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Archivos Mensuales: mayo 2010

La Tercera, sábado 15 de mayo de 2010

El baile de los excéntricos

por Juan Manuel Vial

La correspondencia que por más de dos décadas mantuvieron Evelyn Waugh y Nancy Mitford es uno de los intercambios epistolares más cómicos, sagaces y gratos de leer del siglo XX. Al humor malicioso, a la queja abusiva, a la diatriba colérica y al metódico pelambre social practicado por Waugh en sus cartas, la querida Nancy respondía siempre con dulzura, cinismo y una exquisita frivolidad calculada. A mediados de los años 40, él era un escritor que estaba a punto de alcanzar en Inglaterra una fama muy bien ganada; ella, por su parte, era una aristócrata que había sido criada junto a sus cuatro hermanas de manera un tanto excéntrica (las Mitford, cada una por diferentes razones, dieron mucho que hablar en Europa), pero que ya se había cansado de su empingorotado entorno y de su patria: una vez terminada la guerra, Nancy se marchó a París. Y allí permaneció hasta morir.

Aunque fue una escritora completa, Nancy Mitford nunca se tomó muy en serio a sí misma como autora. Puede que las innumerables pullas de Waugh al respecto tuvieran algo que ver (con una botella de whisky en el cuerpo, el autor de Decadencia y caída podía ser más cruel de lo recomendable), pero la verdad es que el respeto de Nancy por la literatura estaba sustentado en una convicción sumamente sensata: no era ella la llamada a cambiar el destino de las letras inglesas, por lo tanto, no estaba obligada a convertirse en una artista primordial ni a darse aires de suficiencia. Luego de publicar la más exitosa de sus novelas, A la caza del amor, Mitford publicó en 1949 Amor en clima frío, en donde retoma la existencia de algunos de los peculiares personajes aparecidos en su libro anterior.

Ambientada en los años 30, Amor en clima frío retrata a la más tradicional aristocracia inglesa en su hábitat natural, que por supuesto no es Londres, sino aquella vasta heladera llamada campiña. La novela transcurre principalmente dentro de dos grandes propiedades rurales, aunque si de lujos y sofisticaciones se trata, la primera de ellas, Hampton Place, no admite comparación alguna con Alconleigh, que es precisamente de donde proviene Fanny, la sencilla narradora que escribe en primera persona (el estilo de Mitford es simple, aunque es fácil percibir la concienzuda elaboración tras esa aparente sencillez). Documentalista de las existencias de los excéntricos pero nunca estridentes personajes que la rodean, más que protagonista en sí misma, Fanny va dibujando un admirable cuadro de época, sobre el cual dispone algunos ligeros trazos de sátira y otros vistosos toques de humor y cinismo.

Decidida a no forzarlos a marchar bajo el yugo y los sofocos de una historia lineal, Mitford permite que sus inolvidables personajes se desenvuelvan por sí mismos. El efecto para el lector es el de asistir a un inolvidable baile de gala, en el que tratará con un ex virrey de la India sometido a su implacable esposa; con una hermosa, hermosísima muchacha, tan fría como un puñal; con un anciano libidinoso y snob que demuestra pasión por los árboles genealógicos rimbombantes y que tiene un especial talento para las labores de punto y palillo; con un graciosísimo diletante homosexual que a ratos recuerda al joven Oscar Wilde; en fin, con una serie de encantadoras personalidades que siempre tienen presente el siguiente aforismo: “Trata con finura a las chicas, nunca se sabe con quién se casarán”. Amor en clima frío es, sin duda, una novela que a Waugh, otro grandísimo snob, le hubiera gustado escribir.

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Qué Pasa, 14 de mayo de 2010

La discordia de Davies

por Antonio Díaz Oliva

Atención los amantes de John Irving. O, más bien, los que se empeñan en leer y releer El mundo según Garp, obra cumbre del célebre autor norteamericano. La novela que deberían salir a comprar se llama El quinto en discordia y fue escrita por el canadiense Robertson Davies (1913-1995). Suerte de Viaje al fin de la noche -pero sin lo ácido y rabioso de Céline-, aquí seguimos a Dunstan Ramsay, quien nos cuenta desde su infancia hasta su vejez. Desde que lo mandan a la Primera Guerra Mundial siendo un imberbe pueblerino, hasta que se convierte en un distinguido profesor universitario. Entremedio, se va de gira con un circo de freaks y se pone a escribir biografías por encargo. Todas actividades que, como el mismo Ramsay apunta, ayudan a “convertirte en un ser humano. Porque, entonces, es posible que en tu horizonte surja algo más grande que tú”. Y todo eso, además, envuelto en la adictiva prosa de quien dicen fue el mejor y más discordante de los escritores canadienses hasta la actualidad.

$19.500, Libros del Asteroide

La Tercera, sábado 8 de mayo de 2010

Crónicas de una aristocracia entre guerras

por M. Josefina Poblete

Ya sea por genuino despecho o por un arrebato de romanticismo, su carrera literaria comenzó abriendo la llave del gas. De visita donde una amiga, la inglesa Nancy Mitford se despedía del mundo tras enterarse de la homosexualidad de su prometido. Sin embargo, por temor a que su cuerpo inerte importunara a la dueña de casa, terminó abortando el plan. Su confidente, el escritor Evelyn Waugh, le sugeriría luego una alternativa más terapéutica, algo así como “si de verdad quieres vengarte de tu novio, entonces escribe una novela”.

El consejo fue el punto de partida de una de las escritoras más populares en la Inglaterra de entreguerras. Aunque la venganza de Mitford pasó desapercibida por los críticos literarios, la suerte le llegaría con A la caza del amor, novela que recrea con humor la decadencia de la clase alta británica y cuya inspiración se encuentra nada menos que en la propia familia de la autora. Traducida escasamente al español, llega por primera vez a Chile bajo la editorial Libros del Asteroide.

La trama es sencilla: un padre autoritario no permite que sus seis hijas vayan a la escuela (por temor a que el hockey les engorde las piernas), dejándoles demasiado tiempo libre para soñar con el amor. Escondidas en una pieza, fantasean con el príncipe de Gales; especulan sobre qué pecado habrá cometido Oscar Wilde para que los adultos no toleren su nombre; se inventan apodos para matar el aburrimiento.

Galgos con collares de diamantes, niñas que intentan matarse para reunirse con sus mascotas sacrificadas, bandadas de palomas multicolores (“Merlín las tiñe todos los años y las seca en el cuarto de ropa blanca”) y un tío hipocondríaco son algunos de los personajes y anécdotas que desfilan por la novela. Desde la voz de una prima observadora, A la caza del amor recorre los días eternos en la mansión rural de la familia Radlett, la infancia y madurez de estas chicas y el camino de Linda Radlett en su búsqueda de amor.

Una vida novelesca

“Mi tío Matthew tenía cuatro magníficos perros con los que solía cazar a los niños: dos de nosotros marchábamos por delante, con buena ventaja, para dejar el rastro, y tío Matthew y los demás seguían a los perros a caballo”. Si bien suena a tortura, la escena sólo es una de las rarezas del patriarca de los Radlett. Obsesionado con matar alemanes, el personaje guarda más de una similitud con el padre de Nancy Mitford, Lord Redesdale. Entre los recuerdos de infancia de la escritora figura el haber servido más de una vez como pieza de cacería, aunque jamás hubo que lamentar una tragedia.

Al igual que las ficticias Radlett, las seis hermanas Mitford no fueron a la escuela y sólo recibieron clases de equitación y francés. Nancy, la mayor del clan, fue la primera en rebelarse, desatando la ira de su padre al ponerse pantalones, pintarse los labios y cortarse el cabello.

Su amistad con Waugh la hizo célebre en los salones de baile y en las lujosas calles de Oxford. En 1933, pocos años después de su intento de suicidio, contrajo matrimonio con el teniente Peter Rodd, a quien apenas conocía. La unión sería un fracaso, pero junto con la guerra llegaría su verdadero amor, y con acento francés. Quizás lo más fácil para comprender el impacto de Gastón Palewski en Nancy Mitford es volviendo a su alter ego literario: “Linda Radlett se desplomó sobre su maleta y se echó a llorar; nunca en toda la vida le había pasado algo tan terrible.

Lloraba con amargura y no podía parar; la gente pasaba por su lado, como si una mujer llorando fuese el espectáculo más habitual de la Gare du Nord. Entonces percibió una presencia a su lado”. La ficción apenas encubre la verdad: desesperada, pobre y oficiando de chofer, Nancy se convirtió en la amante del brazo derecho del general De Gaulle.

Después del éxito de A la caza del amor (1945) y su secuela, Amor en frío clima (1949), la autora se instaló en París, donde escribió biografías de personajes como Madame de Pompadour o Luis XIV. Ya para ese entonces, sus padres habían abandonado toda esperanza de anonimato: mientras Nancy había hecho carrera ventilando la locura de su familia, otra se disparaba en la cabeza por amor a Hitler.

Nancy y sus hermanas

“Estoy tan feliz que no me importaría morir”, escribió alguna vez Unity Mitford a sus padres. Con la excusa de querer aprender alemán, había viajado a Munich a conocer al Führer (así como su símil, Jassy Radlett, escapa a Hollywood resuelta a casarse con un actor de pacotilla). Averiguó su restaurante favorito y se sentó a mirarlo, todas las noches, hasta que él reparó en ella.

Pronto se hicieron cercanos; él le consiguió un piso (propiedad de unos judíos que, repentinamente, decidieron “desocuparlo”) y ella le presentó a sus padres y a dos de sus hermanas, Pamela y Diana. “Tiene tan buenos modales”, señalaría Lady Radesdale, después de tomar el té con él. La impresión de Pamela o Pam no fue tan indulgente. “Bastante ordinario, como un granjero viejo en traje marrón”, comentó.

Seducida por el mundo fascista, Diana Mitford dejó a su marido para convertirse en la amante pública del fascista británico Oswald Mosley, causando gran escándalo por ser una mujer casada (lo de fascista pasó casi desapercibido). El no tardaría en dejar a su esposa para contraer matrimonio con ella en el departamento de Joseph Goebbels. El invitado de honor, por supuesto, era el propio Hitler.

La guerra también hizo lo suyo. Desilusionada por ver enfrentados a sus dos países favoritos, Unity se dispararía en la cabeza con una bala que no la mató, pero sí la dejó con una edad mental de 12 años. Su obsesión, desde ese momento, mudó de Hitler a la fe. Diana, por su parte, se convirtió en “una de las mujeres más odiadas en Inglaterra”; lo suficiente al menos como para ser enviada a prisión junto a su marido fascista. Lo que nunca se supo fue que, además de escribir novelas de amor, su hermana Nancy también tenía tiempo para denunciarla como “una persona extremadamente peligrosa. Aunque no sea muy hermanable decirlo”.

Como todas sus hermanas, Jessica Mitford también cooperó con la leyenda: se escapó junto a su marido, Esmond Romilly (sobrino de Churchill), a pelear contra Franco en España. “Para Jessica, nada”, diría luego el testamento de Lord Radesdele, quien sólo pudo ver a dos de sus hijos cumplir sus sueños: Deborah, duquesa de Devonshire, y Tom, el único hombre, quien moriría sirviendo a su país en la guerra.

Rrevista El Sábado, El Mercurio, 8 de mayo de 2010

El agrio

por Rodrigo Pinto

Valérie Mréjen nació en 1969, en París. Ha destacado en diversos ámbitos -el cine, la plástica, la literatura- y la crítica destaca su búsqueda de un denominador común en todos ellos. A falta de sus exposiciones y videos, al menos podemos conocer su narrativa. Tras El abuelo, muy bien recibida en España y en Chile, Periférica publicó El agrio, otra novela breve cuya simpleza y facilidad de lectura enmascaran con sabiduría una propuesta realmente interesante en un paisaje narrativo, el francés, que poco de nuevo y atractivo ha entregado en las recientes décadas. Mréjen es muy francesa y muy parisina, por añadidura, pero la ciudad que dibuja no es aquella casi atemporal y fría de los parques, los museos y los puentes, sino un territorio extraño, a veces peligroso, las más de las veces ajeno. El agrio recoge la voz en primera persona de un personaje que también se llama Valérie Mréjen, que relata la historia de su amor con Bruno -apodado “el Agrio”- a través de párrafos breves y secos que describen hechos cotidianos y mínimos, fogonazos que iluminan hitos de una historia también mínima y tan habitual como que dos personas se enamoren mutuamente (aunque, en este caso, no es tan así).

La voz de la narradora no sigue una cronología estricta -salvo donde es necesario hacerlo, punto que también la autora interroga con habilidad: ¿cuándo comienza una historia y, sobre todo, cuándo termina?-, sino por el flujo del recuerdo, a través de frases del estilo de “una vez fuimos”, “otro día no pudo”, “nos desencontramos porque”; un hilo fragmentado que no por ello pierde coherencia o rigor; al contrario, ese vagabundeo de la memoria es tanto más eficaz porque efectivamente así funciona el recuerdo, a través de chispazos, con historias a medias que alternan con otras rescatadas en la plenitud de sus detalles. Y el estilo de la escritura de Mréjen, tan simple, tan directo, tan ajeno a los adornos, logra una textura adecuada a esta historia tan clásica y a la vez tan moderna, que retrata una manera de acercarse y de relacionarse muy propia de las generaciones recientes. Detrás, claro, están otros tópicos muy franceses también: la dificultad de la comunicación, la extrañeza del otro, el absurdo que termina por permearlo todo. Pero Mréjen no llora, ni se lamenta, ni pontifica, ni pretende dar lecciones, ni opina: simplemente narra una historia, atrapa instantes, captura a sus personajes, con una sensibilidad distanciada que pone cargas de profundidad y estallido retardado en frases y párrafos que sólo aparentemente son anodinos y hasta triviales.

Valérie Mréjen. Periférica, Cáceres, 2009. 89 páginas.

La Tercera, domingo 2 de mayo de 2010

Medias lila y corbata verde

por Juan Manuel Vial

En su magnífico Diccionario del dandi, el investigador italiano Giuseppe Scaraffia extrae del clóset del olvido la ambigua figura del dandi, personaje que no tan sólo prestó una exagerada atención a su vestimenta, sino que también desarrolló una posición de desprecio ante el horrible mundo que lo rodeaba.

La búsqueda de los orígenes del dandi, aquel exótico personaje que tanto llamó la atención en las calles, salones y círculos artísticos de Londres y París a lo largo de los siglos XIX y XX, nos remite a un burguesito inglés nacido en 1778 y muerto en 1840, de nombre George Brian Brummell, famoso por su buena estampa y porque dedicaba largas horas frente al espejo a corregir el nudo de su corbata. Cuenta la anécdota que cada tarde (Brummell jamás se levantó antes del mediodía) su ayudante de cámara abandonaba sus habitaciones sosteniendo las decenas de corbatas que el súmmum de la elegancia no usaría aquel día. En cierta ocasión, ante el estupor de los que presenciaban la escena, el criado, lleno de cierto orgullo solemne, exclamó: “He aquí nuestros errores”.

En una época en que la ostentación era tenida por elegancia, Brummell optó por la sencillez. Para ir bien vestido, sostenía, no era necesario llamar la atención de los transeúntes. Y por medio de esa tesis fue que “en el gran mundo desapareció todo tipo de pompa, dejando paso a una cualidad más heroica y menos accesible para la burguesía: la distinción”, según explica Giuseppe Scaraffia en su magnífico Diccionario del dandi. Entre los seguidores de “el bello”, como se conocía a Brummell, se contaba el Príncipe de Gales, y a principios del siglo XIX era común que los jóvenes dandis utilizaran un trozo afilado de vidrio para desgastar las telas demasiado nuevas de sus atuendos.

Pero la sobriedad impuesta por Brummell (que murió, dicho sea de paso, en la inopia, consumido por la sífilis) duró poco tiempo. Tipos más vistosos irrumpieron en escena; uno de ellos fue el escritor francés Jules-Amédée Barbey d’Aurrevilly. “Obligado a suplir el vacío de su monedero con ocurrencias que rayaban la excentricidad, Barbey se hizo forrar de terciopelo una capa de pastores limosines, que recubría un traje detenido en los años 30 de su juventud; guantes rojos o azules, patillas, largos cabellos, pálidos pantalones distinguidos con franjas verticales de los más vivos colores”. Barbey fue el primer teórico del dandismo, “corriente estética que con él entró definitivamente en el territorio de los intelectuales y artistas, acentuando así la escisión ya abierta entre dandis aristócratas e intelectuales”.

Charles Baudelaire se embarcó de lleno en la nueva corriente, pero fue uno de los pocos dandis que no se sintió deslumbrado por la aristocracia: siempre prefirió la compañía extravagante de los jóvenes artistas y la cercanía con los genios de la literatura y la pintura. Aunque vestía de negro haciendo honor a una “época de luto”, un traje cuyo corte era fruto de cuidadas y difíciles reflexiones, Baudelaire usaba guantes color rosa o castaño claro, mientras que los zapatos estaban hechos de terciopelo. En invierno, el calzado era de un color blanco inmaculado. “Consagrado al amor -apunta Scaraffia-, rechaza, sin embargo, dejarse dominar por él. Los dandis forman una aristocracia oscura, malhumorada y ociosa, rica en valores personales”. A pesar de todo, continúa relatando Sacaraffia, “con la muerte de Baudelaire en 1867 se cierra el período más noble y auténtico del dandismo, el cual, de ahora en adelante, se presentaría en estrecha y ambigua simbiosis con el esteticismo”.

Y es aquí cuando entra en escena Oscar Wilde, luciendo cierta tenida de la que renegó muchas veces a lo largo de su vida. Al llegar a Londres en 1879, sumamente confiado en su persona por los éxitos que su ingenio había obtenido en Oxford, a Wilde se le veía pasear ataviado con una corbata verde manzana sobre una levita de terciopelo ribeteada, llevando unos pantalones cortos que terminaban en las rodillas, justo encima de unas largas calzas de color violeta. El clan inglés de los dandis también lo formaron los artistas Aubrey Beardsley y Max Beerbohm, aunque ellos no practicaron la estridencia ni el esnobismo de Wilde.

Luego de exponer la completa genealogía del dandi hasta bien entrado el siglo XX, que incluye a escritores suicidas como Vladimir Maiakovski y Pierre Drieu La Rochelle (según Baudelaire, el suicidio es un auténtico sacramento del dandismo), Scaraffia define al personaje que nos ocupa a través de una serie de instructivas entradas de diccionario que van de la A a la Z. Entre ellas está la elocuente palabra Escritura: “El dandi recorre en sentido inverso el camino que la sociedad le impone al individuo. La rigidez de sus maneras deja ver su carácter de técnica de resistencia al poder. El debe ser innatural para recuperar la naturalidad en una sociedad desnaturalizada. En cuanto no se somete a las reglas existentes, es artificioso“.