Literatura y Derecho, de Claudio Magris

La Tercera, sábado 25 de julio de 2009

Pontifex Magris

por Alfredo Jocelyn-Holt

El italiano Claudio Magris ha vivido obsesionado con la imagen de un puente, aquella construcción que conecta, pero también separa. Ahora dedica un ensayo a indagar en dos disciplinas aparentemente opuestas: la literatura y el derecho.

En un ensayo, Magris cuenta el asombro y la fascinación que sintió siendo muy niño, en Trieste, ante la historia de un hombre, cuidador de un museo anti-guerra, que tras raras circunstancias se hizo dueño de un puente. Suerte de custodio o “pontifex”, este bizarro personaje, equivalente al que, con título tan altisonante, se conociera a los altos funcionarios romanos a cargo del Tíber.

¿Cómo alguien se puede adueñar de un puente, si, por definición, no le podría pertenecer a ninguna de las dos orillas opuestas?, se preguntaba Magris todavía niño. Más viejo fue entendiendo la lógica de aquel extraño museo y puente. Buena parte de la literatura e historia del mundo podría escribirse en torno a puentes. Los más variados pueblos se han servido de ellos para encontrarse e invadirse. Incluso, llegado cierto punto (al medio del puente obviamente), cuesta saber de cuál de los dos lados se es, o en cuál se está.

Evidentemente, la metáfora es una obsesión para Magris, nacido en Trieste, ciudad/puente. Cruza toda la vasta reflexión con que viene batallando al chovinismo nacionalista de nuestros días. Explica su fascinación por los viajes, con Mitteleuropa (término de su propia cosecha), o con un río como el Danubio, que tampoco reconoce fronteras.

Ahora volvemos a encontrar en un ensayo suyo en que aparece la idea de “tender puentes”: la literatura por un lado y el derecho por el otro. Ensayo agudo, tan ligero y suspendido en el aire (de menos de 100 páginas) como sólidos y a ras de tierra sus bien intencionados propósitos. Magris es italiano a la vez que un distinguido germanista; en consecuencia, un “traductor” capaz de manejar distintos lenguajes o visiones de mundo que así como separan, también unen.

El mismo dilema con que nos topamos cada vez que literatura y derecho se enfrentan, desconfiando el uno del otro. Los poetas claramente están más cerca del mito, la fe y la gracia: narran, no enjuician. Sin embargo, por muy “enemiga de la ley abstracta y descarnada” que sea la literatura, no se conocen religiones u otros órdenes jurídicos que no recurran a la épica o a las parábolas para hacerse entender. Antígona invoca las “leyes no escritas de los dioses”, imperativos categóricos absolutos por encima de cualquier norma escrita. Creonte, a su vez, se ampara en la necesidad contraria, la del burócrata sin cuyos dictámenes se paralizaría la máquina estatal que hace posible a la sociedad.

Conforme, pero, ¿sabríamos qué justicia está verdaderamente envuelta en tamaña encrucijada sin la tragedia de Sófocles, o al genio de Shakespeare creando a Shylock, o al de Dostoievski imaginando a Raskolnikov?

Al asunto lo podríamos aterrizar algo más. Cuesta creer que unos personajillos grises y anónimos de la Secretaría General de la Presidencia, encargados de dictar la mayor cantidad de normas con que se nos tutela diariamente, nos “liberan” y “salvan” de lo peor. Pienso, en cambio, que los tribunos decimonónicos, con su oratoria y sus convicciones, se acercan más a ese antiguo ideal que evocan ciertos viejos mitos, el que los poetas serían nuestros primeros y más acertados legisladores.

Vale, pero, ¿por qué, entonces, Andrés Bello, una vez en Chile, deja de escribir versos y dedica el resto de su vida a redactar miles de normas? Leyes que, luego, alumnos aventajados repiten (sin ir tan lejos, en Pío Nono) cuál futuros hombres disciplinadamente fácticos, adiestrados por hábiles mentores y padrinos todopoderosos.

Magris no resuelve el lío, ni pretende hacerlo. Es suficientemente honesto como para plantearlo filosófica y literariamente, sin sofismos ni leguleyadas. Tiende puentes, vislumbra nexos, admite debilidades de un lado y otro de esta discusión milenaria, y que él, mejor que nadie, maneja al dedillo. Leer a Magris es como contemplar esos viejos puentes con que uno se topa inadvertidamente en el camino, sin los cuales no llegaríamos a ninguna parte. O peor: de encontrarse derruidos, no cabría más alternativa que aguardar a la vereda del abismo, perplejos y sin consuelo.

Anuncios
1 comentario
  1. rodolfo burmeister dijo:

    La imagen del puente no es original de Magris, claro está….ya Heidegger la utiliza en”construir, habitar,pensar”.
    Ello en nada resta méritos al excelente artículo Literatura ante la Ley de Claudio Magris del Nº 4 (mayo). Número en el cual hay artículos tan buenos como ese y débiles y sin objeto como El vibrador contra el Hombre, de Daniel Alarcón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: