Hamlet y Don Quijote, de Turgueniev

El Mercurio, domingo 24 de octubre de 2010

Don Quijote y sus espejos

por Roberto Merino

 

Cada vez con menos frecuencia me encuentro con libros que pueda calificar de “atesorables”. No es un problema de la industria editorial ni de las librerías, que están llenas de novedades. La verdad es que ni siquiera se trata de un problema. Es nada más que un hecho de la causa, de la relación estrictamente personal que puedo tener con la literatura.

A mí la literatura me interesa en segundo grado. Es decir, lo que me abisma es el espesor de la experiencia o lo que podríamos entender como “la vida”. La literatura es el mejor sistema de aproximación que tengo a la mano para indagar en la veleidosa sustancia de los días. Esto incide finalmente en que haya adquirido con los años una mirada literaria para registrar los hechos, sobre todo si se trata de hechos insignificantes.

Hamlet y Don Quijote , de Iván Turguenev, es uno de estos libros que quisiera conservar como si en su trasfondo hubiera un secreto o un tesoro simbólico. Es un pequeño ensayo, seguido de otros sobre temas adyacentes a cargo de Ramiro de Maeztu y de Manuel Durán.

Turguenev establece entre Hamlet y Don Quijote -dos personajes que fueron inventados o imaginados con pocos años de distancia- lo que alguna vez llamamos homología estructural. Ambos comparten un desfase en relación con la realidad, es decir, pueden ser considerados locos. La diferencia radica en que Hamlet no puede escapar de la conciencia de sí mismo y el mundo le importa escasamente: es un egoísta supremo. Don Quijote, en cambio, se verifica antes que nada en los hechos exteriores: vive para los demás. Es un caballero -en el sentido universal del término-, por lo cual no oculta jamás sus intenciones. El otro, el de Elsinore, el “príncipe cansado” es, en cambio, turbio y oblicuo. Don Quijote proyecta una carga de virtudes fantasiosas sobre la rústica Aldonza Lorenzo. Hamlet desprecia a “la tonta Ofelia”, cuyas virtudes eran reales y que tuvo la mala suerte de amar a un histérico.

En un libro muy distinto – Estudios de literaturas románicas -, Helmut Hatzfeld hizo alguna vez el paralelo entre Don Quijote y Emma Bovary. El caso del viejo hidalgo español y el de la burguesa provinciana tienen mucho en común: los dos, por de pronto, reemplazan sus respectivas realidades -opacas, rutinarias, exentas de heroísmo- por aquella más luminosa que proviene de los libros. Ambas mentes estaban saturadas de literatura: libros de caballería y novelones románticos, respectivamente.

Cervantes y Flaubert fueron, en lo que el concepto tiene de ambiguo y de flexible, escritores realistas. Según Hatzfeld, dos de los aspectos que comparten sus obras más famosas son la crítica de la ilusión y la “poetización del realismo”.

Estas apreciaciones tienden a desarmar el concepto común de lo “quijotesco”, generalmente aplicado a individuos que andan por ahí declarando su idealismo, detectando victimarios y publicitándose como grandes soñadores. Lo que los distingue de Don Quijote es que éste carecía de vanidad.

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