El mercader de alfombras, Phillip Lopate

El Mercurio, domingo 2 de mayo de 2010

El encanto de la inactividad

por Pedro Gandolfo

Las doscientas cincuenta páginas que conforman El mercader de alfombras , la segunda novela del escritor neoyorquino Phillip Lopate (1943), parecen excesivas si se las contrasta con la exigüidad de su trama. Cyrus Irani, un inmigrante iraní que a los diez años se radicó junto a su familia en Nueva York y que en la adultez se dedica sin mucho éxito al negocio de las alfombras, gasta sus tardes en una sombría tienda ubicada en el Upper West Side de Manhattan, inmovilizado por el hastío de una existencia sin atributos, impasible ante cualquier sorpresa que pueda depararle la vida. Hombre culto, amante de la pintura y de la literatura, medianamente erudito en el arte de la alfombrería, ha sido sin embargo incapaz de aspirar a algo más que una inercia vital imperturbable, sobreviviendo en una “pasividad acomodaticia” para la cual “la pereza desempeñaba un papel fundamental”. Aunque acostumbrado a responder frente a cualquier estímulo exterior con un desinterés y una pusilanimidad radicales, la noticia del alza del alquiler del local que le ha servido de refugio durante décadas pondrá en riesgo su comodidad e inaugurará una mínima odisea en busca de sosiego.

De allí que podamos hablar, pese a la ausencia de grandes acontecimientos y de transformaciones importantes en la personalidad de su protagonista, de una suerte de “novela de aprendizaje”. Se trata de una versión destinada no tanto a registrar el itinerario de un individuo en la consecución de una identidad propia, como el relato -a ratos mordaz y sarcástico- de sus repetitivas decepciones en cada una de sus tentativas de superación y progreso. Como si pretendiera reescribir, esta vez para el tumultuoso escenario neoyorquino de finales del siglo XX, el culto a la inactividad del Bartleby de Melville o del Oblomov de Goncharov, Lopate hace de su personaje una caricatura de la derrota y de la angustia de los individuos en el seno de una gran urbe moderna. Y, como corresponde a todo buen caricaturista, confía el éxito de su esbozo a la exageración de los rasgos: se nos dice de Irani, por ejemplo, que cada día de su vida ha permanecido “sentado tras el escritorio de su tienda”, que desde siempre “consideraba su estadía en la Tierra como un subarriendo”.

Un narrador omnisciente en tercera persona se encargará de relatar los vanos intentos de Cyrus por sobreponerse a su frustración, intercalando fragmentos en los que el propio personaje hace el balance de su penuria: “Lo que de verdad quiero es quedarme en esta tienda de alfombras. No porque haya sido muy feliz en ella… al contrario, siempre he llevado una vida sombría y vacía. La paradoja es que tengo que mover cielo y tierra para seguir en una situación en la que sufro y me siento insatisfecho, porque, al menos, se trata de un sufrimiento con el que estoy familiarizado”. En otras ocasiones su voz constata la diversidad de fracasos de los que se compone su rutina: incapacidad de consolidar algún tipo de relación con una mujer, de prosperar en su interés hacia la creación artística, de entregarse sin resentimiento a los vínculos familiares, de comulgar con la fe religiosa hacia el zoroastrismo.

Irani es “un hombre sin raíces, un espíritu a la deriva y sin amarras”, y se desenvuelve entre otros seres también desarraigados. Uno de los méritos de El mercader de alfombras es el de articular una imagen íntima de una ciudad que, aunque dispuesta a recibir a los individuos y a “ofrecerle sus glorias”, los mantiene no obstante en un estado de permanente extranjería y enajenación. El Manhattan de Lopate, que bien podría figurar junto al de Dos Passos o al de Auster, está poblado de tenderos cuya felicidad depende de la estabilidad de los alquileres, de inmigrantes nostálgicos de su tierra, de mujeres que acuden a “clubes de contacto” para encontrar un poco de compañía, de jóvenes rebeldes y de ancianas que se entregan a las costumbres de algún culto religioso milenario.

De su estilo sólo cabe destacar la inmutable sencillez con la que consigue narrar, de principio a fin, el devenir de su caricaturesco personaje. Existe en la prosa de Lopate una especie de buscada tranquilidad, un tono maduradamente neutro, que no está dispuesto a sumar ningún énfasis o a acelerar en ningún punto el desarrollo de la trama, ni siquiera cuando algún breve destello de decisión por parte de Cyrus promete romper con el estancamiento en el que se desenvuelve. Estructura clásica y sin riesgos, diálogos inteligentes, descripciones concisas. Es como si su escritura, ajena a cualquier rodeo y deseosa de parecerse lo más posible a aquella pasividad que pretende relatar, avanzara también con un ánimo “resignado e indiferente”, con un “espíritu paciente y estoico”, con un encanto esperanzado en que algo interrumpa el anquilosamiento.

El mercader de alfombras, Phillip Lopate. Libros del Asteroide, Barcelona. 272 páginas, $17.500

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