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Archivos Mensuales: febrero 2010

En La Tercera, viernes 5 de febrero de 2009

Textos panfletarios
por Matías Rivas

Sospecho que faltan en Chile intelectuales que escriban con el deliberado fin de influir o estremecer el campo social a corto plazo desde una posición analítica ante la contingencia. Pienso en autores con espesor y obra que se atrevan a desafiar las convenciones y que se dediquen no solo a sus obras magnas, sino que además a inquirir y denunciar temas sensibles. Escritores que adopten sin temor el género panfletario cuando sea necesario. Los que ambicionen que sus ideas llamen a la acción están obligados a considerar este antiguo modelo. Y no tendrían de qué avergonzarse si se dispusieran a divulgar sus especulaciones, o sea, si redactaran sus alegatos con ironía feroz en el estilo que fraguaron genios como Quevedo y Swift. Pero nuestros intelectuales parecen estar ensimismados mascullando sus quejas sin articular un discurso en contra o a favor de lo que sostienen, salvo algunos columnistas, sin duda insuficientes.

Se me ocurre esta observación apropósito de ciertas lecturas que he realizado este último tiempo que tienen la finalidad de impactar a los lectores. Uno de estos es el pertinente, sedicioso y breve libro del filósofo y psicoanalista esloveno, Slavoj Žižek, titulado En defensa de la intolerancia (Sequitur). En él Žižek desarrolla una ácida mirada al liberalismo complaciente y multicultural, y lo ataca desde distintos flancos con todas las armas teóricas que tiene su disposición. Propone politizar la economía y desatar la exaltación para impulsar el deseo político. Žižek se despacha aseveraciones polémicas e incorrectas, tales como: “La forma ideológica del capitalismo global es el multiculturalismo: esa actitud que, desde una hueca posición, trata todas y cada unas de las culturas locales de la manera del colonizador suele tratar a sus colonizados: autóctonos cuyas costumbres hay que conocer y respetar”. Su interés radica no solo en exponer lo que piensa, sino que en irritar, en remover, en sacudir las convenciones que nos gobiernan.

Un tono similar es el que tiene el conjunto de ensayos de William Burroughs, La revolución electrónica (Caja negra, 12.000). A través de su lectura se llega a la médula del pensamiento de este controvertido autor: “Mi teoría fundamental es que la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada. La palabra no ha sido reconocida como un virus porque alcanzó un estado de simbiosis estable con el huésped, en este caso, el cuerpo”. Para comprobar estos conceptos, Burroughs menciona evidencia científica, pero sobre todo deja traslucir cómo entiende la realidad desde la paranoia, desde el complot. En estos textos se percibe el afán del autor por exceder el campo de lo literario y por explicar su método para eliminar el virus de la palabra por medio de una técnica de yuxtaposición, de ensamble que elimina la linealidad del pensamiento. Burroughs propone un arte subversivo, que intente sabotear el lenguaje y las represiones sociales.

No recuerdo demasiados textos afortunados de esta especie en nuestra literatura contemporánea, salvo los manifiestos de Vicente Huidobro, los ensayos de Carlos Vicuña Fuentes, Carlos Droguett y Enrique Lihn. En la actualidad los autores han optado por no meterse en problemas: ejercen la opinión con tribuna acotada, o practican la indiferencia, el pelambre o las injurias anónimas en los blogs. Con la excepción de Armando Uribe y de Alfredo Jocelyn Holt, que han dedicado libros para enfrentar personajes y temas espinosos. Pero lo común es que cada vez producimos menos crítica sustanciosa y estamos menos receptivos a ella. No sabemos comunicarnos desde nuestras discrepancias.

En La vida retirada

En lavidaretirada conocimos a Israel Centeno gracias a twitter pero eso es una anécdota. Lo importante fue, unos días después, leer dos de los libros editados por Periférica en nuestro país. El primero, Iniciaciones, y luego Hilo de de Cometa. Dos libros íntimos, demasiado bien narrados y pertenecientes a esa extraña etiquetas de novela de iniciación como para soslayarlos. Israel Centeno es venezolano, y ha escrito un puñado de novelas, editadas todas ya en Venezuela, y que por desgracia, no podemos ver aún en nuestro país. Lo quisimos entrevistar, en primer lugar, por su obra, y luego por su labor como traductor de las novelas de Gordon Lish –que verán en otro lugar. Esto fue lo que nos dijo.

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En El diario del anti Funes

Por qué me gusta Ana Blandiana

por Rodrigo Pinto

Me gusta explorar el catálogo de las editoriales independientes. Creo que ahí, tanto en el rescate de clásicos como en la difusión de autores poco conocidos, está la auténtica riqueza de la literatura contemporánea. Así que, cuando vi que la librería Gonzalo Rojas estaba importando textos de Funambulista, compré unos cuantos. Tengo a medias Goetz y Meyer, del serbio Davide Albahari (…) A Funambulista le gusta el juego de las apuestas con el Nobel de Literatura. Dicen, en la solapa, que Albahari será probablemente el primer escritor serbio en recibirlo y repiten la fórmula con Mircea Cartarescu: “se le suele comparar con Borges y Kafka, y será probablemente el primer Premio Nobel de lengua rumana”. Y bueno. Quizá su obra de ficción amerite tales comparaciones, pero el libro que incluyó la editorial en su catálogo, Por qué nos gustan las mujeres, va de regular a malo. Se trata de una recopilación de columnas, en su mayoría escritas para la edición rumana de la revista Elle, y tratan, como es obvio, sobre mujeres. Hay retratos muy bien logrados, hay historias contadas con habilidad y buen pulso, pero también hay una ristra de reflexiones y frases de contornos broncíneos que más me valdría no haber leído, a caballo entre la auto ayuda y esa poetización de lo cotidiano que puede llegar a ser tan, pero tan irritante. Y esta experiencia me confirmó la necesidad de seguir una regla de oro en la compra de libros: hojearlos antes de decidir y, si tienen envoltura de plástico, pedir que se la saquen. Así habría advertido una señal gigante de peligro: ¡puntos suspensivos a granel!
Muy distinto en calidad y fuerza es Proyectos de pasado, de Ana Blandiana, publicado por otra editorial independiente, Periférica, cuyo catálogo denota un pulso firme y bien afinado a la hora de escoger títulos. Tiene además la gracia de difundir narrativa latinoamericana, rompiendo así con la absurda insularidad que impone la gran industria del libro. Ya hablé aquí de Iniciaciones, del venezolano Israel Centeno, y acabo de terminar Trabajos del reino, del mexicano Yuri Herrera, novela magnífica a la que pronto le dedicaré una entrada.

El libro de Blandiana podría gustarme sólo por quien me lo trajo de regalo desde España hará poco más de un año y medio, pero hay razones más universales (aunque no necesariamente mejores, jojojo). Son 11 cuentos que se distribuyen en casi 400 páginas. El libro fue publicado originalmente en 1982 y sólo porque en ese mismo año la escritora recibió uno de los premios literarios más prestigiosos de Europa, el Herder, otorgado por la Universidad de Viena. Fue publicado, pues, en plena época de Ceaucescu, cuando Rumania sufría aún el rigor de la dictadura; pero más importante aún es que fue escrito durante esa época y cuando aún estaba fresco el recuerdo de los peores excesos del stalinismo. Y aunque hay muchas y muy transparentes alusiones a la situación política, la mayoría de los cuentos sobrevuela esa realidad y se adentra en el ambivalente territorio de la literatura fantástica, pero con ese retorcimiento barroco que implica decir lo mismo pero de manera más complicada y oblicua. No sigo que los cuentos sean malos, no, todo lo contrario: es que el efecto de la censura suele ser ese, el oscurecimiento del mensaje, la sugerencia entre líneas, el relato oculto en otro relato. Uno de los cuentos, “Aves voladoras para el consumo”, es un caso ejemplar, que funde en un solo plano narrativo la ruinosa economía, la cerrazón ideológica y la deriva fantástica, con un humor tan contenido que estremece más que divierte, pero ahí está el embrión de la risa. La señora L., catedrática de materialismo, decide autoabastecerse de alimentos y se agencia una gallina clueca que instala en su balcón. Un misterioso viejo le vende huevos de aves voladoras para el consumo para que la gallina los empolle; pero, cuando rompen el cascarón, los seres que asoman tienen piernas, manos, brazos, cabezas y alas blancas que les nacen en los omóplatos. Blandiana resuelve el relato de manera magistral. Por otra parte, el mejor de la colección es el que le da el título. Es también el menos fantástico y el más político. La narradora relata hechos que involucran a tíos suyos y los reconstruye tanto a partir de sus testimonios como de reporteo en terreno muchos años después de ocurridos los hechos. Hay un matrimonio. Va gente de los alrededores. Algunos dicen que es una locura; otros, que nadie puede oponerse a que la gente se case. Pero llegan los camiones de la Securitate y los invitados (y los novios), de manera aleatoria, son detenidos y transportados a un valle fértil y solitario, una prisión sin rejas, donde deben repetir la experiencia de Robinson Crusoe, pero en grupo. Lo más interesante de “Proyectos de pasado” es que el corazón del cuento no está en la denuncia ni en la muestra de la impredecible arbitrariedad del poder sin contención, sino en otra parte, en cómo se elabora el pasado, en cómo se trabaja una experiencia tan traumática y prolongada, en cómo la memoria puede ser la gran protagonista de una vida.

Por eso que Blandiana, mucho más que Cartarescu, es mi candidata rumana al Nobel de Literatura.

Qué Pasa, viernes 12 de febrero de 2009

Buzzati en viñetas

por Antonio Díaz Oliva

Ahora que escritores como Piglia, Auster o Aira flirtean con la novela gráfica, asombra que el italiano Dino Buzzati –autor de El desierto de los Tártaros– tan tempranamente haya incursionado en aquel género. Porque fue en 1969 cuando publicó este extraño experimento llamado Poema en viñetas, a través del cual actualiza el mito de Orfeo y lo transforma en viñetas y trozos narrativos líricos, pero coherentes como para entender la historia. Asombra, además, que el dibujo sea obra del mismo Buzzati. Con ayuditas de Federico Fellini y Salvador Dalí, entre otros amigos y colegas, Poema a fumetti es tempranamente una señal de que cuando diferentes formatos como la literatura y la novela gráfica se toman de la mano, nada malo puede salir.