Robertson Davies

La Tercera, 17 de junio de 2010

Robertson Davies y la magia de la palabra

por M. Josefina Poblete

Desde el circo hasta los milagros y el ilusionismo: si se trata de seducir a los lectores, el canadiense Robertson Davies no escatimó recursos. Ya se encuentran en Chile El quinto en discordia y Mantícora, las dos primeras novelas de la trilogía que lo convirtió en un autor de culto.

Una soprano para el papel de la heroína y un tenor para el de su enamorado. El rival ideal de la soprano sería una contralto. Súmele un bajo para interpretar al villano y estará frente a la materia prima de una ópera, según Robertson Davies. O cerca. “Porque no se puede desarrollar la trama sin otro hombre, que generalmente es un barítono, y que en la profesión se conoce como quinto en discordia. Es quien conoce el secreto del nacimiento del héroe, aparece para ayudar a la heroína cuando se cree perdida, mantiene a la reclusa en su celda o incluso provoca la muerte de alguien. Tal vez no sea un papel espectacular, pero aseguro que es un buen trabajo. ¿Eres el quinto en discordia? Será mejor que lo averigües”.

Robertson Davies (1913-1995) es apreciado por su prosa delicada e irónica, y por su visión tragicómica de la vida. “Soy un moralista poseído por el humor”, le dijo a John Irving, quien lo bautizó como el “Dickens de Canadá”. Harold Bloom lo incluyó en El canon occidental, pero Anthony Burgess fue más certero: “Lo menos que se puede decir de él es que es un escritor maduro y sabio”.

Davies concibió su obra en trilogías, llegando a escribir 11 novelas y dejando una última saga inconclusa. Editados por Libros del Asteroide, ya están en Chile El quinto en discordia (1970) y Mantícora (1972), los dos primeros tomos de la Trilogía Deptford.

Erudición y misticismo

Para conocer a Davies, sus seguidores recomiendan comenzar con la novela que lo lanzó a la fama: El quinto en discordia. Declarándose ofendido por un artículo que lo retrata públicamente como “un típico y viejo maestro que afronta la jubilación con lágrimas en los ojos y una gota colgándole de la nariz”, el septuagenario profesor Dunstan Ramsay se lanza a escribir sus memorias para reparar el agravio. El resultado: una historia con sitio suficiente para la magia, el circo, la guerra, la religión, un ilusionista de fama mundial e incluso una mujer barbuda.

El misticismo, transversal en la obra de Davies, es clave en El quinto en discordia. Obsesionado por los milagros (a pesar de una educación presbite-riana), el profesor Ramsay consagra gran parte de su vida a recolectar historias de santos, lo que le trae fama de “raro”. Fiel a su estilo, Ramsay re- flexiona: “Millones de personas se han tragado las palabras de Hitler, Mussolini, Stalin y Mao, hasta se han tragado, sin aderezar, lo que decían algunos líderes democráticos que debían ser acallados. Tragarse lo que diga un Papa me parece una nimiedad en comparación”.

La fe también es protagonista en lo cotidiano. Declarando que la vida en sí misma es un milagro demasiado grande, un viejo sacerdote jesuita le manifiesta a Ramsay su deseo de encontrar en Jesús a un hombre que le enseñe a envejecer. “A veces soy muy consciente de estar siguiendo el camino trazado por alguien que murió cuando tenía sólo la mitad de la edad que tengo yo ahora. Veo y siento cosas que Él ni vio ni sintió. ¿Cometo un falta por desear un Cristo que me enseñe a ser anciano?”.

Aunque es común leer su obra en clave autobiográfica, Davies afirmaba que la ficción no es fotografía, sino “pintura al óleo”. Escritor, crítico, periodista y académico, el novelista compartía más de un atributo con Ramsay: ambos nacieron en pueblos pequeños, sus padres eran dueños de imprentas, se dedicaron a la docencia y cultivaron el gusto por los santos, la magia y el teatro. Célebre por su dominio de materias diversas, nadie se atrevió a cuestionar la definición de “quinto en discordia” con la que abre la novela. Años después, tuvo que admitirle a su editor que era un invento.

Mantícora, a su vez, es un viaje al fondo de la mente humana: el auto del magnate canadiense Boy Staunton es encontrado en el fondo del puerto de Toronto. Y su cuerpo está adentro. Totalmente alterado, su hijo David viaja a Zurich para psicoanalizarse y la novela es, en gran medida, la extraordinaria galería de personajes y recuerdos que irán aflorando en la terapia.

El oficio de encantar

“Una historia no es suficiente. El escritor debe tener algo quizás comparable al don de una araña de hilar con seda; no sólo debe tener algo que decir, una historia que contar o sabiduría que impartir, sino que debe poseer un modo especial que atrape y mantenga a su presa, y con ella me refiero a su lector”. Las palabras son del propio autor, y con ellas define a su oficio este admirador de Jung y de autores tan dispares como Thomas Mann, Shakespeare, Víctor Hugo, Evelyn Waugh y Daniel Defoe.

Al igual que Nabokov, Davies afirmó que un escritor debía poseer la “cualidad del encantador”. Para él, los escritores descendían de los contadores medievales, aquellos hombres capaces de mantener a su público en vilo hasta el término de cada historia.

Pero muchos afirman que para encantar sólo le bastaba su presencia. Su larga barba blanca, su ropa pasada de moda y su fuerte voz le conferían un aire imponente. El propio Irving cuenta que, estando en la iglesia, uno de sus hijos levantó la mirada al escuchar a Davies leyendo la Biblia. Parecía como si hubiese visto a un fantasma. El adolescente pronto reveló que creyó estar sentado, nada menos, que frente a Dios.

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