Rivarol

El Mercurio, Revista de libros, domingo 29 de noviembre de 2009

por Roberto Merino

Muchas veces la manía nobiliaria aparece vinculada a la mitomanía y a la necesidad de suplir una historia personal insatisfactoria. La historia sustituta puede ser considerada tan propia como la real, en la medida en que es una creación narrativa del individuo, pero en la vida diaria difícilmente le concedemos valor de realidad a la ficción. Esto implica que los tipos que nos hablan -a veces en la calle, a gritos en medio de bocinazos y motores destemplados- de sus entronques familiares con los Saboya, con los Orsini, con los condes de Villaseñor o con Tomasso di Lampedusa, provoquen más hilaridad que admiración.

Cada familia cuenta al menos con un genealogista, persona cuyo pasatiempo principal consiste en trepar a los árboles del pasado a inspeccionar ramas, frutos e injertos sociales. Pero a nadie le importan hoy un rábano los abolengos rancios, como no sea a quienes han quedado en un punto muy lejano del éxito o incluso de la verosimilitud. Pareciera que ya no hay tiempo para distracciones como ésa. Para hablar de prosapia hay que tener además un tono de voz específico, un sutil engolamiento y un manejo de las pausas en la conversación.

Tiene que haber sido un poco distinto hace dos o tres siglos. El corregidor Zañartu, que era un hombre pragmático, no muy soñador, viajó a España, una vez que su situación en Chile se hubo consolidado, a restituir ciertos títulos que le correspondían por familia. Igualmente, en la Francia del siglo XVIII, previa a la Revolución, la ostentación de un escudo bruñido podía abrir ciertas puertas muy convenientes. Ese fue el motivo por el cual el ingenioso Rivarol empezó a circular un día con el agregado de Caballero de Parcieux. Le duró lo que una mentira del promedio: el propio Parcieux, primo de su madre, se encargó de desenmascararlo. Rivarol entonces añadió el “de” a su apellido: Antoine de Rivarol, lo que ya fue tomado a risa por sus contemporáneos.

Rivarol nos dejó una colección de aforismos brillantes, publicados después de su muerte, que son el motivo de que lo mencionemos siempre junto a Chamfort y a La Rochefoucauld. Pero además ha quedado, afortunadamente, el registro de sus salidas personales, de su filuda lengua aplicada a la contestación rápida, lo que hace que podamos recordarlo junto a Quevedo y a Samuel Johnson. En el libro Pensamientos y rivarolianas (Periférica) encontramos esta doble agudeza de la palabra escrita y de la hablada.

Alcanzo a poner aquí algunos ejemplos anecdóticos de su humor. De un obispo muy gordo dijo: “Fue creado y traído al mundo para demostrar hasta dónde puede llegar la piel humana”. Unos amigos que hablaban en voz alta se dieron cuenta de que Rivarol quería dormir y se callaron; éste los increpó: “Si no hablan, ¿cómo voy a dormirme?”. Un anfitrión le mostraba su jardín y le preguntó que le parecía “este verde rinconcito”; Rivarol contestó: “No muy ameno”, y agregó mirando al cielo: “Pero sí muy alto”. Por último, Madame de Staël quiso saber qué pensaba Rivarol de un libro suyo. La respuesta: “Lo mismo que usted, señora, no pienso”.

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