Entrevista a Yuri Herrera

Qué pasa, viernes 19 de marzo de 2010
El escritor de los narcos
por Antonio Díaz Oliva
Es un referente ineludible de la narcoliteratura. De esa generación de escritores mexicanos que intentan radiografiar la situación al norte de México. Yuri Herrera vivió en El Paso y recorrió diariamente las calles de Ciudad Juárez. De esa experiencia sacó material para “Señales que precederán al fin del mundo”, su segunda novela que llega a Chile. Un libro sobre inmigración, narcotráfico y cómo los carteles de la droga han erradicado el concepto de estado de derecho. Así se escribe desde la frontera mexicana.

Ocurrió hace una semana. En una vivienda al sudeste de Ciudad Juárez. En medio de un funeral privado, varios tipos se bajaron de dos autos, dispararon y se largaron. Las ocho personas presentes murieron. Lo único que quedó fueron sospechas inconexas: que algunos eran de tal cartel y que los otros, los que estaban velando, eran de otro. Lo cierto es que la atención de los medios locales e internacionales duró poco sobre ese caso. Los hechos de violencia se suceden con tanta velocidad en Ciudad Juárez que cuesta mantener el foco sobre uno sin que haya ocurrido otro. Cuarenta días antes, quince jóvenes fueron asesinados en una fiesta. Y al momento en que se escribe este artículo, el último caso de violencia registrado corresponde al asesinato de un cónsul estadounidense, su esposa y el esposo de otra funcionaria del gobierno de Barack Obama.
Al escritor Yuri Herrera (39), en todo caso, no le extrañan demasiado los capítulos narrados arriba. O sí. Pero no tanto. Aquellas imágenes -que para el resto del mundo se han transformado en un collage de horror cíclico- se suceden tan rápido que han caído peligrosamente dentro de lo normal. Son Señales que precederán al fin del mundo (Periférica), como anuncia el título de su segunda novela, que se vienen dando hace tiempo en la frontera. Esas señales que se hacen imposibles de evadir para los escritores. “La pobreza, la terrible impunidad a todos los niveles, el clasismo y la persistencia de una clase política arcaica. Todas estas realidades que suceden en todo México, pero que se acrecientan en lugares como Juárez, dejan de ser un tema literario y se convierten más bien en un imperativo dentro del cual la generación actual está desarrollando su narrativa”, dice desde Ciudad de México, donde actualmente vive y hace clases universitarias.
Licenciado en Ciencias Políticas, Herrera nació en Actopan, una pequeña ciudad en el estado de Hidalgo, cerca del Valle del Mezquital, en un terreno típicamente desértico. Algo de ese paisaje quiso plasmar en Trabajos del reino, su primera novela, en que cuenta la historia de Lobo, un compositor de narcocorridos. Uno que cierto día, en una cantina fronteriza, termina cantándole al jefe de un cartel y éste se lo lleva a su palacio para que le componga canciones. Ahí, en una mansión construida en base al tráfico, se develará el funcionamiento de un cartel tipo con todas sus jerarquías y vicios. Publicada el 2004, la novela ganó el Premio Binacional de Novela Border of Words/Frontera de Palabras -destinado a obras sobre la frontera- y el año pasado fue reeditada en España. El trasfondo de este libro se debe a los tres años que Yuri Herrera pasó como escritor residente en una escuela de literatura creativa en El Paso. Ahí: en pleno Texas. Al borde de la controversial muralla que divide a Estados Unidos de México. Era cosa de cruzar la esquina y ya estaba en una de las ciudades más peligrosas del mundo.
– ¿Y es cierto que para escribirla te pusiste a recorrer las cantinas de Ciudad Juárez?
– Bueno, pues yo vivía en la frontera, veía muchos cantantes y pasaba mucho tiempo en lugares donde no es difícil encontrarse con dealers. O con consumidores. También veía gente que aunque no eran realmente capos del narco se comportaban como capos. Pero sí, iba mucho a las cantinas y, como yo nunca he tenido auto, caminaba mucho.
En la frontera
El mismo día de esta entrevista, Yuri va a presentar a Élmer Mendoza (61) en una ponencia. Autor de las novelas Un asesino solitario y Buenos muchachos, Mendoza escribió de estos temas cuando aún nadie tomaba mucho en cuenta las matanzas de mujeres en Ciudad Juárez, cuando la guerra de los carteles no se había descontrolado al nivel actual. “Él tomó el narcotráfico y lo llevó a un nivel de escritura excepcional. Antes se emparentaba más con la crónica roja, pero Élmer lo revirtió para convertirlo en literatura pura”, cuenta.
Lo cierto es que Mendoza fue la pólvora que esta generación necesitaba. Pero la preocupación estaba presente. Y hoy ya es tan latente que pocos intelectuales mexicanos se quedan mudos al respecto. “El narcotráfico suele gobernar dos veces: en el mundo de los hechos y en las noticias, donde rara vez encuentra un discurso oponente”, escribió Juan Villoro en su reciente y lúcido ensayo “La alfombra roja del terror narco”. Eso sí: la batalla, alegan algunos, no se ha perdido. Ahí es donde los escritores pueden crear ese discurso oponente. “La literatura es un recurso para hacer visible lo invisible”, dijo hace poco Heriberto Yépez, otro de los novelistas mexicanos que escriben sobre la frontera. A ese nombre hay que sumarle el de Martín Solares, Alejandro Páez, Luis Humberto Crosthwaite e Hilario Peña. Y el del mismo Yuri Herrera, quien con sus dos novelas se ha insertado en el mapa de la literatura latinoamericana actual como una de las plumas emblemáticas de la narconarrativa. O de la literatura del narco. Una generación que si bien puede tener exponentes bastante distintos, germina desde el mismo punto. “Lo que pasa es que aun cuando uno quiera escribir de otra cosa -comenta Herrera-, tiene dentro de su imaginario todas estas cosas horribles que están sucediendo”.
Herrera fue uno de los primeros en dar en el blanco al escribir sobre estos temas. Según él, tarde o temprano el foco se centraría en esto. “En Juárez ahora hay muchísima atención, pero siempre ha habido atrocidades. Los miles de asesinatos, realizados de la manera más macabra, contra mujeres jóvenes, trabajadoras e inmigrantes. Mujeres secuestradas, torturadas, asesinadas”. En su caso, la cercanía con que escribió sobre ese tema se volvió un poco extraña. Cada vez que se informaba que tal o cual cantante de narcocorridos (curiosamente similar a Lobo) era asesinado o se descubrían sus vínculos con el narcotráfico, le preguntaban qué se sentía haber escrito sobre algo que sucedería en el futuro.
-El escenario ha cambiado desde que publicaste Trabajos del reino. El gobierno mexicano empezó una férrea guerra contra las drogas.
-Sí, pero lo que sucedió con esa “guerra contra las drogas” es que se ha emprendido de manera tan mal planeada, que la violencia que ya existía se ha vuelto mucho más evidente y descontrolada. Y de manera atroz, algunos carteles empezaron, también, a involucrar una simbología macabra en sus enfrentamientos entre ellos y con el gobierno. Es decir: ya no se limitan a las armas, sino que han estado echando mano a dibujos y símbolos que han hecho que la percepción de la violencia sea más horrible.
Yuri se refiere, por ejemplo, a las “firmas” de los carteles. A las siniestra señales con la que dan a conocer sus asesinatos. Así, algunos narcotraficantes decapitan a sus víctimas y ponen el cuerpo y la cabeza en lugares públicos. Otros les cortan la lengua y hacen lo mismo. Otros dejan a los muertos en el maletero del automóvil. Y otros los envuelven en mantas que se empapan con sangre.
Las dos caras del infierno
Señales que precederán al fin del mundo parece una versión globalizada de Pedro Páramo. Y al igual que en la novela de Rulfo, se busca a un familiar. El paisaje también parece ser el mismo, con desierto y pueblos a medio abandonar. La trama es simple: seguimos a Makina, una joven que cruza la frontera tras la pista de su hermano quien, años atrás, se fue en busca de un nivel de vida mejor. La novela no sólo roza temas como el narco y la degradación de algunos territorios. Asimismo sobre las nuevas lenguas y términos que van surgiendo en esos sectores (como el spanglish). Así, en su recorrido, Makina se topará con carteles del narco, personajes dignos de Cormac McCarthy y hasta tendrá que actuar de burro al llevar un paquete de droga.
“Son como dos versiones diferentes del infierno”, dice Herrera, cuando se le pregunta sobre sus impresiones al ir desde El Paso y llegar a Ciudad Juárez. Lo curioso es que a estas alturas parece extraño recordar que ambas ciudades alguna vez fueron una sola (incluso hasta hoy comparten la calle principal). “El Paso es limpio, aséptico, aburrido y extremadamente seguro. Y Juárez, por otro lado, es entretenido, sucio, violento, peligroso y con una serie de contradicciones”. En medio de esa dicotomía, dice Yuri, era casi imposible no ponerse a escribir. “Es una realidad que te desafía, que te hace pensar. Te hace crear una respuesta a eso”. Y la respuesta de Yuri, claro, vino con Señales que precederán al fin del mundo. Más específicamente, en un momento de esta novela, cuando Makina es apresada por la policía mientras cruza la frontera junto a un grupo de inmigrantes. En esa pesquisa, uno de los inmigrantes saca un libro. Y un policía le pide a Makina que lea en voz alta, lo que crea una sensación de alivio dentro de ese tenso ambiente. La señal es clara. Y va acorde con los escritores cercanos a la narcoliteratura: parece ser que, en estos casos, la palabra tiene un poder.
-¿Y qué posición puede tomar un escritor frente a lo que sucede en el norte de México?
– Hay dos posibilidades: por un lado, sacar el lenguaje de la propaganda y de los clichés que tanto el narco como la cobertura mediática han instaurado. O sea, hablar del horror, pero con otras palabras. Sacarlo de la pornografía y del maniqueísmo y de la propaganda gubernamental. Y lo segundo es que la literatura no crea hombres buenos ¿no? Pero puede estimular a ciudadanos reflexivos. Y eso es lo que este grupo de escritores debería lograr.

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