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Archivos Mensuales: agosto 2010

El Mercurio, domingo 8 de agosto de 2010

Marín

por Roberto Merino

Se hace difícil afirmar seriamente que un escritor es el más importante de su generación, de su lengua, de su país o de los últimos treinta años. Este tipo de apreciación no tiene que ver con la ondulante deriva de la lectura sino más bien con la retórica de las contratapas. Además presupone que aparte de lector uno debería ser el juez de una especie de competencia.

Cuando un libro me resulta deslumbrante y me deja la inquietud de haber descubierto a través suyo algo de lo cual antes no tenía sino una intuición borrosa, no se me ocurre pensar que su autor le ha ganado el terreno a los demás. Prefiero dejar que el placer o la emoción de la lectura siga haciendo efecto en mí. Durante un tiempo puede ser que se me repitan en la mente algunas de las frases leídas -o su pura cadencia- y al salir a la calle es probable que la realidad se me aparezca vagamente teñida por las atmósferas literarias que acabo de dejar atrás.

Yo estaría tentado de hablar de Germán Marín en esos términos: decir que es el narrador chileno más sólido, contundente, imprescindible de la actualidad. Pero claro, esas palabras sólo meten ruido y no dan cuenta justa de mi entusiasmo o admiración. No es su importancia en el mapa de las letras lo que me atrae de Marín, sino el mundo que ha ido construyendo en sus libros, al cual cada vez agrega nuevas zonas, otras perspectivas.

Marín publicó hace poco tiempo Compases al amanecer , un conjunto de breves relatos. Esta novedad nos señala en primer lugar que el narrador de sus obras anteriores -cuya jubilación o retiro ha sido anunciado por el autor- aún no se extingue y necesita proseguir el avance de su lenta y caudalosa corriente.

El espacio narrativo de Germán Marín es el más cercano que uno puede concebir al de la realidad misma: es decir, un plano hecho con las transparencias de la memoria, del presente, del olvido, del sueño, del lenguaje, de la autobiografía, de la ficción. No es arbitraria en este caso la elección del título, por cuanto “Compases al amanecer”, el fantasmal programa radial nocturno de Julio Tapia, tenía la propiedad -como se señala en la nota inicial del libro- de proyectar la mente de sus auditores de las horas quietas hacia otros desconocidos reductos de la ciudad, cuchitriles, cabinas de nocheros, piezas de insomnes, radiotaxis, fuentes de soda de barrios lejanos. Un programa con música del recuerdo, hoy ya olvidado.

De este libro reciente se pueden sacar más conclusiones: que si bien Marín no tiene otra cosa en mente que narrar, evocar, analizar incluso los hechos, descubriendo de paso algo así como el espesor de la experiencia, su lenguaje tiende siempre un poco a la poesía. No me refiero a que utilice ademanes de poeta, ¡jamás!, sino a que la relación de sus palabras y lo que muestran -lo que se logra uno representar mediante ellas- consigue muchas veces la súbita y fugaz iluminación de lo que creemos entender por epifanía.

El Mercurio, domingo 8 de agosto de 2010

Knut Hamsun: el escritor genial y el político idiota

por Pedro Pablo Guerrero

La llegada a Chile de un documentado estudio sobre el autor noruego, que recibió el Nobel en 1920, revive el interés por su obra y la polémica por su abierto respaldo al nazismo durante la Segunda Guerra.

Pedro Pablo Guerrero

A Knut Hamsun le hubiera halagado que su 150° natalicio fuera celebrado en 2010, en vez del año pasado. Si bien nació el 4 agosto de 1859, a Knut Pedersen -abandonó el apellido paterno en 1885- le gustaba quitarse un año; no tanto por vanidad, que la tenía, y mucha, como por neutralizar el recuerdo de su tardía consagración literaria: recién a los 31 años. Había además una razón de fondo. Cuando le preguntaron, a los 68 años, ¿qué era lo peor para usted?, Hamsun respondió: “Tener que morir. Lo haría con mucho gusto si no fuera obligatorio”.

Esta clase de salidas eran habituales en un escritor que gustaba mostrarse en perpetua rebeldía, solo contra el mundo y lo absurdo de la vida. El inconformismo fue su estrategia para alcanzar el reconocimiento literario: despotricar contra todo, ir al choque, denunciar el anquilosamiento de las viejas glorias literarias de su país, empezando por Ibsen, al que atacaba cada vez que podía, furioso por el, a su juicio, inmerecido reconocimiento que había alcanzado en todas partes. La psicología de sus personajes, reclamaba Hamsun, era burda, falsa y superficial. Y tuvo la desfachatez de decírselo en su cara al dramaturgo, luego de enviarle de regalo una entrada en primera fila para una de sus conferencias.

Matar al padre se convirtió en el caso de Hamsun, así como en varios compañeros de generación, en una fe colectiva, influida por las aspiraciones nacionalistas de la juventud escandinava, marcada por la lectura de Nietzsche -introducido por Georg Brandes- y su premisa de que la patria debía ser la tierra de los hijos y no de los padres. Convicción que Knut ya se había formado en su infancia. Siendo el cuarto hijo de una familia de campesinos pobres, fue enviado a vivir con un tío minusválido que lo castigaba con frecuencia y lo sometía a trabajos extenuantes. Apenas 252 días fue toda la escolaridad del futuro Nobel de Literatura, informa en Knut Hamsun. Soñador y conquistador su biógrafo Ingar Sletten Kolloen, descubridor del archivo privado de cinco mil documentos que el autor decía haber destruido.

Autodidacta forzado, Hamsun fue mozo de tienda, maestro de escuela y policía rural. Vendió sin mucho éxito sus primeros relatos -románticas historias campesinas- a pescadores y labriegos. Luego de fallidos intentos de publicar en Oslo y Copenhague, acosado por las deudas, viajó dos veces a Estados Unidos. Trabajó en granjas y comercios del Medio Oeste, fue cobrador de tranvía en Chicago, vagabundeó en trenes por Dakota y casi perdió su virginidad en Minneapolis. En la ciudad de Elroy adoptó un lema que pegó en la pared de su dormitorio: “Mi vida es un continuo fluir a través de todos los países, mi religión, el naturalismo salvaje, pero mi universo es la literatura estética”.

El grito de “Hambre”

Graduado de outside r en el extranjero, Hamsun regresa a la conquista de su patria. Transforma en virtud una falta de la que sería acusado toda su vida: el sentimiento de inferioridad. Pobre, mal vestido, sin modales ni formación universitaria, Hamsun asume su papel de resentido. Y lo hace con una voz que nunca se había escuchado. “¡Aquí estaba yo con una cabeza como no había igual en el país, con dos puños, que Dios me perdone, que podían moler a un recadero hasta convertirlo en harina y polvo, y aquí estaba en medio de la ciudad de Christiania con un hambre endemoniada! ¿Acaso tenía sentido? Me había esforzado al máximo trabajando durante días y noches, como un burro de carga, había leído hasta que los ojos se me salían del cráneo y había pasado hambre hasta perder el sentido: ¿De qué me había servido? ¡Incluso las putas le pedían a Dios que me quitara de su vista!”.

Hambre (1890) parecía el diario de un loco, un condenado de la tierra, un perdido o un podre diablo. Un aullido que se adelantaba en más de cincuenta años a una generación de escritores todavía pendientes del tránsito lento que iba desde el realismo de Flaubert al naturalismo de Zola. “Es el Dickens de mi generación”, reconocería en pleno siglo XX Henry Miller, mientras que Isaac Bashevis Singer iría aún más lejos: “Con su subjetivismo, su impresionismo y la utilización de la retrospectiva, además de su lírica, Hamsun es, sin duda alguna, el padre de la literatura moderna”. Título que Hamsun no hubiera dudado en compartir con el maestro de quien aprendió el uso de la ironía, el tono desenfadado y una cuota de exageración: Mark Twain.

Como campanadas, vinieron luego las novelas Pan (1894) y Victoria (1898), en las que Hamsun explora la naturaleza del amor. En la primera, el mudo corazón del bosque es testigo y cómplice de un cazador cazado por su presa: una muchacha de quince o dieciséis años. “¿Ha visto alguna vez en esta vida que un hombre haya logrado a la mujer a la que quería? Yo no”, le comenta un viejo profesor al protagonista de Victoria . “Nunca consigue uno a la mujer que debería tener; pero si ocurre una sola vez por pura y maldita justicia, ella muere enseguida”, se lamenta.

Cuando Marie Lavik, la actriz veinte años menor que llegó a ser la segunda esposa de Hamsun, le preguntó al escritor si pensaba en algún autor que ella debiera leer, la respuesta fue automática: Arthur Schopenhauer. La voluntad de vivir era la fuerza básica de la existencia y nunca se llegaba a satisfacer por completo. El angurriento Knut sabía de esto. Tuvo amantes de distinta condición social y estado civil, dilapidó en casinos la fortuna de su primera esposa, contrajo deudas exorbitantes y debió hacer grandes esfuerzos para dejar la bebida.

De todos estos males, Hamsun culpó a la ciudad. Sus cantos de sirena atraían cada año miles de campesinos, artesanos y pescadores que cambiaban su libertad por un sueldo. Convertidos en proletarios, su alma moría y se apoderaba de ellos la neurosis, como le había sucedido a él. La solución era regresar al campo. Así lo hizo junto a su familia y así también lo propuso en “Trilogía del vagabundo” (1906-1912), donde ataca los vicios que, subrepticiamente, se inflitran en los “sanos” campesinos, deslumbrados por el dinero fácil que aporta el turismo, y por las manufacturas innecesarias que llegan de la ciudad.

Inglaterra y Suiza personifican las cabezas de la Bestia en el apocalipsis personal de Hamsun. Su propuesta de génesis, en cambio, es La bendición de la tierra , novela protagonizada por Isak e Inger (nombres de resonancias bíblicas), adánica pareja de campesinos que responden al llamado de fundar una nueva creación. La extraordinaria belleza del libro convenció a la Academia Sueca de otorgarle a su autor el Nobel en 1920, aunque con el voto en contra de Selma Lagerlöf.

“Nunca nadie ha merecido tanto el premio Nobel”, reaccionó Thomas Mann, quien más de una idea le debe a los sanatorios de montaña que aparecen en La última alegría (1912), de Hamsun. Así como más de algo le debe el autor noruego a Los Buddenbrook (1901), sobre todo en la saga iniciada con Los hijos de su época (1913).

En realidad, toda la cultura alemana de ese tiempo reconoce con Hamsun una deuda de gratitud. Desde el primer instante, Alemania edita y reimprime sus libros una y otra vez, incluso en tiradas mayores que las de Noruega. El mensaje de redención rural cala hondo en un país que, desde el romanticismo, busca sus raíces. Por desgracia, esta añoranza de un pasado ideal no tarda en ser instrumentalizada por el nazismo. Goebbels y otros jerarcas adulan sin disimulo a un escritor que se deja adular. Hamsun ha sido germanófilo desde siempre. Confía en que Alemania liberará a Noruega y al resto de Europa de la hegemonía británica.

Durante el apogeo del Tercer Reich, Hamsun justifica todo: la guerra, los campos de concentración, la persecución y muerte de millones de personas. Sin embargo, le inquieta la ocupación alemana de Noruega, que se va haciendo cada vez más salvaje. Por lealtad con sus ideas, de seguro, prefiere atribuirla exclusivamente a la brutalidad del comisionado del Reich: Josef Terboven.

Gracias a los contactos de alto nivel de su esposa Marie con la jerarquía nazi, Hamsun mueve cielo, mar y tierra hasta conseguir una entrevista con Hitler. Pretende moderar el régimen del terror, alejar a Terboven y asegurar la soberanía de Noruega como nación independiente dentro de una confederación pangermánica liderada por Alemania.

El führer lo recibe en Berghof a finales de enero de 1943. “Me siento muy vinculado a usted, claro está que no por completo. En cierto modo, mi vida y la suya se parecen mucho”, le dice el pintor fracasado al escritor que estuvo a punto de fracasar. En seguida, Hitler rechaza una por una las pretensiones de Hamsun. El resultado de la audiencia es humillante. El anciano Hamsun llora como un niño.

En Knut Hamsun. Soñador y conquistador , Ingar Sletten reconstruye detalladamente la conversación de Hitler con el escritor noruego gracias a las declaraciones de un intérprete alemán que tomó notas durante la entrevista. Con igual fidelidad se reproduce el interrogatorio del magistrado que juzgó a Hamsun después de la guerra por cargos de colaboracionismo y traición a la patria, así como el historial clínico y buena parte del informe psiquiátrico encargado por el fiscal para evaluar la salud mental del acusado.

La ciencia médica, la justicia y el poder político habían encontrado la salida más decorosa para no llevar a la cárcel al octogenario escritor conocido en todo el mundo. “Es una persona con permanente alteración de las facultades mentales”, dijeron dos psiquiatras en un informe que alimentó la controversia durante años. Era todo lo que necesitaba el fiscal general para declararlo inimputable. Gran parte de la culpa recayó en su esposa, Marie, quien purgó tres años de trabajos forzados. Hamsun gastó toda su fortuna en pagar la indemnización exigida por el Estado, aunque pudo conservar la querida finca de Norholm.

Dicotomía entre pensamiento y obra

Por su parte, la intelectualidad nórdica procuró disociar en Hamsun al artista del político. Sigurd Hoel, un autor noruego que había luchado en la resistencia antes de exiliarse en Suecia, alegó que el nazismo de Hamsun, cuando aparece, es apenas un “ligero trazo” en su obra: “cuerpos extraños, como piedras en un campo cultivado”.

Era el camino seguido por críticos como el danés Jorgen Bukdahl, quien antes de la guerra había asegurado: “El espíritu de su obra es todo lo contrario al nazismo, es un espíritu basado en un individualismo revolucionario y anarquista, una contundente protesta ante la coacción psicológica de lo que se conoce como comunismo o nazismo”.

Sletten se limita a mostrar tales juicios sin comentarlos, aunque observa que la publicación en 1949 del último libro de Hamsun, Por las sendas donde la hierba crece , un mes y medio después de su nonagésimo cumpleaños, fue bien recibida por la mayor parte de la crítica. “En ese momento se clavó a golpe de martillo en la opinión pública noruega la dicotomía entre el escritor genial y el político idiota”, apunta el biógrafo.

Discreto, Sletten nunca expresa opiniones personales. Sin embargo, en su epílogo manifiesta: “Si hay algo que he aprendido con este trabajo es que todos albergamos en nuestro interior contradicciones más peligrosas de lo que imaginamos”.

Sus numerosos lectores en Chile

Knut Hamsun no es un desconocido entre los escritores de nuestro país. Lo menciona José Santos González Vera
entre las lecturas de sus contemporáneos: estudiantes y bohemios de los años 20. También reconocía su influencia,
por razones evidentes, Miguel Serrano, y fue un autor que marcó en su juventud a Carlos Droguett.

Jorge Edwards tiene la impresión de que Francisco Coloane, cuando introduce en sus relatos elementos fantás?
ticos, mitológicos, intenta acercarse a la atmósfera de escritores como Knut Hamsun o Selma Lagerlöff, “autores
que probablemente leía con frecuencia”.

Enrique Lafourcade se pregunta: “¿En qué momento apareció Knut Hamsun con su colección de inalcanzables
novias? Para que se me entienda bien mi estado, yo tenía 16 años y compraba libros usados en antiguas librerías por la Estación Central y así conseguía informes sobre esas rubias nórdicas y blancas como Victoria y otras más que aparecían en Soñadores, Misterios, Hambre.

Todo era un va-y-ven de terrores y temblores de la carne ante la belleza y canciones misteriosas que estaban ocultas en los bosques noruegos y esas rubias cristianas y a la vez  protestantes que corrían canta que canta en medio de los luminosos crepúsculos”.

Hamsun vuelve a circular en la década del 70. Quimantú publica tiradas masivas de Hambre (1972) y Victoria
(1973). ¿Quién propuso rescatar al polémico escritor noruego? No lo recuerdan escritores ni críticos que integraron el comité editorial del sello, pero probablemente fue idea de Alfonso Calderón o del político socialista Alejandro Chelén, gerente de Quimantú.

Otras fuentes mencionan al director editorial Joaquín Gutiérrez, escritor costarricense que militaba en el PC. Aunque hay quienes creen que su ortodoxia no le habría permitido avalar la difusión de un autor tan anticomunista como Hamsun. Sin embargo, la gran simpatía de Gorki -también publicado en Quimantú- por la obra del noruego no descarta tal apoyo. Después de todo, Ingar Sletten en su biografía de Hamsun revela que un conmovido Molotov, ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética, le había pedido en 1944 al ministro de Justicia noruego en el exilio que se le perdonara la vida a Knut Hamsun en caso de ser llevado a juicio después de la guerra.

No se le debía tratar como un simple nazi. Además, un hombre tan mayor debía morir de muerte natural. Un escritor que había creado tanto arte debería poder vivir en paz el tiempo que le quedara, consideraba Molotov.

En Qué Pasa, 30 de julio de 2010

Cohen en pedazos

por Antonio Díaz Oliva

Dice Leonard Cohen que -en un momento epifánico- no encontró nada mejor que tirar una maleta llena de pastillas a un río. Luego, encerrado en un templo budista con la misión de desintoxicarse, empezaría una etapa de filosofía. Harto de esa etapa hay en “Palabras, poemas y recuerdos de Leonard Cohen” (Ediciones Alfabia), compilación -a manos del español Alberto Manzano, amigo y traductor de gran parte de la obra del canadiense- donde no sólo se puede encontrar una extensa e interesante entrevista, sino también canciones, afiches de películas y fotos inéditas. Las temáticas que recorre son las de siempre: las mujeres, sus años dopados, sus años de monje y las referencias bíblicas que tanto le gusta evocar. “Estamos en medio de un Diluvio, un Diluvio de proporciones bíblicas”, dice Cohen en un momento del diálogo. Y luego, muy acorde a su papel de poeta/cantautor del apocalipsis, remata: “Y todo el mundo está agarrado a su caja de naranjas en el naufragio, a un trozo de madera que va a la deriva, y nos cruzamos unos con otros en medio de la corriente de este río crecido, que se ha desbordado, llevándose consigo todos los monjes, todas las señales, todas las referencias que teníamos”.

En Zancada, 9 de agosto de 2010

por Cristóbal Carrasco

Conocemos a Junot Díaz gracias a la publicación de La maravillosa vida breve de Óscar Wao, esa genial odisea del gordo loser más entretenido en años, lanzada el año 2008. Sin embargo, no muchos saben que Junot, oriundo de República Dominicana y nacionalizado en Norteamérica, pasó más de diez años sin publicar absolutamente ningún libro, luego de su celebrada recolección de cuentos Los Boys. Cuentos que, también aclamados, dan cuenta de esa sensación de derrota y desarraigo, tan presente en Óscar Wao.

Durante ese tiempo, Junot publicó esporádicamente relatos en la revista New Yorker que, a final de cuentas, funcionaron como trampolín al éxito de de Óscar Wao con su consecuente premio Pulitzer.

Los tres cuentos aparecidos en el New Yorker entre 1998 y 1999 no habían sido jamás traducidos, hasta que la pequeña editorial Alfabia decidió  editarlos en español en un pequeño libro llamado Nadia. El sol, la luna, las estrellas. Otravida, Otravez. La compilación de relatos, que en pocas semanas llega a nuestro país, muestra el mejor lado de una de las voces más entrañables de la literatura latinoamericana, en la que la voz de Óscar Wao se replica en las historia de otros personajes, casi igual de fracasados, enamorados y perdidos. En definitiva, un libro que guarda una triada de relatos cortos, pero tan entrañables que es mejor no dejar pasar.

Lo bueno, o lo mejor de Junot, es que no deja de trabajar: hace unos meses comentó que llevaba escritas 75 páginas de su nuevo libro, y además, se mantiene publicando relatos en revistas. Hace un par de meses presentó Flaca en Revista Eñe y en marzo nos regaló The pura principle escrito para el New Yorker.

Nadia. El sol, la luna, las estrellas. Otravida, Otravez cuesta 9.500 pesos y puedes encontrarla en todas las librerías de Santiago.