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Archivos Mensuales: enero 2010

El Mercurio, Artes y Letras, domingo 17 de enero de 2010

Andersen novelista

por Pedro Gandolfo

Para la mayoría de los lectores, el nombre de Hans Christian Andersen se relaciona con la literatura infantil y el género del cuento popular (aunque estas narraciones también pueden ser disfrutadas por un público adulto). Junto a Charles Perrault y los hermanos Grimm, el autor de “El patito feo”, “La sirenita”, “El soldadito de plomo” o “El traje nuevo del emperador” tiene un sitial indiscutido en el imaginario colectivo. No obstante, sus intereses pasaron también por otros géneros literarios. En este sentido, su novela El improvisador será una no desagradable sorpresa destinada a abrir nuevas perspectivas en cuanto a sus capacidades como escritor.

Ambientada en la Italia del siglo XIX, la novela de Andersen cuenta, en primera persona, las venturas y desventuras de Antonio, un “improvisador”, es decir, alguien que, en el momento y a pedido, creaba una poesía sobre un determinado tema a elección del público. Tal y como anota Enrique Bernárdez (traductor y prologuista): “…se trataba de una profesión muy respetada, y en Italia, precisamente, hubo varios improvisadores…”. Antonio -narra Andersen-, de situación económica modesta, siendo niño, pierde en un accidente a su madre viuda. El responsable de la desgracia, un aristócrata romano perteneciente a la casa de los Borghesi, tras una serie de sucesos que oscilan entre el miedo y el cariño, se hace cargo de su educación. Posteriormente, Antonio, ya mayor, y alentado por Bernardo, un amigo impetuoso, comienza a descubrir lo que la vida ofrece y se suceden por la novela idilios y peripecias con la cantante lírica Annunziata, la atractiva y vivaz napolitana Santa (que no lo era tanto); Lara, una muchacha ciega; la aristócrata romana Flaminia y María, la bella veneciana. El curioso oficio y los romances de esta suerte de “telenovela” llevan al protagonista a viajar desde Roma a Nápoles, de ésta a Roma de nuevo y luego a Venecia, para retornar a Roma otra vez en un tumultuoso ir y venir para dar, así, finalmente con la mujer amada.

Como toda obra perteneciente al período y la sensibilidad románticos, en El improvisador Andersen configura el relato a partir de un yo de una emotividad desbordada y de la presencia de una naturaleza cuya visión (y dimensión) está a medio camino entre lo terrible y lo sublime. El improvisador es, a pesar de las restricciones y cierta afectación propias de la literatura de su época, una obra de prosa clara en la que es posible advertir anticipadamente, según Enrique Bernárdez, algunas virtudes en cuanto a la “introducción” de “algunos temas”, de “algunas descripciones” que sólo con posterioridad “tendrían equivalentes” literarios. Este tipo de análisis comparativo no parece necesario para la estimación del libro, pero, en cualquier caso, se puede contraargumentar que la anticipación de esos “temas” y “descripciones” más bien resulta diluida a causa del exacerbado sentimentalismo presente.

Por otro lado, los personajes que interactúan con el protagonista son más bien planos y estereotipados: un tullido siempre es mala persona, un amigo siempre humorista, una anciana siempre bondadosa. El tratamiento del tiempo, asimismo, es lineal, y las complicaciones resultan, para el lector actual, quizás demasiado inverosímiles. En comparación con otras obras de su época ( La dama de pique , de Alexander Pushkin; Un héroe de nuestro tiempo , de Mijaíl Yúrievich Lérmontov; Vida de Henri Brulard , de Stendhal, o Papá Goriot , de Honoré de Balzac), el libro de Hans Christian Andersen se ve disminuido; aunque una ambientación muy sui géneris late en sus páginas, acompañada de fragmentos de una gran fuerza expresiva.

El valor de este libro se sopesa, en efecto, más bien por la intensidad de sus descripciones, por su colorido y por la manera de presentar ciertas atmósferas: “Mis ojos descansaban en la montaña (el autor aquí se refiere al Vesubio), cuya columna de fuego se elevaba desde el cráter hacia la amplia masa nubosa de violento color rojo, que parecía así un colosal pino de fuego y llamas; el río de lava formaba sus raíces, con las que abrazaba el monte. Mi alma estaba sobrecogida por el inmenso espectáculo, por la voz divina que hablaba de Vulcano, pero también por el silencioso, apacible cielo nocturno. Era un instante, uno de esos que raras veces vivimos, en que, por así decir, el alma mira cara a cara a su Dios: yo comprendía Su omnipotencia, Su sabiduría y Su bondad, a la que sirven el rayo y el torbellino, y sin Cuya voluntad ni un gorrión cae a tierra”.

En estos pasajes y en esa extraña combinación de novela de formación (el viaje por Italia es un tópico de la época) y de amor, de libro de viajes y de descripción de la naturaleza y de costumbres es donde este libro de Hans Christian Andersen alcanza sus puntos más altos y conserva su capacidad de proporcionar una lectura gozosa.

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