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Archivos Mensuales: julio 2010

Qué Pasa, 23 de julio de 2010

Los monstruos

por Alvaro Bisama

Sí, debería decir que “Compases al amanecer” es Germán Marín en estado puro, lo que no sé si es bueno o malo, pero sí inconsolable y terrible. Debería decir que los cuentos de Marín son esquirlas enquistadas en la piel de la memoria chilena. No debería olvidar colocar que aparecen personajes suyos ya ensayados en otros libros. También, que se pasean Pompier y Enrique Lihn. Y las voces perdidas en la madrugada de la república. Y la vida de una clase media atrapada en el limbo del deseo y la violencia. Y que Marín tiene acá su revancha contra “Los Nenes” de Patricio Fernández,  donde aparecía una versión suya como protagonista. Debería decir que hay fetiches, asesinatos, confesiones. No podría omitir que en un cuento el narrador es el diablo y que el diablo de Marín es peligroso pero también mediocre y se escurre entre boîtes y restoranes pobres, se escabulle en la provincia como quien se hunde en el fango.  Y que la prosa de Marín respira de modo lento y pegajoso  y atrapa al lector en su hedor y su maravilla. Debería decir que el texto final, “Me acuso”, es una confesión que parece la confesión de un crimen, pero también un testamento. Debería decir que en realidad “Compases al amanecer” es un libro protagonizado por monstruos y que esos monstruos son inquietantes y terribles y cercanos y siguen dando vueltas en la cabeza una vez que el libro se ha terminado, y uno se da cuenta de que no pertenecen, en su deforme chilenidad y su cercanía temible, sólo a Germán Marín sino que también al lector o, mejor dicho, a todos nosotros.

La Tercera, 24 de julio de 2010

El antropólogo anarquista

por Manuel Vicuña

Como Albert Camus, el antropólogo Pierre Clastres integra el panteón trágico de los intelectuales franceses muertos, inoportunamente, en accidentes de tránsito. Antes de morir en 1977, a los 43 años, Clastres dejó un puñado de ensayos incisivos, de miniaturas verbales cargadas de reflexiones iconoclastas y, a la vez, aliviadas del peso de la mórbida erudición académica. Su obra ha vuelto a ser leída con interés, las reediciones están a la orden del día y no faltan motivos para resucitar unos textos cuya prosa poco aparatosa funde las reflexiones filosóficas, la riqueza del dato etnográfico obtenido en las selvas tropicales de América, la crítica a las trampas ideológicas de la etnología y la reivindicación de la sabiduría política de las sociedades tribales como antídoto al Leviatán del Estado.
La sociedad contra el Estado, conjunto de ensayos publicado originalmente en 1974, sigue representando una vía de acceso privilegiada al núcleo de sus reflexiones sobre el fenómeno del poder y la dimensión política de las sociedades “salvajes”. Clastres hunde sus planteamientos en su propio trabajo de campo, que lo llevó a residir entre distintos grupos indígenas de Venezuela, Brasil y Paraguay. De esas experiencias derivó una crítica certera al etnocentrismo de la tradición antropológica, que ha reproducido, bajo cuerda, el histórico desprecio de la altiva civilización occidental hacia los mundos “arcaicos”.
Sin alardes conceptuales, Clastres desmonta los prejuicios de sus pares. Toma distancia de los mitos y del sentido común de su disciplina. Y pone en evidencia cómo, en vez de estudiar la diferencia cultural en sus propios términos, sin proyectar los propios valores, buena parte de sus colegas permanecen cautivos de los hábitos mentales de Occidente. Bajo el manto del conocimiento objetivo, enseña Clastres, todavía se trafican juicios de valor que enturbian la debida comprensión de la singularidad de otras culturas, de otras sociedades.
Clastres fue un anarquista, un intelectual enchufado a las fuentes de energía ligadas a Mayo del 68, y toda su antropología política ostenta el sello de esa doctrina y de esa experiencia sísmica. ¿Cuál era, para Clastres, la línea divisoria fundamental en el ámbito de la política? La frontera que separa a las sociedades sin Estado de las sociedades con Estado, una frontera sinuosa, meditativa, cuyo trazado siguió a lo largo de una heterogénea geografía cultural, que hizo extenderse desde las diferencias de los roles sexuales y la relación del cazador con su presa, hasta la fuerza sagrada del lenguaje y la figura paradójica del líder político sin autoridad jerárquica ni facultad coercitiva. Tribus sedentarias y otras nómades pueblan las páginas de este ensayo en fuga hacia el espacio intelectual de la buena literatura de ideas.

El Mercurio, 4 de julio de 2010

Al compás de Marín

por Pedro Gandolfo

En Compases al amanecer , Germán Marín (Santiago, 1934) reúne 20 relatos de los que emanan, con distintos registros, una atmósfera y tono comunes, una sugerente unidad de estilo construida quizás a partir de un punto de vista más escéptico que cínico, más obsesivamente rememorador que nostálgico, más cansino que fatigoso, observador distante pero no descomprometido.

Así, un hombre recién retornado del exilio asiste incómodo a un almuerzo de camaradería con sus viejos compañeros cadetes de la Escuela Militar; una voz divaga sobre las posibilidades y límites que proporciona su imaginación para escapar al hastío; un marido aburrido narra la sorpresa que una tarde cualquiera le depara la ausencia de su esposa en viaje; en otras páginas, entre amargo y airado, un narrador da cuenta del odio y amor perseverantes que persiguen a un viudo engañado; luego, en un anverso del primer relato, Marín indaga la ambigua y punzante presencia del pasado en un ex boxeador y miembro (activo) de una agencia de seguridad; una voz especula acerca de la actitud a seguir si un detalle revela la secreta y descompuesta personalidad de una persona conocida. En otro relato, seguimos el entusiasmo y la caída de un cansado retornado a raíz de un fugaz idilio, y en otro asistimos al devenir desencantado de un mexicano que vino a Chile por la revolución y concluyó como un aburguesado padre de familia, o en otro, el encuentro sexual de un personaje algo desvitalizado con una antigua conocida, mirado a través del espejo retrovisor de los recuerdos infantiles del cine de matiné, adquiere un sentido casi heroico.

Los relatos de Marín no se adaptan al formato tradicional del género cuento en sus distintas variantes. La historia apenas se visualiza en muchos de ellos y puede considerarse un pretexto para poner en escena otros elementos resbaladizos que operan al margen de la trama; a veces más bien se trata de reflexiones, de mensajes o amenazas (ficticias, por cierto), de especulaciones, de estampas (“La Bambi”) e, incluso, de poemas (“Me acuso”). El mecanismo elegido por el autor, por lo mismo, no es capturar al lector en una red de suspenso que, de pronto, un resorte disuelve o concluye de un modo inesperado.

En Compases al amanecer , Germán Marín vuelve sobre algunos de sus temas recurrentes, desde luego, las distintas maneras en que el pasado y la memoria conviven con el presente, se engarzan en él de un modo laberíntico, “creando un círculo de obstáculos” que desvían el pensamiento. En el libro entero también, y ligado a lo anterior, parece subyacer la convicción de que la escritura es un “lento y memorioso viaje hacia la senectud”, y en consecuencia, la frase de Marín adquiere un ritmo muy característico y en sintonía con esos pensamientos: período largo, con un ritmo marcado, regular, casi marcial, en el cual el centro gramatical de la oración no es siempre lo principal, sino los recovecos y circunloquios en que se expande y demora. La frase inicial del primer cuento (“Espíritu de cuerpo”) es ejemplar: “Luego de la invitación a pasar al comedor, iluminado a la manera de una fiesta de gala, después del breve cóctel en una sala de recibo, celebrado entre unos cálidos abrazos de bienvenida, escuché al sentarme, a pesar del desorden de los demás concurrentes al ubicarse en la larga mesa, adornada por unos claveles rojos y blancos, el crujido del almidón entre mis manos, secreto entre los pliegues del doblez de la servilleta”. Es ese detalle (el crujido de almidonado de la servilleta), el que aísla al narrador del mundo restante, es “la rasgadura” por la cual se introduce la insalvable herida del tiempo.

“No hay mejor espejo que la tinta (I)” y “No hay mejor espejo que la tinta (II)” son dos notables e inteligentes ejercicios, uno el espejo del otro, en que Marín reflexiona sobre el oficio de narrar, con una mirada desencantada y escéptica, y también, al modo del Henry James en La lección del maestro , acerca de la espesa, tensa y tantas veces ruda relación entre el maestro, el discípulo y la amistad, tema que recorre subterráneamente varios de los textos incluidos en Compases al amanecer .

Este texto invita, además, a subrayar la importancia que otorga aquí Marín a la dimensión rítmica. Hay una respiración común que une a estos relatos, una cierta métrica podría decirse, que le concede un particular acierto al título del libro. Ese elemento rítmico es tan marcado en el texto final (“Me acuso”), un texto sin historia, narratividad, espacio, personajes ni temporalidad, que bien podría considerarse como un muy buen poema. No es casual tampoco que uno de los textos sea un homenaje a Gerardo de Pompier, el heterónimo de Enrique Lihn.

En fin, Compases al amanecer introduce nuevos matices a la buena literatura de Germán Marín.

La Tercera, sábado 3 de julio de 2010

Historias para noctámbulos

por Juan Manuel Vial

Compases al amanecer, el libro de relatos de Germán Marín, da cuenta de lo mejor de su propuesta literaria: aquí resucitan personajes de obras anteriores, aquí se ajustan cuentas con seres de carne y hueso, y aquí se desarrolla de manera memorable la peculiar imaginación del que narra.

La literatura de Germán Marín viene a ser un todo firme, compacto, macizamente estructurado, una especie de monolito cabal que, por muy lejos que uno pueda estar del estilo, de las temáticas, de las humoradas negras, nunca deja de ser reconocible. Me cuesta pensar en otro escritor chileno actual cuya obra dé tanta certeza de juicio. Y esto, créanme ustedes, no tiene nada que ver con que yo sea amigo del autor.

Prueba fehaciente de lo dicho al principio es Compases al amanecer, un libro de cuentos en el que Marín ha resucitado a ciertos personajes que figuran en sus escritos previos, ha saldado cuentas con seres de carne y hueso, ha torcido un poco más algunos aspectos de su biografía personal y ha puesto nuevos límites a su amplia dispersión imaginativa.

Antecedidos de un homenaje al escritor Braulio Arenas y de un prólogo que explica el origen del título (Compases al amanecer era un programa de radio para noctámbulos que se emitió desde 1938 hasta fines de los 70), los relatos de este volumen están conectados por cierta férrea convicción literaria del autor: el cuento no es un artilugio destinado a sorprender al lector con un desenlace llamativo o efectista; el cuento, parece decirnos Marín, es un género abierto, enemigo de las anticuadas convenciones y, por lo mismo, es capaz de provocar estremecimientos en cualquier momento de su desarrollo.

En un texto, el narrador admite que si bien a veces es provechoso escudriñar en los pensamientos propios, “no menos fascinante resulta cuando es posible hurgar en otros los secretos que esconden”. Y, claro, todos los personajes del libro esconden secretos, desde el Carecueca (ex boxeador, ex agente de la CNI), pasando por la Bambi (“figura de la noche mal aprovechada”), hasta aquel desconocido (que puede ser el propio Marín) que se acusa de haber cometido casi todos los pecados imaginables en el magistral monólogo que cierra el libro: “he bebido leche de mujer”; “he vertido sangre negra”; “he simulado estar enfermo”; “he cazado mariposas en los jardines”.

Como es habitual, el autor entra y sale de sus propias creaciones con bastante libertad: en ocasiones hay cierto personaje de apellido Marín y otras veces la mención de algunos aspectos de su biografía permiten deducir que se trata de él. Pero al mismo tiempo surgen seres que provienen de posiciones impredecibles: rufianes de barrio bajo, asesinos latentes, maridos engañados, vejetes libidinosos, candidatos a seminaristas desviados del buen camino.

Además de los relatos de mediana extensión, Compases al amanecer está compuesto de algunos textos mínimos pero inquietantes. Desperdigadas por aquí y por allá, hay ciertas alusiones literarias que también hablan del autor (Enrique Lihn, Mallarmé, Michelet, Guillermo Enrique Hudson). Y bajo una persistente mirada oscura que a ratos se ve vivificada con saludables dosis de cinismo, este libro presenta una rareza especial: no es concordante con su extensión. Me explico: si bien es corto, no es ligero, y ello se debe a que una de las más notables peculiaridades de la prosa de Marín es que por densidad y contundencia, nunca podrá llegar a ser un mecanismo breve o efímero.