Locuela de Carlos Labbé: Crítica III

The Clinic, 22 de abril de 2010

Como quien se acerca a un mapa

por Tal Pinto

Todos los relatos esconden un específico arte de narrar, una teoría sobre sí mismos, un código, una idea, un conjunto de reglas y convenciones. Incluso los novelistas alérgicos a la teoría y a la abstracción, para ellos innecesarios estupefacientes de la vanidad literaria, poseen una. Labbé bien sabe de esto, pero no lo conforma. El consistente tesón de “Locuela” no es tapar los cimientos de la estructura, sino traerlos a primer plano. El relato es un relato de la teoría que sustenta el relato, una tendencia a la que los académicos podrán colocarle una chapa adecuada en la historia de la literatura, ya sea modernidad tardía, postmodernidad o algún otro tipo de etiqueta grandilocuente, aunque lo cierto es que este tipo de narrativa, explícitamente reflexiva, existe por lo menos desde “El Quijote” y alcanza su cenit en el “Tristram Shandy”, y no es otra cosa que una sofisticada parodia sobre las convenciones del realismo. A fin de cuentas, la pregunta no es si la teoría es consistente (para eso están las ciencias), sino si la irritación con el realismo consigue desplegarse en un cuerpo narrativo provocador, bien escrito (la belleza está, como dicen, en el ojo de quien la mira) y, en última instancia, persuasivo. “Locuela”, pese a uno que otro tambaleo, lo consigue.

Un escritor llamado Carlos intenta, más mal que bien, darle forma a la relación entre un detective y su empleadora, que para más inri es albina (¿es lícito incluso concebir una femme fatale descolorida, puro albur?). Contraviniendo el reglamento de la novela policial, ese escritor, que está escribiendo una novela de ese género y no tiene empacho en así manifestarlo, revela, casi con displicencia, el desenlace, para pasar a ocuparse de asuntos más inmediatos: su taciturna y misteriosa polola Elisa, la verdadera femme fatale de las primeras páginas de “Locuela”.

Velozmente la novela comienza a escindirse, y de la “novela” (escrita en cursivas) se pasa a un intercambio epistolar entre la remitente (Violeta, la albina) y el destinatario (Carlos, el hombre que escribe la novela). Las cartas funcionan como distintas maneras de encarar la realidad: cada lector le atribuye a su experiencia un signo distinto, y esos discursos fluyen con agilidad, pese a la exigencia implícita de un texto que demanda al lector convertirse él mismo en el detective. Leer “Locuela” es un poco como ver el cine de Lynch: importa muy poco el comienzo y el final, sino cómo se llega desde el punto A al punto B; más aun, “Locuela” es la “Carretera perdida” de Labbé, donde no sólo es el trayecto entre A y B lo que vale, sino, para más remate, no se tiene idea dónde comienza esto y dónde termina.

Así, “Locuela” no es una novela que se puede leer con los ojos pegados al papel. Requiere una cierta distancia, otra perspectiva, como quien se acerca a un mapa o a una imagen satelital, pues sólo así se pueden apreciar sus elegantes relaciones. El único problema, por cierto, es que de cerca no se ve tan bien. La prosa es muchas veces arrítmica, timbrada por puntos y coma y dos puntos que enfatizan las ideas y descuidan en algo la prosa. Abundan erratas imperdonables incluso cuando la frase es un cliché (“un sol abrazador (sic))”.

Nada de esto consigue empañar en último término el notable experimento que es “Locuela”, ratificando a Carlos Labbé como uno de los narradores chilenos más interesantes de esta generación.

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