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Archivos Mensuales: junio 2010

Las Ultimas Noticias, 25 de junio de 2010

por Patricia Espinoza

Marin

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La Tercera, 17 de junio de 2010

Robertson Davies y la magia de la palabra

por M. Josefina Poblete

Desde el circo hasta los milagros y el ilusionismo: si se trata de seducir a los lectores, el canadiense Robertson Davies no escatimó recursos. Ya se encuentran en Chile El quinto en discordia y Mantícora, las dos primeras novelas de la trilogía que lo convirtió en un autor de culto.

Una soprano para el papel de la heroína y un tenor para el de su enamorado. El rival ideal de la soprano sería una contralto. Súmele un bajo para interpretar al villano y estará frente a la materia prima de una ópera, según Robertson Davies. O cerca. “Porque no se puede desarrollar la trama sin otro hombre, que generalmente es un barítono, y que en la profesión se conoce como quinto en discordia. Es quien conoce el secreto del nacimiento del héroe, aparece para ayudar a la heroína cuando se cree perdida, mantiene a la reclusa en su celda o incluso provoca la muerte de alguien. Tal vez no sea un papel espectacular, pero aseguro que es un buen trabajo. ¿Eres el quinto en discordia? Será mejor que lo averigües”.

Robertson Davies (1913-1995) es apreciado por su prosa delicada e irónica, y por su visión tragicómica de la vida. “Soy un moralista poseído por el humor”, le dijo a John Irving, quien lo bautizó como el “Dickens de Canadá”. Harold Bloom lo incluyó en El canon occidental, pero Anthony Burgess fue más certero: “Lo menos que se puede decir de él es que es un escritor maduro y sabio”.

Davies concibió su obra en trilogías, llegando a escribir 11 novelas y dejando una última saga inconclusa. Editados por Libros del Asteroide, ya están en Chile El quinto en discordia (1970) y Mantícora (1972), los dos primeros tomos de la Trilogía Deptford.

Erudición y misticismo

Para conocer a Davies, sus seguidores recomiendan comenzar con la novela que lo lanzó a la fama: El quinto en discordia. Declarándose ofendido por un artículo que lo retrata públicamente como “un típico y viejo maestro que afronta la jubilación con lágrimas en los ojos y una gota colgándole de la nariz”, el septuagenario profesor Dunstan Ramsay se lanza a escribir sus memorias para reparar el agravio. El resultado: una historia con sitio suficiente para la magia, el circo, la guerra, la religión, un ilusionista de fama mundial e incluso una mujer barbuda.

El misticismo, transversal en la obra de Davies, es clave en El quinto en discordia. Obsesionado por los milagros (a pesar de una educación presbite-riana), el profesor Ramsay consagra gran parte de su vida a recolectar historias de santos, lo que le trae fama de “raro”. Fiel a su estilo, Ramsay re- flexiona: “Millones de personas se han tragado las palabras de Hitler, Mussolini, Stalin y Mao, hasta se han tragado, sin aderezar, lo que decían algunos líderes democráticos que debían ser acallados. Tragarse lo que diga un Papa me parece una nimiedad en comparación”.

La fe también es protagonista en lo cotidiano. Declarando que la vida en sí misma es un milagro demasiado grande, un viejo sacerdote jesuita le manifiesta a Ramsay su deseo de encontrar en Jesús a un hombre que le enseñe a envejecer. “A veces soy muy consciente de estar siguiendo el camino trazado por alguien que murió cuando tenía sólo la mitad de la edad que tengo yo ahora. Veo y siento cosas que Él ni vio ni sintió. ¿Cometo un falta por desear un Cristo que me enseñe a ser anciano?”.

Aunque es común leer su obra en clave autobiográfica, Davies afirmaba que la ficción no es fotografía, sino “pintura al óleo”. Escritor, crítico, periodista y académico, el novelista compartía más de un atributo con Ramsay: ambos nacieron en pueblos pequeños, sus padres eran dueños de imprentas, se dedicaron a la docencia y cultivaron el gusto por los santos, la magia y el teatro. Célebre por su dominio de materias diversas, nadie se atrevió a cuestionar la definición de “quinto en discordia” con la que abre la novela. Años después, tuvo que admitirle a su editor que era un invento.

Mantícora, a su vez, es un viaje al fondo de la mente humana: el auto del magnate canadiense Boy Staunton es encontrado en el fondo del puerto de Toronto. Y su cuerpo está adentro. Totalmente alterado, su hijo David viaja a Zurich para psicoanalizarse y la novela es, en gran medida, la extraordinaria galería de personajes y recuerdos que irán aflorando en la terapia.

El oficio de encantar

“Una historia no es suficiente. El escritor debe tener algo quizás comparable al don de una araña de hilar con seda; no sólo debe tener algo que decir, una historia que contar o sabiduría que impartir, sino que debe poseer un modo especial que atrape y mantenga a su presa, y con ella me refiero a su lector”. Las palabras son del propio autor, y con ellas define a su oficio este admirador de Jung y de autores tan dispares como Thomas Mann, Shakespeare, Víctor Hugo, Evelyn Waugh y Daniel Defoe.

Al igual que Nabokov, Davies afirmó que un escritor debía poseer la “cualidad del encantador”. Para él, los escritores descendían de los contadores medievales, aquellos hombres capaces de mantener a su público en vilo hasta el término de cada historia.

Pero muchos afirman que para encantar sólo le bastaba su presencia. Su larga barba blanca, su ropa pasada de moda y su fuerte voz le conferían un aire imponente. El propio Irving cuenta que, estando en la iglesia, uno de sus hijos levantó la mirada al escuchar a Davies leyendo la Biblia. Parecía como si hubiese visto a un fantasma. El adolescente pronto reveló que creyó estar sentado, nada menos, que frente a Dios.

El Mercurio, Revista de Libros, 13 de junio de 2010

Germán Marín y las culturas de la culpa

por Pedro Pablo Guerrero

Desde que abandonó la edición, Germán Marín se ha dedicado a lo que más le gusta: escribir. No hay año en que no publique algún libro. Si en 2009 apareció la novela La segunda mano , centrada en la figura de su primo Miguel Sessa, militante de Patria y Libertad, ahora vuelve al relato corto en Compases al amanecer , que retrata una “humanidad hecha de retazos y escombros”, a través de instantáneas de luz noctámbula, como la fotografía en blanco y negro de Sergio Larraín que ilustra la portada: una pareja bailando en el prostíbulo Los Siete Espejos, de Valparaíso, el año 1963.

El propio título del libro es el nombre de un programa radial de trasnoche que se transmitió desde 1938 hasta fines de los años setenta. Muchas de las veinte historias de Compases del amanecer , el libro, transcurren en una atmósfera nocturna, insomne, melancólica e irremediablemente perdida, hecha de silencios, elipsis y sobrentendidos: una comida de ex cadetes de la Escuela Militar; la mediocre rutina de un ex boxeador que debe ocultarse; la confesión banal de un asesino; la historia de una vedette en decadencia contada por un mánager que compra almas…

Marín ajusta cuentas con su pasado, e incluye dos relatos dedicados a un episodio reciente de su vida, que involucró a uno de sus nenes . Pero no quiere hablar de eso, como tampoco quiere referirse a su actual postulación al Premio Nacional de Literatura, que ya cuenta con el apoyo de dos universidades y del editor junto al que trabajó durante varios años de su vida, Pablo Dittborn; primero en Quimantú y más tarde en Random House Mondadori.

-¿Por qué postula a un galardón que calificó hace cuatro años como un “premio de ratas”?

-Me expresé mal en ese momento, llevado por el disgusto de saber que ya había un ganador.

-¿A qué se refiere cuando, en el epígrafe de “Compases al amanecer”, dice entender a Braulio Arenas?

-En este escritor había un resentimiento conservado desde antiguo, desde quizá su enfrentamiento con Neruda en un acto público, que le significó no ser nunca reconocido por su generación; esto es, la de Fernando Alegría, Volodia Teitelboim, entre otros. Hoy es una figura muerta que sólo se la recuerda por adherirse al pinochetismo, actitud que, en cierta medida, fue una respuesta a su medio, una provocación casi surrealista. No obstante, creo que su obra, tarde o temprano, será reivindicada.

-¿Conoció al periodista Julio Tapia, conductor del programa “Compases al amanecer”?

-No lo conocí personalmente, si bien seguí su espacio a través de los años, incluso a veces al cambiar él de emisora. Su programa, dedicado a la música bailable, sobre todo al tango y el bolero, me provocaba una melancolía sin vuelta, en particular cuando estaba acodado a una barra de fuente de soda. Hoy ese sentimiento, cabe señalar, no ha desaparecido y mudo lo veo reflejado en las largas tardes de domingo.

-¿Cuáles fueron sus intenciones en los dos textos de “No hay mejor espejo que la tinta”?

-Si bien ambos textos aparecen relatados por unos autores distintos, no es menos cierto que son uno solo, todo lo cual termina siendo mediante un buceo al interior del personaje, desgraciadamente real, un ajuste de cuentas frente a la deslealtad.

-El voyerista que aparece en el cuento “El Majestic”, ¿resume su concepto de lo que es un escritor?

-Aunque a veces en el escritor hay un voyerista detrás de la ventana, en este caso me preocupó, a través de cierta perspectiva fantástica, involucrar al personaje dedicado al fisgoneo en un hotel, a la ceremonia secreta de una pareja. Si se trata de voyerismo como tal, está mi libro Conversaciones para solitarios .

-¿Hay en este libro un avance más audaz hacia el relato fantástico?

-En la medida en que penetro en el ejercicio del realismo, cada vez más me doy cuenta de la necesidad de recurrir a las inflexiones que aporta la visión fantástica, como, por ejemplo, doy cuenta en “La Bambi”, personaje que proviene de Basuras de Shanghai .

-¿Cuándo nace ese afán de recuperar a personajes de otras ficciones?

-Desde los primeros libros, he ido recuperando diversos personajes, sobre todo secundarios, por ejemplo, una tal Betty Catrileo, extraída de mi trilogía “Historia de una absolución familiar”, que aparecerá en la novela Dejar hacer , de próxima publicación. Carecueca, entretanto, surgido de La segunda mano , hoy ya viejo, es protagonista de uno de los cuentos de Compases al amanacer . De este modo he empleado uno de los recursos balzacianos que existen en la literatura, deseoso de crear cierto tejido entre un libro y otro.

-Hay una invocación a Gerardo de Pompier, el alter ego de Enrique Lihn.

-Gerardo de Pompier fue un personaje creado con Enrique Lihn producto del azar, en un momento que carecíamos de material para llenar una página de la revista “Cormorán” que ambos dirigíamos. Enrique, más tarde, prosiguió con Pompier en dos libros. La demanda al eminente maestro de la palabra, dueño del fundo Los Transparentes, consiste en invitarlo a regresar a la sociedad actual, atada a la noria de sus viejas enfermedades.

-¿Existe en el cuento “El presente” una alusión a este presente?

-En nuestro presente es indudable que se asiste a un proceso de cambios y creo que, si miramos hacia atrás, resulta claro que se perfila una identidad actual distinta, difusa aún, de la cual desconozco sus dimensiones. En cualquier caso, esa identidad puede significar progreso, pero a la vez barbarie, aniquilación. “El presente” es un cuento que, al indagar en una posible amnesia, sólo es el viaje de un yo perdido que, en el último momento, recupera su identidad, su mujer, su casa.

-En el relato “Talante”, el narrador expresa “el deseo profundo, enigmático, de cometer un acto definitivo, sin vuelta, como si naciera de nuevo”.

-La tensión de matar, tal cual se observa en la sociedad, está presente en muchos, desde los trágicos griegos. Esa actitud definitiva no deja de ser a la vez ponerse en un umbral. Al matar se está asumiendo un estado cero de permanencia, de donde arrancará una nueva vida, por más amarga que sea.

-¿No le interesan tanto los cuentos de final cerrado?

-Al escribir no tengo una idea preconcebida sobre el cuento que estoy haciendo, menos aún si emplearé el final cerrado u otro recurso. Sólo me doy cuenta de esto cuando está terminado, ante lo cual nada más tengo que hacer, excepto guardarlo en un cajón, a la espera de escribir otro cuento más adelante. En otras palabras, este género casi siempre me resulta imprevisible, librado más que nada al contenido, de donde puede emerger uno u otro modelo o, a veces, ninguno de ellos.

-En un cuento se ve a sí mismo como “niño de matiné”. ¿Cuánto lo marcó el cine?

-Hace muchos años, en una mesa de Il Bosco, José Román nos expresó a Raúl Ruiz y a mí, no pierdan la oportunidad, el cine es la última salida que le queda a la cultura. Yo no le hice caso, pero dedicado a escribir siempre me ha rondado la noción del cine, al punto de asociarlo a momentos de mi vida, de igual modo los teatros adonde concurría, el Baquedano a la matiné, el Italia cuando adolescente, el Marconi ya mayor.

-¿A qué o a quién dirige su confesión el narrador del texto final: “Me acuso”?

-El ignaciano que fui durante la niñez, retomado hoy al desnudo sin dioses ni amos, me llevó a pergeñar esa enumeración, dedicada a nadie. Como se señala en la breve página, es una letanía nacida del deseo de expurgar, hasta el fondo de la cloaca, la condición humana. Pertenezco, en fin, a las culturas de la culpa.

La Tercera, 12 de junio de 2010

Germán Marín revive viejos fantasmas en nuevo libro de cuentos

por Andrés Gómez

El título del cuento es Talante y comienza así: “A veces se me provocan deseos de conocer la experiencia de matar a alguien, de advertir luego que me arrepentiré, pero que ya será tarde, demasiado tarde, delante del cadáver arrojado al suelo con los brazos extendidos, a la espera de que llegue la policía a detenerme, esposado tras declararme de inmediato culpable mientras señalo el arma, todavía pringosa de sangre, escondida debajo de un mueble de estilo del dormitorio, en orden cada objeto de adorno a pesar del acto de violencia perpetrado”.

Instinto asesino, sangre y remordimientos. Un mueble de estilo y el dormitorio violentado pero en orden: un fragmento del inconfundible mundo de Germán Marín.

Talante es uno de los 20 cuentos que integran Compases al amanecer, su nuevo libro de relatos. En rigor, no es un cuento, sino una especie de  declaración de intenciones: una muestra condensada de su materia narrativa. El narrador, que duda entre matar o masturbarse, declara hacia el final: “Soy un individuo de temperamento que, libre en la llamada sociedad democrática actual, vivo encarcelado en mis propias exageraciones, lindantes algunas con el peligro, pero que soluciono la mayoría de las veces mediante el recurso de la imaginación, saciado cuando alcanzo los límites, si bien hay oportunidades en que quedo por debajo de las ansias, frustrado por no poder alcanzar el cénit ni siquiera mentalmente”.

Publicado por el sello Hueders, el libro es una estupenda edición. Cuidada, sobria y con un diseño vintage. La portada es una fotografía de Sergio Larraín y su título, Compases al amanecer, es el nombre de un viejo programa que conducía Julio Tapia en Radio del Pacífico, según informa el autor, candidato al Premio Nacional. Un espacio nocturno para insomnes o sonámbulos, como los personajes del libro.

Ex cadete en la Escuela Militar, ex militante PC, maoísta, exiliado en México y España, Marín es autor de una obra hecha de violencia, resentimiento y miserias humanas. Un mundo agobiante y desolador, amargo, que hurga en las zonas más oscuras del pasado político, en las cicatrices del horror y en las perversiones reprimidas de la alcoba. Un universo de padres hipócritas, mujeres inestables,  prostitutas, asesinos, pornógrafos y terroristas.

La obra de Marín es engañosamente autobiográfica. Suele cruzar rasgos de su vida con delirantes invenciones. Y, a su vez, acostumbra retomar personajes o historias para darles un nuevo golpe eléctrico. Como zombies que se escapan en la noche.

Así ocurre en este volumen, dedicado al poeta Braulio Arenas, ex izquierdista reconvertido al pinochetismo, Premio Nacional 1986. El libro abre con Espíritu de cuerpo, el encuentro del protagonista de su novela Las cien águilas (un tal Germán) con sus ex compañeros de armas, muchos de ellos con un pasado abyecto y sangriento. En la misma línea está La bambi, un cuento donde el Diablo se viste de agente de espectáculos: quiere contratar a la protagonista de La princesa de Babilonia. Y Carecueca, la historia de uno de los mejores personajes de su última novela, La segunda mano (a su vez, extensión de su cuento Mi primo Miguel): Cárcamo, un ex boxeador, pobre y fracasado, que se relaciona con Patria y Libertad y, luego, con la Dina.

Exiliados que rumian su derrota, viudos resentidos, chicas vulgares convertidas en delincuentes y extranjeros que vinieron a hacer la revolución y se quedaron como náufragos tras el 11 de septiembre del 73. Como en toda su obra, Marín enfrenta sus viejos fantasmas: el golpe y sus secuelas, la brutalidad, la orfandad y la decadencia moral. Al fondo parece resonar la pregunta de uno de sus personajes: “¿Qué chingada le ocurrió a este pueblo?”.