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Archivos Mensuales: marzo 2011

Aquí una entrevista a Capote, del sitio TV de Nórdica Libros

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El Mercurio, 13 de marzo de 2011

Por Patricio Tapia

Aunque al parecer nunca dijo eso de “Madame Bovary soy yo”, todo indica que Gustave Flaubert (1821-1880) no distinguía mucho entre su vida y su obra, a la que se dedicó con minucioso fervor. Entre sus obras más destacadas están Madame Bovary (1857), La educación sentimental (1869), Tres cuentos (1877, uno de ellos, el comentado) y la inacabada y póstuma Bouvard y Pécuchet .
Primero de los Tres cuentos -cada uno ambientado en épocas distintas: la Antigüedad o el medioevo- Un alma de Dios tiene lugar en la Francia del siglo XIX y se centra en su protagonista, Felicidad, una mujer simple y compasiva, cuya vida es un conjunto de desgracias y de renuncias. Trabaja como sirvienta de una familia burguesa y su única alegría termina siendo un loro.
Entre los muchos loros que pueblan las artes (pinturas de Manet o Courbet) y la sociedad francesa decimonónica (en la que eran mascotas apreciadas), Lulú, el del cuento de Flaubert puede ser el más célebre, el que inspira una novela de Julian Barnes. A través suyo y de Felicidad, Flaubert desliza una crítica, tan dura como sutil, a la hipocresía y egoísmo de la burguesía.

Un alma de Dios
Traducción Consuelo Berges, Editorial Nórdica, Madrid, 2010, 92 páginas, $7.800.

Qué Pasa, viernes 4 de marzo de 2011

Domadores de historias

Por Antonio Díaz Oliva

No es casual que un libro como “Con la sangre despierta” ( Sexto Piso, distribuido por Hueders) se tope en librerías con “Domadores de historias” (RIL). Ambos, a fin de cuentas, recorren la misma senda: explicar quiénes son los narradores de historias en la América Latina actual. El primero es sobre once escritores que llegan a países foráneos por primera vez (en muchas ocasiones con el plan de quedarse a vivir) y cómo es ese aterrizaje algo forzoso. El segundo libro, a su vez, corresponde a 14 cronistas latinoamericanos quienes, en una entrevista que viene acompañada con una crónica, desvelan sus mecanismos y cómo recayeron en el oficio de contar historias en revistas, diarios y libros. Y el espíritu de ambos libros radica en lo que apunta Juan Villoro, quien dice que siempre “la historia de América Latina se ha contado en clave oficial, como un relato de próceres”. Y luego explica por qué libros como éstos son importantes: “Las historias marginales, olvidadas, han sido una asignatura pendiente en una región donde lo más importante ha ocurrido en secreto”. Y es lo que pasa cuando, por ejemplo, el mexicano Guillermo Fadanelli llega a Berlín y nunca aprende alemán. O cuando Rafael Gumucio se enamora de una neoyorquina y no le queda otra que aprender inglés, aunque apenas pueda balbucear algunas palabras. O cuando Sergio González Rodríguez reportea los asesinatos de Ciudad Juárez y, de paso, se gana una paliza por querer investigar en uno de los rincones más oscuros de la sociedad mexicana. Son las historias mínimas que, más que demostrar lo amplio que es el continente, enseñan que entre un chileno, peruano, argentino y salvadoreño, hay una misma sintonía: saber domar historias.