archivo

Archivos Mensuales: marzo 2010

La Tercera, 30 de marzo de 2010
“Mucho escritor flojo en Chile se esconde en la entretención”
por Roberto Careaga
Carlos Labbé, el más arriesgado de los nuevos narradores chilenos y ex editor del sello Planeta lanza su novela Locuela y habla de los “editores fantasmas” que ayudan a autores como Pablo Simonetti y Carla Guelfenbein.

“Yo me quería ganar el Premio Anagrama. Ya no”, cuenta Carlos Labbé (32). Después de dos “ilustrativos” años como editor en la sede local de sello Planeta, Labbé ya no cree en el mito del prestigioso sello español de Jorge Herralde. “Es otra editorial más”, dice. Una vez creyó. Diez años atrás envió en la mochila de un amigo que viajaba a Europa una novela inédita para presentarla al premio de Anagrama. El amigo se desvió en un bar. Pasaría una década para que Labbé realmente pusiera el punto final a ese libro y terminara de delinear una teoría mayor donde hay poco espacio para los fuegos artificiales de los premios: Locuela, la novela, es el resumidero de una propuesta estética que no se conforma con estructuras tradicionales, huye de la claridad y exige una lectura participativa. “El lector vive y el autor ha muerto”, se lee al final de la novela que lanza esta semana.

Suena grave, pero Labbé habla con la calma de quien ha trabajado minuciosamente en echar a andar un proyecto y lo ha contrastado con las entrañas de la producción literaria chilena. “Hay mucho escritor flojo que se esconde en la idea de contar una historia y entretener. Con los años, con suerte, harán un estilo. Entregan todo al editor: ‘Aquí está mi vómito, organízamelo'”, dice echando mano de su experiencia en Planeta.

SOBRE LA LITERATURA LOCAL

La confusión que se permite Locuela le posibilita a Labbé situarse en perspectiva a la literatura chilena. Seguidor del “personal modo de entender la literatura” de Diamela Eltit y Germán Marín, Labbé tiene claro a quien no seguirá jamás: “Es importante la historia, es importante la claridad, pero están totalmente perdidos los que quieren ser escritores gringos. Nuestro lenguaje no es claro. Pienso en los miembros del taller de Donoso, en Pablo Simonetti, Carla Guelfenbein, Roberto Ampuero. Hay que tener textura. El escritor debe ser el primer estilista de su escritura”, dice.

MALDITA CLARIDAD

Labbé predica y practica. Sus libros destilan trabajo. Al delicado Libro de plumas (2004), le sucedió Navidad y Matanza (2007), una novela puzzle alabada por el argentino Fogwill y que pavimenta la compleja estructura de Locuela, que se despliega en tres voces. En el segmento “La novela”, se relata el intento de Carlos por escribir una novela policial en torno a la muerte de una albina; mientras que en “El destinatario” se lee el diario personal de Carlos. En “La remitente”, habla la albina: cuenta su mundo de fantasía, Neutria, su relación con Carlos y el Corporalismo, explosivo movimiento que denuncia la mercantilización de la literatura.

“Es una historia de jóvenes que viven en la escritura. Es un síndrome de los estudiantes de literatura: no salen de los libros”, cuenta Labbé recordando sus años de estudiante de literatura en la Universidad Católica. “Pero también Locuela habla sobre la vida y la muerte. Qué pasa cuando alguien se muere en una novela. No la pienso como metaliteratura, pero es una discusión sobre la literatura”, añade.

A veces pareciera a que a Locuela le faltan partes o sus personajes se desdoblan. No son errores: es el resultado de los 12 años que Labbé demoró en escribir y ensamblar la novela. O lo que es lo mismo, en dar forma a lo más parecido a una estética. “Está en la forma de Locuela y de todas mis novelas: transferirle al lector el rol activo de la creación. Estoy en contra de la claridad”, asegura.

Anuncios

El Mercurio, domingo 28 de marzo de 2010
Palabras sobre palabras
por José Promis
Después de leer varias páginas de Locuela caí en la cuenta de que su numeración iba indicada en el margen inferior derecho de cada una. Este recurso tipográfico posee una precisa función indiciaria: señala al lector que no tiene entre manos un texto definitivamente impreso sino un discurso escrito que por permanecer todavía en la etapa de desarrollo, como es curiosamente común en estos casos y todos sabemos por experiencia propia, su autor tiende a numerar siempre al lado derecho de cada página. Este énfasis en la importancia del continente antes que del contenido pareciera acentuarse con el uso de los términos “destinatario” y “remitente” para señalar a las voces que se escuchan en el texto y que el autor ha colocado en niveles paralelos al de fragmentos que se encabezan con la designación de “novela”.

Asumo entonces que la “novela” ocupa sólo una parte de un discurso mayor que no pretende ser tal, de un espacio lingüístico que rodea a la novela y que se relaciona con ella de una u otra manera. Anticipo pues que Locuela no es un texto para ser leído con la facilidad que ofrecen las intrigas de misterio o las historias sentimentales, a pesar de que en lo más profundo de sus varios niveles de imágenes existe un enigma de tipo policial envuelto en sucesivas variaciones sobre el tema de las relaciones amorosas y del arduo trabajo de la imaginación. Además, el énfasis en lo lingüístico está anticipado ya en el título del libro. La expresión “locuela” no tiene nada que ver con el significado afectivo que posee en el lenguaje coloquial sino con el sentido de “habla” que posee en la Vulgata y que después se enriquece como “habla amorosa” en la poesía cortesana de la Edad Media. San Ignacio de Loyola la reinterpretará más tarde como el don de escuchar interiormente el habla celestial y en nuestros días Roland Barthes citado junto al anterior como epígrafes del texto de Labbé, como una forma enfática del hablar amoroso. Labbé pretende, pues, como ya antes lo intentó en Navidad y Matanza (2007), reemplazar la imagen convencional de la novela una historia con principio, medio y fin desarrollada con el lenguaje por la del lenguaje en acción como el verdadero “contenido” de la obra.

Pero el lenguaje no puede dejar de significar algo. Barthes afirma en Fragmentos de un discurso amoroso , origen de un epígrafe de Locuela , que el discurso amoroso contemporáneo es el lenguaje de la soledad radical. Los personajes de Locuela son individuos solitarios que se reflejan en todos los niveles del relato tratando de separar lo aparente de lo real y de encontrar la verdadera existencia de los otros porque “nadie escribe desde la felicidad”. Las novelas de Onetti y Donoso se convierten así en referentes obligados del texto. Sospecho entonces que el propósito de Locuela es enfrentarnos al dilema tradicional del arte: ¿es más real la imagen de la ficción que la imagen del que la construye? ¿Es más real Neutria, la ciudad feliz imaginada en Locuela , o los personajes que la fingen, uno de los cuales, incluso, se parece sospechosamente al autor? ¿El proceso o su consecuencia? Una respuesta se propone en el “Manifiesto Corporización” insertado en las últimas páginas de la novela.

Locuela se identifica, pues, con esa narrativa experimental que de tiempo en tiempo pretende socavar sus propios estatutos para fundar otro tipo de lectura (Maurice Blanchot aparece también citado en el texto). El mismo propósito que tuvieron los vanguardistas mexicanos de los años veinte, pero que ningún teórico francés menciona. Los lectores decidirán si aceptan la oferta de Labbé o se quedan con los relatos tradicionales que cuentan una historia bien contada desde el comienzo hasta el final.

Indie.cl, 26 de marzo de 2010

por Andrea Ocampo Cea

Locuela lanzado por Ed. Periférica en diciembre ‘09 en España, acaba de aparecer en Chile. Esta tercera entrega de Carlos Labbé (33) viene a instalarlo como uno de los escritores más incómodos de la literatura actual. Incomodan sus ficciones, sus múltiples voces y sonidos regurgurantes desde lo más íntimo/público de la escritura ficcionada. Incomoda también su capacidad para desdoblar el papel, ya sea del que escribe, el que lee, el que asigna a su narración.

Carlos es el autor, el personaje y el destinatario; al igual que Alicia -la albina, que podría ser Violeta, su novia Elisa, su remitente y su novela: el nombre y el personaje que podría ser la posibilidad del mal. Esta novela policial, única en su (des)género, nos trae un excelente volumen para cavilar mientras se duerme y se despierta. En “Locuela” aparece implacable la lucidez de conciencia borgeana, algunos rastros de Onetti y la experiencia de la híper-ficción que lleva a cuestas. Desde esa perspectiva reconoce: “Tomo la escritura como una manera física y a la vez trascendente de experimentar y romper los círculos concéntricos -otros los llamarán campos culturales- en que uno se mueve, a todo nivel: la nación, la contingencia, la sensorialidad, los espacios sociales, la literatura, el tiempo y el espacio, los discursos e imágenes culturales del poder, la intimidad, la infinitamente honda conciencia personal, lo inefable aunque igualmente experimentable, la estructura de conciencia que llamamos Occidente, cualquier forma de vivir colectiva o individual, el cuerpo de uno es un cruce de miles de reformas y propuestas culturales pero, al mismo tiempo, estamos muy limitados por los límites biológicos, por el tiempo y el espacio que ocupamos. Para mí la mejor manera de registrar y dejar ir esa limitación es la escritura, porque está cerca de la mano y de la voz, es primaria, no necesita de una mediación técnica tan elaborada”.

En ese sentido ¿cómo te apropias de los formatos?
Uno se siente más cómodo en este u otro registro, pero los formatos y géneros para mí son asunto sólo técnico y publicitario. Desde que Borges expuso la conciencia de que el tiempo es reversible, simultáneo y complejo -que sólo nos es dañino cuando nos imponen el reloj positivista que avanza implacable para el trabajo-, todos los formatos culturales y textuales caben en la escritura de uno, mientras seas capaz de leerlos y tramarlos. Creo que el escritor, como sujeto crítico e inventor de nuevas formas, tiene que revolver los formatos y las clasificaciones. Tenemos que ser revulsivos. (…)

La vida retirada, 21 de marzo de 2010

Como ya hemos dicho, una de las noticias más lindas de este mes fue la llegada de la editorial Libros del Asteroide a Chile, a cargo de la distribuidora Hueders. Uno de los primeros títulos que arribaron es A la caza del amor, de la escritora inglesa Nancy Mitford. Como en Chile -creo- ningún medio lo ha señalado, les mostramos una pequeña nota de The Guardian sobre la reciente reedición de este libro en Inglaterra, que cumple 65 años de vida.

The Clinic, jueves 18 de marzo de 2010, publica este texto, un adelanto de la revista H, número 7, que aparece en los próximos días.

Este es uno de los muchos artículos que Marx publicó entre 1840 y 1860 en la prensa de Londres y Nueva York, después de terminar su doctorado en Jena, cuando participaba activamente en política, vivía en Londres y trabajaba en El capital. Pertenece al libro de Sequitur titulado, precisamente, Elogio del crimen, y muestra el poco conocido sentido del humor y del sarcasmo que acompañan su riguroso e insoslayable genio en la filosofía política y económica.

El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. El delincuente produce delitos. Fijémonos un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad, y ello nos ayudará a sobreponernos a muchos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos: produce, además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una “mercancía”. Lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional, aparte de la fruición privada que, se nos hace ver, un testigo competente, el señor profesor Roscher, el manuscrito del compendio produce a su propio autor.
El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo; desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la producción de sus instrumentos, a gran número de honrados artesanos.
El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un “servicio” al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por lo tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino incluso el Edipo de Sófocles y Ricardo III de Shakespeare. El delincuente rompe la monotonía y el palomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y, provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen descarga el mercado del trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario, y, al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población. Por todas estas razones, el delincuente actúa como una de esas “compensaciones” naturales que contribuyen a restablecer el equilibrio adecuado y abren toda una perspectiva de ramas útiles de trabajo.
Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los negocios comerciales corrientes (véase Babbage) si no le hubiera abierto el camino el fraude comercial. Y la química práctica debiera estarle tan agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de descubrirlas como al honrado celo por aumentar la productividad.
El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas. Y, abandonando ahora el campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales, habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún, ¿existirían siquiera naciones? ¿Y no es el árbol del pecado, al mismo tiempo, y desde Adán, el árbol del conocimiento? ya Mandeville, en Fable of the Bees (1705) había demostrado la productividad de todos los posibles oficios, etc., poniendo de manifiesto en general la tendencia de esta argumentación:
“Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaería necesariamente, si es que no perece completamente”.
Lo que ocurre es que Mandeville era, naturalmente, mucho más, infinitamente más audaz y más honrado que los apologistas filisteos de la sociedad burguesa.