Compases al amanecer, Germán Marín: Crítica III

El Mercurio, 4 de julio de 2010

Al compás de Marín

por Pedro Gandolfo

En Compases al amanecer , Germán Marín (Santiago, 1934) reúne 20 relatos de los que emanan, con distintos registros, una atmósfera y tono comunes, una sugerente unidad de estilo construida quizás a partir de un punto de vista más escéptico que cínico, más obsesivamente rememorador que nostálgico, más cansino que fatigoso, observador distante pero no descomprometido.

Así, un hombre recién retornado del exilio asiste incómodo a un almuerzo de camaradería con sus viejos compañeros cadetes de la Escuela Militar; una voz divaga sobre las posibilidades y límites que proporciona su imaginación para escapar al hastío; un marido aburrido narra la sorpresa que una tarde cualquiera le depara la ausencia de su esposa en viaje; en otras páginas, entre amargo y airado, un narrador da cuenta del odio y amor perseverantes que persiguen a un viudo engañado; luego, en un anverso del primer relato, Marín indaga la ambigua y punzante presencia del pasado en un ex boxeador y miembro (activo) de una agencia de seguridad; una voz especula acerca de la actitud a seguir si un detalle revela la secreta y descompuesta personalidad de una persona conocida. En otro relato, seguimos el entusiasmo y la caída de un cansado retornado a raíz de un fugaz idilio, y en otro asistimos al devenir desencantado de un mexicano que vino a Chile por la revolución y concluyó como un aburguesado padre de familia, o en otro, el encuentro sexual de un personaje algo desvitalizado con una antigua conocida, mirado a través del espejo retrovisor de los recuerdos infantiles del cine de matiné, adquiere un sentido casi heroico.

Los relatos de Marín no se adaptan al formato tradicional del género cuento en sus distintas variantes. La historia apenas se visualiza en muchos de ellos y puede considerarse un pretexto para poner en escena otros elementos resbaladizos que operan al margen de la trama; a veces más bien se trata de reflexiones, de mensajes o amenazas (ficticias, por cierto), de especulaciones, de estampas (“La Bambi”) e, incluso, de poemas (“Me acuso”). El mecanismo elegido por el autor, por lo mismo, no es capturar al lector en una red de suspenso que, de pronto, un resorte disuelve o concluye de un modo inesperado.

En Compases al amanecer , Germán Marín vuelve sobre algunos de sus temas recurrentes, desde luego, las distintas maneras en que el pasado y la memoria conviven con el presente, se engarzan en él de un modo laberíntico, “creando un círculo de obstáculos” que desvían el pensamiento. En el libro entero también, y ligado a lo anterior, parece subyacer la convicción de que la escritura es un “lento y memorioso viaje hacia la senectud”, y en consecuencia, la frase de Marín adquiere un ritmo muy característico y en sintonía con esos pensamientos: período largo, con un ritmo marcado, regular, casi marcial, en el cual el centro gramatical de la oración no es siempre lo principal, sino los recovecos y circunloquios en que se expande y demora. La frase inicial del primer cuento (“Espíritu de cuerpo”) es ejemplar: “Luego de la invitación a pasar al comedor, iluminado a la manera de una fiesta de gala, después del breve cóctel en una sala de recibo, celebrado entre unos cálidos abrazos de bienvenida, escuché al sentarme, a pesar del desorden de los demás concurrentes al ubicarse en la larga mesa, adornada por unos claveles rojos y blancos, el crujido del almidón entre mis manos, secreto entre los pliegues del doblez de la servilleta”. Es ese detalle (el crujido de almidonado de la servilleta), el que aísla al narrador del mundo restante, es “la rasgadura” por la cual se introduce la insalvable herida del tiempo.

“No hay mejor espejo que la tinta (I)” y “No hay mejor espejo que la tinta (II)” son dos notables e inteligentes ejercicios, uno el espejo del otro, en que Marín reflexiona sobre el oficio de narrar, con una mirada desencantada y escéptica, y también, al modo del Henry James en La lección del maestro , acerca de la espesa, tensa y tantas veces ruda relación entre el maestro, el discípulo y la amistad, tema que recorre subterráneamente varios de los textos incluidos en Compases al amanecer .

Este texto invita, además, a subrayar la importancia que otorga aquí Marín a la dimensión rítmica. Hay una respiración común que une a estos relatos, una cierta métrica podría decirse, que le concede un particular acierto al título del libro. Ese elemento rítmico es tan marcado en el texto final (“Me acuso”), un texto sin historia, narratividad, espacio, personajes ni temporalidad, que bien podría considerarse como un muy buen poema. No es casual tampoco que uno de los textos sea un homenaje a Gerardo de Pompier, el heterónimo de Enrique Lihn.

En fin, Compases al amanecer introduce nuevos matices a la buena literatura de Germán Marín.

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