La balada de Al Capone, H. M. Enzensberger

The Clinic, 1 de abril de 2010, y en revista H7

El mafioso como héroe

El ensayista y poeta alemán se hace cargo de la mafia como fenómeno mítico y económico en dos ensayos, uno sobre Al Capone y otro sobre la Camorra. Ambos textos forman La balada de Al Capone, volumen editado por Errata Naturae. Este es el comienzo de su genial ensayo sobre Chicago en los años 20 y su máximo héroe.

Adelanto de La balada de Al capone. Mafia y capitalismo, de Hans Magnus Enzensberger. Editorial Errata Naturae.

La caja del violoncelo se abre de golpe: y del forro de terciopelo rojizo surge una flamante ametralladora. Al despuntar el día se descubren los cadáveres. El lechero los encuentra, en el curso de su ronda, junto a la boca de riego, el chico del ascensor en el vestíbulo del hotel, el encargado del almacén en el cobertizo entre las barricas de aceite. La más importante tienda de géneros de punto del lugar ha puesto en el escaparate un letrero, en el que se lee: «Zurcidos invisibles y a precio módico para los agujeros de balas de su traje». Hacia mediodía se dejan ver las flappers: son muchachas rubio-oxigenadas con faldas increíblemente cortas, sombreritos hongo y peinadas a la garçonne. Negros Cadillacs, fuertemente blindados, se detienen ante el restaurante de lujo, casi enfrente del Ayuntamiento, donde los asesinos dan un banquete en honor de la corporación municipal. Al tercer brindis, el fiscal recibe, de manos de un individuo sin afeitar, un reloj de bolsillo de oro. Está envuelto en un cheque. Luego todo el grupo parte para las carreras de caballos. En las tabernas de los sótanos comienzan a vibrar los pianos eléctricos. En los cuartos de baño de los inmuebles de apartamentos mana el aguardiente procedente de la caldera de destilación. En las salas de juego se reúnen los primeros huéspedes alrededor de las escupideras de oro. La crema de la sociedad baila el shimmy y el charlestón en los antros con mirilla. Mientras, los camiones de los contrabandistas de alcohol, escoltados por níveos policías motorizados, hacen retemblar las calles adyacentes. Y los verdaderos amos de la ciudad se encuentran en el boxeo. Llevan sombreros de paja y botines blancos. Sus cinturones están guarnecidos de diamantes, y el pañuelito que asoma en la chaqueta, encima de la pistolera, es de una blancura deslumbrante. Casi sería una ofensa presentarles; se trata de celebridades que todo el mundo conoce: Jimmy Diamantes, Dan el Dandy, Vincent el Intrigante, Louis Dos Cañones, Jacob Dedos Grasientos, Hymie el Polaco, Quinta la Rana Saltarina y, en el centro, escoltado por doce guardaespaldas, el incomparable Al Capone, llamado Cara Cortada.

«Soy un fantasma forjado por millones de mentes», dijo este individuo al final de su carrera. La frase revela una inteligencia fuera de lo común. No puede decirse de modo más breve y conciso lo que caracteriza a este ser. Capone es una figura perteneciente a la historia, pero también a la imaginación. Es un engendro de la fantasía colectiva, y en este sentido un fantasma: pero este fantasma es de una realidad más poderosa que cualquier hecho escueto. Historiadores, sociólogos, abogados y psicólogos estudiaron el fenómeno con todo detalle e intentaron explicarlo. Pero sus métodos no llegan al fondo de la cuestión. Esta cuestión se llama mitología.

El siglo XIX, en sus postrimerías, acuñó aún una colección de notables figuras mitológicas: el explorador (representado por Livingstone y Nansen), el dandy (Oscar Wilde), el inventor (Edison), el artista como mago (Richard Wagner). En cambio, El mito del siglo XX se asemeja al libro que lleva este título: consiste, por regla general, en patrañas. El «Príncipe del Espíritu», como más o menos en el caso de Gerhart Hauptmann o de Stefan George, es una figura involuntariamente cómica que no halla sucesión porque ella misma ya es imitación. Entre los políticos del siglo, quizás con la excepción del revolucionario de profesión (personificado por Lenin), ni uno solo alcanzó talla mitológica. Los retratos de los pioneros de la técnica, de Lindbergh a Gagarin, amarillean con los reportajes que sobre ellos se escriben. El mundo industrial del supercapitalismo sobrevive en la fantasía colectiva sin un solo héroe. Incluso se ha secado la más antigua fuente de mitos: de ambas guerras mundiales no ha salido una sola revelación que se concretase en figura mitológica.

Ningún motivo tenemos para lamentarlo. En cambio, debería ya ser hora de preocuparse por la trascendencia de aquel déficit y por sus causas. El caso es que cuanto menos progresa la mitología tanto más vehementes son los esfuerzos para producirla sintéticamente. De esta tarea se encarga la industria de conciencias. La publicidad y la propaganda, los medios de comunicación de masas y el negocio del entertainment movilizan ingentes energías para crear mitos a escala industrial. Tanto más de destacar es su fracaso. Ello se explica en primer lugar por su misión. La industria ha de suministrar mitos de uso diario, de hoy para mañana; su mercado exige un rápido lanzamiento de ídolos, sean estrellas de cine, deportistas o políticos; de aquí que la calidad del olvido forme parte, desde un principio, de la especificación del producto. Aquí existe una contradicción; pues lo esencial de la conciencia mitológica es la memoria. De aquí que la industria sólo pueda ya suministrar sucedáneos y pseudomitos.

que no dejan huella alguna en la memoria colectiva. No obstante, su fracaso tiene causas aún más profundas. Pues en la tarea de crear mitos fracasa por completo el principio de la división del trabajo. Se trata de una misión que no puede delegarse en especialistas. Precisamente esto constituye su mérito. En cada verdadero mitólogo se reconoce la sociedad en peso. Ésta descubre en él, sin saberlo, su propio retrato y lo acepta. A este retrato se otorga un crédito que no consigue ninguna image; su fuerza representativa llega más allá que cualquier publicidad.

Entre las figuras mitológicas extremadamente escasas del siglo XX el gánster ocupa un lugar descollante. La fuerza imaginativa del mundo entero se lo ha apropiado. Una descripción del gánster la puede hacer cualquier analfabeto turco y cualquier intelectual japonés, cualquier mercachifle birmano y cualquier obrero sudamericano. Aunque sean los menos quienes pudieron tropezarse con él, todos están familiarizados con el gánster. Incluso en los países comunistas invade, como fantasma, caricatura o secreta amenaza, la imaginación de señores y siervos. Pero un único nombre personifica el prototipo del gánster: el nombre de Al Capone. Tantos años después de sus «buenos tiempos» su aureola no se ha desvanecido. El fantasma del gánster continúa todavía reinando en los sueños del mundo.

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