Locuela de Carlos Labbé: Crítica II

La Tercera, sábado 10 de abril de 2010

Otra vuelta al experimentalismo

por Juan Manuel Vial

Lo seduzca o no lo seduzca a uno la propuesta narrativa de Carlos Labbé, es innegable que el hombre se ha mantenido fiel a una estética personal: desde su debut narrativo, Libro de plumas, pasando luego por Navidad y Matanza, hasta su más reciente entrega, Locuela, el autor ha optado por experimentar con la estructura más que seguir el patrón clásico de contar una historia de principio a fin. Labbé ha llegado a afirmar que la claridad no le interesa y ello le ha reportado críticas y enemigos. Sin embargo, el lenguaje que maneja este escritor es sumamente claro y medido, lo que implicaría que muchos de sus detractores no se han tomado el tiempo de leer sus libros.

En suma, Labbé es un experimentador, vocación que comparte con Pablo Torche, otro escritor de su generación.

De una escuela de literatura proceden varios personajes de Locuela, novela fragmentada que, en parte, se explica con un epígrafe de Roland Barthes: “Locuela es una palabra que designa el flujo de palabras con que el sujeto argumenta incansablemente en su cabeza los efectos de una herida o las consecuencias de una conducta: forma enfática del discursear amoroso”.

Ante los impetuosos reformadores de la novela, cabe preguntarse, ¿hasta qué punto me interesa una obra que se sostiene más en la arbitrariedad de quien escribe que sobre las convenciones del género? La respuesta se dio hace casi un siglo, durante una conversación que mantuvieron Joseph Conrad y Ford Madox Ford, novelistas que en su momento fueron considerados adalides de la “nueva forma” que requería la novela. Ambos coincidían en que un poema no era aquello que estuviese escrito en verso, sino, ya fuera en verso o prosa, aquello que poseyera belleza constructiva. Ambos pensaban que escribir novelas era la cosa más importante del mundo y que la novela necesitaba con urgencia de una nueva forma. Pero lo que realmente los llevó a ser almas gemelas (escribieron novelas a cuatro manos) fue la admiración que compartían por Flaubert y Maupassant.

En Locuela, uno de los narradores, el que escribe un diario de vida, dice: “Si hubiera tenido la energía para plantearme la anécdota perfecta de una novela yo sería perfecto. Podría ser uno de esos escritores que aparecen fumando y con expresión seca en la contratapa de un libro caro si fuera capaz de hilar ciento y tantas páginas de un mundo que sólo dependiera de mí. Pero eso es mucho peso”.

Sin embargo, uno tiende a pensar que es mucho más pesado escribir una obra como esta, que intercala una novela presuntamente policial en la que se divaga acerca del proceso de escritura de la misma (presentada en letra cursiva), el diario de vida de un joven estudiante de literatura que admira a Onetti y las consideraciones amoroso-fantásticas de una muchacha albina. Entre esos tres espacios, el autor juega con elementos interesantes, como pueden ser la contraposición entre lo soñado y lo vivido o la alteridad de un personaje llamado a veces Carlos. En lo que respecta al otro Carlos, a Carlos Labbé, sólo cabe constatar que su apuesta es arriesgada, tal vez demasiado, pero consistente dentro de sus propios parámetros.

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