En busca del barón Corvo

El Mercurio, Revista de Libros, domingo 3 de julio de 2011
Las huellas de Corvo
Por Roberto Merino

Uno de los espejismos que pueden arruinar una biografía es la excesiva admiración del autor hacia el protagonista de su obra, lo que sucede además todos los días en otro tipo de relato: la conversación. Calibrar la fascinación es el punto de partida para emprender cualquier iniciativa en estos rubros, atemperar aquellos deslices de la incondicionalidad que Leon Edel -biógrafo de Henry James- analiza como parte del concepto de transferencia.

En 1934, el escritor inglés A.J.A. Symons, tan epicúreo como poco conocido, publicó su libro En busca del Barón Corvo y con él dejó un camino abierto a los biógrafos futuros: la posibilidad de estructurar una biografía como la indagación de un misterio. En efecto, al leer En busca del Barón Corvo, uno parece ir descubriendo las claves de la vida del personaje casi al mismo tiempo que lo hace el narrador. Cualquier rasgo de admiración en un caso como éste sólo puede ser contextual, en la medida en que necesariamente el narrador es parte de la historia.

Quizá sea el mismo procedimiento el que vuelve soportable la gran admiración que a James Boswell le provocaba Samuel Johnson, amigo y maestro suyo a la vez que sujeto de su biografía. El narrador-personaje de Vida y opiniones del doctor Johnson a veces casi le disputa el primer plano al erudito ensayista, humorista, poeta y lexicógrafo inglés (también biógrafo, hay que agregar). Muchas veces los hechos narrados son mínimos, y lo que mayormente se nos queda son los movimientos de la inconstante personalidad de Boswell, a quien vemos correr agitado, discutir, plantear temas, buscar información con ímpetu y con imprudencia.

En busca del Barón Corvo es la narración de la persecución biográfica de Frederick Rolfe, un escritor inglés bastante menos conocido que Symons y a quien se podría considerar un epígono del decadentismo o del esteticismo finisecular. El barón (un título presumiblemente autoinferido) fue a la vez un excéntrico italianizante y un pícaro de las esferas superiores del espíritu. En su vida dramática habitó grandes aposentos dorados y en no pocas oportunidades “pasó hambre en Londres”. Tuvo fantasías eclesiásticas antes que místicas: se pirraba por las pompas y las complejas formalidades del protocolo y reservaba para sí un lugar superior en el disfrute artístico de la existencia. Donde iba, dejaba tras de sí una estela aurática y un corolario de perplejidad, escándalos y deudas.

Una de las escenas más significativas del libro nos muestra a Corvo negándose a dejar una pieza de pensión en una casa londinense tras varios meses impagos. El dueño -que pretendía alojar a gente de nivel más elevado que el común de los usuarios de estos servicios- terminó por contratar a un par de matones que sacaron a Corvo de su cama a la fuerza. El barón se sujetó con todas sus fuerzas, primero de los barrotes de la cama y después de la baranda de la escalera, pero fue arrojado a la calle en piyama.

Las miserias y sueños de Frederick Rolfe recuerdan a los de un personaje muy distinto y posterior: Joe Gould, protagonista de la magnífica biografía de Joseph Mitchell, planteada igualmente como el asedio de un misterio.

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