Contra la belleza, de Rafael Gumucio

El Mercurio, martes 8 de junio de 2010

Rafael Gumucio contra el imperio de los lindos

por Constanza Rojas

Si eres bello, realmente bello, la continuidad de tu vida está en peligro. El poder que tienes es tal, que debes morir antes de convertirte en un dictador invencible. Por eso Fidel Castro terminó en contra del Che Guevara, explica Rafael Gumucio al proponer esta idea. Una de las tantas que recoge en el breve ensayo “Contra la belleza”, editado en México por Tumbona e importado a Chile por Hueders.

“La idea es mostrar cómo en mi generación la belleza ha sido una herramienta política esencial, la madre de muchas otras manipulaciones y desigualdades”, dice el escritor chileno, autor de “La deuda”. “El rostro de los héroes que al principio ilustraba la portada de los manifiestos se convirtió en el manifiesto mismo… Como la cocaína o la heroína, la belleza anula nuestra voluntad, apaga nuestra independencia, nos ata a los caprichos de cualquier traficante que nos entrega por una hora o dos a la modelo translúcida”.

Y para aproximarse al tema, parte de su propia experiencia. Cuenta que de pequeño fue un niño bonito. La gente lo mirada, lo acariciaba, y la profesora le perdonaba sus malas notas en el colegio. Luego, sus dientes se quebraron con el handball y su mandíbula lo dejó sin mentón ni cuello. Entonces cambió de bando: “No pude ser bello, pero pude ser yo”, dice. “Desde la esfera de los lindos se ve todo muy falso, porque las cosas les son más fáciles, y lo que digan es justificado. Desde el lado de los feos es más real, pero vas teniendo ciertos resentimientos porque eres menos creíble”.

Tanta cirugía, tanta liposucción, y la verdadera belleza todavía no está al alcance de todos. “Sólo es fructífera cuando simboliza cosas, cuando es auténtica. Ni Jim Morrison, ni el Che Guevara ni Rimbaud pensaron en ser bellos, y sin embargo lo fueron. Sólo funciona cuando es un accidente. Cuando es muy buscada, es mucho menos seductora”. Gumucio sigue también los casos de Laura, en la serie “La pequeña casa en la pradera”, de James Dean y el fallido mito de Natalie Wood, su par en “Rebelde sin causa”.

Pero este imperio no siempre fue así. Pericles era deforme, Sócrates sucio y Napoleón pequeño, recuerda Gumucio. Para él, Churchill fue el último líder mundial con derecho a la gordura, y Stalin el último revolucionario con “cuerpo y cara de funcionario”. Si llegamos a este reinado de la belleza, explica, es porque los otros órdenes morales más racionales como la ética, la justicia, están muertos. Así, sólo continúa lo más tribal, e inevitable. El orden más primitivo. “Lo terrible de la belleza es que es completamente antidemocrática. La promoción de ésta es una especie de lucha contra la democracia. Porque la democracia es fea”.

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