A la caza del amor, Nancy Mitford

La Tercera, sábado 8 de mayo de 2010

Crónicas de una aristocracia entre guerras

por M. Josefina Poblete

Ya sea por genuino despecho o por un arrebato de romanticismo, su carrera literaria comenzó abriendo la llave del gas. De visita donde una amiga, la inglesa Nancy Mitford se despedía del mundo tras enterarse de la homosexualidad de su prometido. Sin embargo, por temor a que su cuerpo inerte importunara a la dueña de casa, terminó abortando el plan. Su confidente, el escritor Evelyn Waugh, le sugeriría luego una alternativa más terapéutica, algo así como “si de verdad quieres vengarte de tu novio, entonces escribe una novela”.

El consejo fue el punto de partida de una de las escritoras más populares en la Inglaterra de entreguerras. Aunque la venganza de Mitford pasó desapercibida por los críticos literarios, la suerte le llegaría con A la caza del amor, novela que recrea con humor la decadencia de la clase alta británica y cuya inspiración se encuentra nada menos que en la propia familia de la autora. Traducida escasamente al español, llega por primera vez a Chile bajo la editorial Libros del Asteroide.

La trama es sencilla: un padre autoritario no permite que sus seis hijas vayan a la escuela (por temor a que el hockey les engorde las piernas), dejándoles demasiado tiempo libre para soñar con el amor. Escondidas en una pieza, fantasean con el príncipe de Gales; especulan sobre qué pecado habrá cometido Oscar Wilde para que los adultos no toleren su nombre; se inventan apodos para matar el aburrimiento.

Galgos con collares de diamantes, niñas que intentan matarse para reunirse con sus mascotas sacrificadas, bandadas de palomas multicolores (“Merlín las tiñe todos los años y las seca en el cuarto de ropa blanca”) y un tío hipocondríaco son algunos de los personajes y anécdotas que desfilan por la novela. Desde la voz de una prima observadora, A la caza del amor recorre los días eternos en la mansión rural de la familia Radlett, la infancia y madurez de estas chicas y el camino de Linda Radlett en su búsqueda de amor.

Una vida novelesca

“Mi tío Matthew tenía cuatro magníficos perros con los que solía cazar a los niños: dos de nosotros marchábamos por delante, con buena ventaja, para dejar el rastro, y tío Matthew y los demás seguían a los perros a caballo”. Si bien suena a tortura, la escena sólo es una de las rarezas del patriarca de los Radlett. Obsesionado con matar alemanes, el personaje guarda más de una similitud con el padre de Nancy Mitford, Lord Redesdale. Entre los recuerdos de infancia de la escritora figura el haber servido más de una vez como pieza de cacería, aunque jamás hubo que lamentar una tragedia.

Al igual que las ficticias Radlett, las seis hermanas Mitford no fueron a la escuela y sólo recibieron clases de equitación y francés. Nancy, la mayor del clan, fue la primera en rebelarse, desatando la ira de su padre al ponerse pantalones, pintarse los labios y cortarse el cabello.

Su amistad con Waugh la hizo célebre en los salones de baile y en las lujosas calles de Oxford. En 1933, pocos años después de su intento de suicidio, contrajo matrimonio con el teniente Peter Rodd, a quien apenas conocía. La unión sería un fracaso, pero junto con la guerra llegaría su verdadero amor, y con acento francés. Quizás lo más fácil para comprender el impacto de Gastón Palewski en Nancy Mitford es volviendo a su alter ego literario: “Linda Radlett se desplomó sobre su maleta y se echó a llorar; nunca en toda la vida le había pasado algo tan terrible.

Lloraba con amargura y no podía parar; la gente pasaba por su lado, como si una mujer llorando fuese el espectáculo más habitual de la Gare du Nord. Entonces percibió una presencia a su lado”. La ficción apenas encubre la verdad: desesperada, pobre y oficiando de chofer, Nancy se convirtió en la amante del brazo derecho del general De Gaulle.

Después del éxito de A la caza del amor (1945) y su secuela, Amor en frío clima (1949), la autora se instaló en París, donde escribió biografías de personajes como Madame de Pompadour o Luis XIV. Ya para ese entonces, sus padres habían abandonado toda esperanza de anonimato: mientras Nancy había hecho carrera ventilando la locura de su familia, otra se disparaba en la cabeza por amor a Hitler.

Nancy y sus hermanas

“Estoy tan feliz que no me importaría morir”, escribió alguna vez Unity Mitford a sus padres. Con la excusa de querer aprender alemán, había viajado a Munich a conocer al Führer (así como su símil, Jassy Radlett, escapa a Hollywood resuelta a casarse con un actor de pacotilla). Averiguó su restaurante favorito y se sentó a mirarlo, todas las noches, hasta que él reparó en ella.

Pronto se hicieron cercanos; él le consiguió un piso (propiedad de unos judíos que, repentinamente, decidieron “desocuparlo”) y ella le presentó a sus padres y a dos de sus hermanas, Pamela y Diana. “Tiene tan buenos modales”, señalaría Lady Radesdale, después de tomar el té con él. La impresión de Pamela o Pam no fue tan indulgente. “Bastante ordinario, como un granjero viejo en traje marrón”, comentó.

Seducida por el mundo fascista, Diana Mitford dejó a su marido para convertirse en la amante pública del fascista británico Oswald Mosley, causando gran escándalo por ser una mujer casada (lo de fascista pasó casi desapercibido). El no tardaría en dejar a su esposa para contraer matrimonio con ella en el departamento de Joseph Goebbels. El invitado de honor, por supuesto, era el propio Hitler.

La guerra también hizo lo suyo. Desilusionada por ver enfrentados a sus dos países favoritos, Unity se dispararía en la cabeza con una bala que no la mató, pero sí la dejó con una edad mental de 12 años. Su obsesión, desde ese momento, mudó de Hitler a la fe. Diana, por su parte, se convirtió en “una de las mujeres más odiadas en Inglaterra”; lo suficiente al menos como para ser enviada a prisión junto a su marido fascista. Lo que nunca se supo fue que, además de escribir novelas de amor, su hermana Nancy también tenía tiempo para denunciarla como “una persona extremadamente peligrosa. Aunque no sea muy hermanable decirlo”.

Como todas sus hermanas, Jessica Mitford también cooperó con la leyenda: se escapó junto a su marido, Esmond Romilly (sobrino de Churchill), a pelear contra Franco en España. “Para Jessica, nada”, diría luego el testamento de Lord Radesdele, quien sólo pudo ver a dos de sus hijos cumplir sus sueños: Deborah, duquesa de Devonshire, y Tom, el único hombre, quien moriría sirviendo a su país en la guerra.

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