanzaron a circular escasos ejemplares, ya que el volumen fue mandado a quemar por la familia del autor, escandalizados por sus impúdicas confesiones. Sin embargo, un par de psiquiatras alcanzaron a leerlo y reseñarlo. Desde que esto sucedió no se han detenido las disquisiciones desatadas por este testimonio clásico de un paranoico. Entre sus exegetas es de rigor mencionar a Freud, Jung, Lacan, Benjamin, Guattari y Deleuze.

Schreber era un reputado abogado y un típico victoriano. Cuando fue nombrado presidente de una sala de la Corte de Apelaciones de Dresde, cayó enfermo producto de un cuadro de insomnio que derivó en un agudo desequilibrio mental. Fue internado en un sanatorio y separado de su cargo, asunto del que se defendió en un célebre juicio que ganó en 1900. Con posterioridad redactó su autobiografía para relatar su paso por las instituciones psiquiátricas y sus experiencias como “visionario”.

Su situación mental la describe de esta manera: “Podría mencionar aquí cientos, sino miles de nombres, que tenían relación conmigo como almas. Todas estas almas me hablaban como voces, cada una de ellas sin saber nada de la presencia de las otras. El desesperante barullo que se formó por ello en mi cabeza, cada cual podrá apreciarlo”.  Creía que su psiquiatra planeaba cometer un almicidio en su contra (asesinato de su alma), el que habría comenzado a fraguar durante una hipnosis a la que había sido sometido. Schreber es un personaje que se siente cercado. Cree en las conspiraciones y no confía en las apariencias. Desea controlar sus inmediaciones para protegerse. Es decir, le interesa el poder en demasía, como a todos los trastornados.

Sus reflexiones respecto de su estadio son tan meticulosas como dislocadas. Habla de su cuerpo como si éste fuera una entidad cósmica. El pensamiento de lo eterno, la fascinación por las constelaciones, las estrellas y la amplitud del espacio permea este libro de punta a cabo. Schreber analiza –entre otros muchos asuntos inducidos por su locura– cómo y por qué Dios se sentía atraído por sus nervios (la parte central del espíritu en su sistema alucinado). Ante esta situación aterradora, consideraba que su única salvación consistía en transformarse en mujer. Ese es el tono de sus arrebatos místicos.

La presente edición de las Memorias de un enfermo de nervios no solo contiene el escrito de Scheber, sino que además una introducción del novelista y erudito Roberto Calasso y dos de los comentarios más distinguidos sobre el documento: el ensayo de Freud, “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia”, y el de Cannetti, “El caso Schreber”. Qué más se le puede pedir a una publicación tan singular.