El agrio, de Valérie Mréjen

Rrevista El Sábado, El Mercurio, 8 de mayo de 2010

El agrio

por Rodrigo Pinto

Valérie Mréjen nació en 1969, en París. Ha destacado en diversos ámbitos -el cine, la plástica, la literatura- y la crítica destaca su búsqueda de un denominador común en todos ellos. A falta de sus exposiciones y videos, al menos podemos conocer su narrativa. Tras El abuelo, muy bien recibida en España y en Chile, Periférica publicó El agrio, otra novela breve cuya simpleza y facilidad de lectura enmascaran con sabiduría una propuesta realmente interesante en un paisaje narrativo, el francés, que poco de nuevo y atractivo ha entregado en las recientes décadas. Mréjen es muy francesa y muy parisina, por añadidura, pero la ciudad que dibuja no es aquella casi atemporal y fría de los parques, los museos y los puentes, sino un territorio extraño, a veces peligroso, las más de las veces ajeno. El agrio recoge la voz en primera persona de un personaje que también se llama Valérie Mréjen, que relata la historia de su amor con Bruno -apodado “el Agrio”- a través de párrafos breves y secos que describen hechos cotidianos y mínimos, fogonazos que iluminan hitos de una historia también mínima y tan habitual como que dos personas se enamoren mutuamente (aunque, en este caso, no es tan así).

La voz de la narradora no sigue una cronología estricta -salvo donde es necesario hacerlo, punto que también la autora interroga con habilidad: ¿cuándo comienza una historia y, sobre todo, cuándo termina?-, sino por el flujo del recuerdo, a través de frases del estilo de “una vez fuimos”, “otro día no pudo”, “nos desencontramos porque”; un hilo fragmentado que no por ello pierde coherencia o rigor; al contrario, ese vagabundeo de la memoria es tanto más eficaz porque efectivamente así funciona el recuerdo, a través de chispazos, con historias a medias que alternan con otras rescatadas en la plenitud de sus detalles. Y el estilo de la escritura de Mréjen, tan simple, tan directo, tan ajeno a los adornos, logra una textura adecuada a esta historia tan clásica y a la vez tan moderna, que retrata una manera de acercarse y de relacionarse muy propia de las generaciones recientes. Detrás, claro, están otros tópicos muy franceses también: la dificultad de la comunicación, la extrañeza del otro, el absurdo que termina por permearlo todo. Pero Mréjen no llora, ni se lamenta, ni pontifica, ni pretende dar lecciones, ni opina: simplemente narra una historia, atrapa instantes, captura a sus personajes, con una sensibilidad distanciada que pone cargas de profundidad y estallido retardado en frases y párrafos que sólo aparentemente son anodinos y hasta triviales.

Valérie Mréjen. Periférica, Cáceres, 2009. 89 páginas.

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