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Archivos Mensuales: octubre 2010

Qué Pasa, viernes 22 de octubre de 2010

La escritora sobreviviente de los 70

por Antonio Díaz Oliva

Con “Postales de invierno” (1976) Ann Beattie obtuvo un estatus inaudito para una joven que apenas rozaba los veinte años. Luego, casi desapareció de la escena literaria. Hasta ahora: en Estados Unidos su editorial vuelve a ponerla sobre el mapa, a la par que a Chile llega “Retratos de Will”, otra de sus novelas emblemáticas. Ésta es la historia de una escritora que supo convertir a la generación post-Woodstock en literatura.

En octubre del año pasado Ann Beattie se subió a un avión rumbo a Italia. Ahí, cuando ya estaba en las alturas, confirmó la decisión que venía rondando su cabeza hace unos días: era tiempo de volver a enfrentarse a “Postales de invierno”. Luego de mucho tiempo releería la novela que tempranamente la lanzó a la fama en 1976. La novela que -cuando era una estudiante universitaria y compartía casa con varias personas- escribió en apenas tres semanas. La misma que instantáneamente le valió que escritores como John Updike la alabaran y que fuera invitada a publicar sus relatos en la prestigiosa revista The New Yorker.

“Habían pasado 35 años desde que la escribí”, dice Beattie (63) desde Nueva York para Qué Pasa, sobre la ocasión en que releyó su novela iniciática. “¿Y cómo fue? Me gustó. Me pareció que había más cosas divertidas de lo que sentí cuando la escribí”. “Postales de invierno”, algo así como “El gran Gatsby” para la generación estadounidense de los años 70, fue un éxito editorial inmediato. De alguna manera, Beattie se adelantó al humor de películas de Wes Anderson, como “Los excéntricos Tenenbaum”. Personajes torpes, y a veces patéticos, que el lector no sabe si despreciar o congraciar cuando, nuevamente, son rechazados por la chica que ya los dejó una vez. Es el caso de Charles, un joven eternamente enamorado de Laura, de quien fue alguna vez amante hasta que ella volvió con su marido. O de Sam, el mejor amigo de Charles, quien no hace nada más que estar todo el día en la casa, ya que acaba de ser despedido de su trabajo, y más encima, perdió a su perro. Todo en medio de un crudo invierno en Washington que parece nunca acabar, y con la temprana sensación de que los años 70 no serán tan relevantes como los 60. “Los jodidos años sesenta. ¿Cómo hemos podido acabar así?”, se pregunta Charles en un momento.

Algo extraño, eso sí, sucedió: “Postales de invierno” nunca salió fuera de Estados Unidos. Beattie, a diferencia de Philip Roth o John Updike, nunca fue traducida en su momento. Recién en 1997 se editó en castellano “Nadie como tú”, una obra no tan relevante dentro de las siete novelas y ocho libros de relatos que suma la bibliografía de Beattie. Todo eso cambió cuando la editorial independiente española Libros del Asteroide la rescató, tradujo y editó. Así, en un entusiasta prólogo de Rodrigo Fresán, el escritor argentino asegura que “Postales de invierno” tiene la misma importancia que “En el camino”, de Jack Kerouac, tuvo en su momento. Algo que no es tan extraño si pensamos que, incluso, en 1979 se hizo una película basada en “Postales de invierno”.

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El Mercurio, domingo 24 de octubre de 2010

Don Quijote y sus espejos

por Roberto Merino

 

Cada vez con menos frecuencia me encuentro con libros que pueda calificar de “atesorables”. No es un problema de la industria editorial ni de las librerías, que están llenas de novedades. La verdad es que ni siquiera se trata de un problema. Es nada más que un hecho de la causa, de la relación estrictamente personal que puedo tener con la literatura.

A mí la literatura me interesa en segundo grado. Es decir, lo que me abisma es el espesor de la experiencia o lo que podríamos entender como “la vida”. La literatura es el mejor sistema de aproximación que tengo a la mano para indagar en la veleidosa sustancia de los días. Esto incide finalmente en que haya adquirido con los años una mirada literaria para registrar los hechos, sobre todo si se trata de hechos insignificantes.

Hamlet y Don Quijote , de Iván Turguenev, es uno de estos libros que quisiera conservar como si en su trasfondo hubiera un secreto o un tesoro simbólico. Es un pequeño ensayo, seguido de otros sobre temas adyacentes a cargo de Ramiro de Maeztu y de Manuel Durán.

Turguenev establece entre Hamlet y Don Quijote -dos personajes que fueron inventados o imaginados con pocos años de distancia- lo que alguna vez llamamos homología estructural. Ambos comparten un desfase en relación con la realidad, es decir, pueden ser considerados locos. La diferencia radica en que Hamlet no puede escapar de la conciencia de sí mismo y el mundo le importa escasamente: es un egoísta supremo. Don Quijote, en cambio, se verifica antes que nada en los hechos exteriores: vive para los demás. Es un caballero -en el sentido universal del término-, por lo cual no oculta jamás sus intenciones. El otro, el de Elsinore, el “príncipe cansado” es, en cambio, turbio y oblicuo. Don Quijote proyecta una carga de virtudes fantasiosas sobre la rústica Aldonza Lorenzo. Hamlet desprecia a “la tonta Ofelia”, cuyas virtudes eran reales y que tuvo la mala suerte de amar a un histérico.

En un libro muy distinto – Estudios de literaturas románicas -, Helmut Hatzfeld hizo alguna vez el paralelo entre Don Quijote y Emma Bovary. El caso del viejo hidalgo español y el de la burguesa provinciana tienen mucho en común: los dos, por de pronto, reemplazan sus respectivas realidades -opacas, rutinarias, exentas de heroísmo- por aquella más luminosa que proviene de los libros. Ambas mentes estaban saturadas de literatura: libros de caballería y novelones románticos, respectivamente.

Cervantes y Flaubert fueron, en lo que el concepto tiene de ambiguo y de flexible, escritores realistas. Según Hatzfeld, dos de los aspectos que comparten sus obras más famosas son la crítica de la ilusión y la “poetización del realismo”.

Estas apreciaciones tienden a desarmar el concepto común de lo “quijotesco”, generalmente aplicado a individuos que andan por ahí declarando su idealismo, detectando victimarios y publicitándose como grandes soñadores. Lo que los distingue de Don Quijote es que éste carecía de vanidad.

La Tercera, viernes 15 de noviembre de 2010

La belleza asesina

por Matías Rivas

Los libros pequeños suelen pasar desapercibidos. En las librerías no los exponen; se limitan a darles un espacio mínimo como souvenires cerca del lugar donde se paga. Adornan en el mejor de los casos, y están a la pasada del comprador por si se tienta a última hora con algo más económico. Pero no se toman en serio, esa es la verdad.
Esto sucede, en parte, porque no tenemos cultura de comprar libros baratos, a diferencia de lo que sucede en los países anglosajones, donde los volúmenes de bolsillo son comunes y esperados. También pasa por la sencilla razón de que los vendedores no promueven este tipo de productos de bajo costo, ya que los márgenes de ganancia que dan son escasos. Los libreros chilenos se han acostumbrado, en general, a vender caro. No se inquietan por ganar un público nuevo. Salvo cuando se trata de embutirles textos escolares o lecturas obligatorias. Tampoco las editoriales promocionan las publicaciones que fueron novedades cuando aparecen en formato popular. A veces ni las traen. La filosofía de pacotilla que se esconde tras el negocio de los libros en Chile supone que los mismos que compran libros caros adquieren los volúmenes módicos. De esto resulta que cada vez hallanmás piratas y que abunden las personas incapaces de entender un texto de más de dos páginas.
Lo peor de esto no es el evidente desastre que está aconteciendo el mundo de los libros y el consumo de la cultura, cada vez más exclusivo y con menos competencia. Lo terrible, además, es que se pierden títulos que merecen atención, pero que por deficiencias como la falta de visibilidad quedan en un limbo, con escasa presencia. En este sentido, creo que vale la pena destacar el breve volumen Contra la belleza (Tumbona Ediciones), de Rafael Gumucio. Se trata de un ensayo sobre las adversidades que padecen los dotados de hermosura y sobre las bondades de la fealdad. La tesis que esboza Gumucio, a grandes rasgos, es la siguiente: detrás de cada sujeto atractivo físicamente hay un dictador, un ser que manipula con su poder hasta terminar aniquilándose. Pone como íconos de estas circunstancias a Marilyn Monroe, el Che Guevara, Jim Morrison y Natalie Wood, entre otros. Explica cómo la belleza para ellos fue un vicio, un veneno fatal, una ilusión que los corrompió hasta matarlos.
La escritura de Gumucio en Contra la belleza, como en sus mejores libros, abunda en paradojas y confesiones, es íntima y directa, leve y contradictoria, cómica y feroz, ágil y sutil. Tiene un tono inconfundible. Es veloz y por momentos delirante. Se lee de un tirón, con placer, y en menos de una hora. Gumucio demuestra que es un observador privilegiado, que sabe cómo adoptar una perspectiva original para estudiar las vidas ajenas y desmenuzar la propia. Ejerce el difícil arte de hablar de sí mismo en Contra la belleza con elmismo entrañable sadismo y desparpajo que tienen sus Memorias prematuras y su libro de viajes Páginas coloniales. Sabe que un escritor para despertar el interés de sus lectores tiene que correr riesgos, ser verosímil, lo que implica referirse primero que nada a los defectos personales.
Hoy es intragable un narrador que se tiene en gran valía. ¿A quién le puede interesar un narciso temeroso? Gumucio, pese a su inmortal ego, tiene suficiente recorrido como prosista y conoce las leyes ocultas de la literatura del “yo”. Así se advierte en esta investigación estética, en la que se relatan los costos que tuvo para él no ser tan deseado como pretendía. Estamos ante un libro donde el autor se expone sin pudores. Retrata a una serie de personajes y se inmiscuye en la política, la cultura sofisticada y popular. Lo hace con estilo y soltura. Sus propuestas y representaciones son contundentes, desopilantes y, en ocasiones, perversas. Al leer Contra la belleza se hace evidente que Gumucio es uno de los escritores más insólitos, talentosos y necesarios que ha dado este país en décadas.

Qué Pasa, viernes 8 de octubre de 2010

El lamento de Jakob

por Antonio Díaz Oliva

Jakob Bronsky es un judío que escapa de Alemania. Del infierno de los campos de concentración. Llega -como otros tantos inmigrantes- a Estados Unidos. Al Nueva York de los años 30. Ahí entra en otro infierno: el de tener que empezar de cero. Ésa es la primicia que maneja el alemán Edgar Hilsenrath (1926) en Fuck America. Una historia que, sí, parece que hemos leído muchas veces, pero que se convierte en una narración que podríamos clasificar como Bukowski meets Philip Roth. Así, por un lado ahí está todo lo que algunos aman -y otros odian- del autor de La senda del perdedor (el alcohol, la misoginia, el odio a las instituciones) y, en el otro costado, toda la veta que hay en la obra del escritor de El lamento de Portnoy (la tradición del judaísmo, el padre autoritario). Una mezcla perfecta que -por fin- llega a nuestra manos gracias a la impecable edición de la editorial catalana Errata Naturae (ojo con la llamativa portada). Y tal vez la diferencia entre la típica historia de los inmigrantes judíos que escaparon a EE.UU. y lo que hace Hilsenrath, es que en Fuck America (gran título, por lo demás) Jakob Bronsky es tan, pero tan ácido, que no tiene problema en escupir tanto a los judíos, a los estadounidenses, como a los europeos y -por supuesto- a los nazis. Todo porque tal como lo dice el narrador: “Eso no era más que una historia. Una pesadilla, supongo”.

Revista Qué pasa, Viernes 1 de octubre 2010

Literatura desde un Asteroide

por Antonio Díaz Oliva

Desde hace un rato que algo interesante sucede con las editoriales españolas. Entremedio de los grandes sellos transnacionales, pequeñas propuestas que apuntan a nichos específicos. Una de ésas es Libros del Asteroide. Una editorial indie que no sólo rescata y traduce libros nunca antes leídos en castellano; también los diseñan en un formato especialmente pensado para los fetichistas literarios. Gracias a la distribuidora Hueders, en Chile desde hace un tiempo varios de sus títulos han llegado. Ojo con los que siguen: “Los inquilinos de Moonbloom”, una divertida comedia de situaciones sobre un tipo que cobra el alquiler en un edificio neoyorquino, obra del desconocido y difunto Edward Lewis Wallant; “El segundo matrimonio”, una drama familiar actual a lo “Mad Men”, de Phillip Lopate; “El delator”, un viejo policial irlandés que John Ford llevó al cine, de Liam O’Flaherty. Una de las gracias, además, es que la gente de Libros del Asteroide entiende la importancia de poseer una página web funcional y atractiva. Tienen un newsletter que constantemente avisa (y no de manera molesta tipo spam) sobre lo que se está editando mensualmente y no sólo permiten que uno lea las primeras páginas en PDF de todos sus títulos, sino asimismo se pueden revisar los exhaustivos prólogos de escritores como Rodrigo Fresán o Jonathan Franzen. Eso, claro, además de mirar las coloridas portadas que hacen que sus libros parezcan estampas para coleccionar.