Compases al amanecer, de Germán Marín: Crítica II

La Tercera, sábado 3 de julio de 2010

Historias para noctámbulos

por Juan Manuel Vial

Compases al amanecer, el libro de relatos de Germán Marín, da cuenta de lo mejor de su propuesta literaria: aquí resucitan personajes de obras anteriores, aquí se ajustan cuentas con seres de carne y hueso, y aquí se desarrolla de manera memorable la peculiar imaginación del que narra.

La literatura de Germán Marín viene a ser un todo firme, compacto, macizamente estructurado, una especie de monolito cabal que, por muy lejos que uno pueda estar del estilo, de las temáticas, de las humoradas negras, nunca deja de ser reconocible. Me cuesta pensar en otro escritor chileno actual cuya obra dé tanta certeza de juicio. Y esto, créanme ustedes, no tiene nada que ver con que yo sea amigo del autor.

Prueba fehaciente de lo dicho al principio es Compases al amanecer, un libro de cuentos en el que Marín ha resucitado a ciertos personajes que figuran en sus escritos previos, ha saldado cuentas con seres de carne y hueso, ha torcido un poco más algunos aspectos de su biografía personal y ha puesto nuevos límites a su amplia dispersión imaginativa.

Antecedidos de un homenaje al escritor Braulio Arenas y de un prólogo que explica el origen del título (Compases al amanecer era un programa de radio para noctámbulos que se emitió desde 1938 hasta fines de los 70), los relatos de este volumen están conectados por cierta férrea convicción literaria del autor: el cuento no es un artilugio destinado a sorprender al lector con un desenlace llamativo o efectista; el cuento, parece decirnos Marín, es un género abierto, enemigo de las anticuadas convenciones y, por lo mismo, es capaz de provocar estremecimientos en cualquier momento de su desarrollo.

En un texto, el narrador admite que si bien a veces es provechoso escudriñar en los pensamientos propios, “no menos fascinante resulta cuando es posible hurgar en otros los secretos que esconden”. Y, claro, todos los personajes del libro esconden secretos, desde el Carecueca (ex boxeador, ex agente de la CNI), pasando por la Bambi (“figura de la noche mal aprovechada”), hasta aquel desconocido (que puede ser el propio Marín) que se acusa de haber cometido casi todos los pecados imaginables en el magistral monólogo que cierra el libro: “he bebido leche de mujer”; “he vertido sangre negra”; “he simulado estar enfermo”; “he cazado mariposas en los jardines”.

Como es habitual, el autor entra y sale de sus propias creaciones con bastante libertad: en ocasiones hay cierto personaje de apellido Marín y otras veces la mención de algunos aspectos de su biografía permiten deducir que se trata de él. Pero al mismo tiempo surgen seres que provienen de posiciones impredecibles: rufianes de barrio bajo, asesinos latentes, maridos engañados, vejetes libidinosos, candidatos a seminaristas desviados del buen camino.

Además de los relatos de mediana extensión, Compases al amanecer está compuesto de algunos textos mínimos pero inquietantes. Desperdigadas por aquí y por allá, hay ciertas alusiones literarias que también hablan del autor (Enrique Lihn, Mallarmé, Michelet, Guillermo Enrique Hudson). Y bajo una persistente mirada oscura que a ratos se ve vivificada con saludables dosis de cinismo, este libro presenta una rareza especial: no es concordante con su extensión. Me explico: si bien es corto, no es ligero, y ello se debe a que una de las más notables peculiaridades de la prosa de Marín es que por densidad y contundencia, nunca podrá llegar a ser un mecanismo breve o efímero.

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