Oscuratismo de Alvaro Matus

Una columna que celebra la elección de las palabras de Clément Rosset.
La Tercera, 28 de junio de 2012

EN LAS UNIVERSIDADES se ha impuesto la idea de que los textos de arte, historia y filosofía deben contar con abundantes notas a pie de página y estar escritos con un lenguaje heredero del estructuralismo, el sicoanálisis lacaniano y otras jergas difíciles. Es posible que la academia esté generando conocimiento, pero en ningún caso lo está transmitiendo. Al contrario, lo único que estos “dispositivos escriturales” -vamos poniéndonos en onda- han logrado es confiscar las humanidades al estricto ámbito de los especialistas.

El otro día llegó a mis manos una tesis sobre Germán Marín cuyo objetivo era  ver su obra “como reflexión sobre el lenguaje cuya intransitividad lo retorna a su propia constitución y a la vez lo desterritorializa de la lengua mayor”. A medida que avanzaba y me topaba con términos como “escritura rizomática” y “literatura postautónoma”, empecé a sospechar que bajo esa cáscara retórica no había nada. Esto mismo se ve con mayor intensidad en libros de artes visuales y filosofía, donde todo es “post”, “trans”, “des” y “neo”. Ante el éxtasis de los prefijos, los clásicos latinos reprobarían cualquier examen por falta de teoría.

A contracorriente de esta moda, la editorial Hueders acaba de publicar La elección de las palabras, un libro hermoso que se revela al oscurantismo del lenguaje académico. Su autor, el filósofo Clément Rosset, plantea que la escritura no es un suplemento del pensamiento, sino el pensamiento mismo. Escoger palabras herméticas o que carecen de poder comunicativo refleja poca claridad intelectual, puesto que el talento expresivo y la capacidad de razonar son inseparables. Rosset se basa en la máxima de Beckett: “Mal visto mal dicho”. Y advierte que no hay una coma entremedio, puesto que “uno y otro se confunden, como se confunden el fondo y la forma: está mal visto porque está mal dicho, está mal dicho porque está mal visto”.

La jerigonza teórica es la llave para ascender en el circuito académico, donde la lucha por los doctorados y fondos de investigación es feroz. De allí que siempre haya que “problematizar” un texto y analizar la “politicidad” de las obras. Marcelo Mellado se ha burlado de estos discursos con singular desparpajo. El humor de sus cuentos se produce justamente al sacar de contexto palabras que vienen de la sociología o la crítica de arte, colocándolas en medio de acontecimientos triviales. Así, Mellado enfría las relaciones humanas o, al revés, vuelve solemne la situación más miserable. En una conversación seductora, por ejemplo, el narrador observa que “se tematizan asuntos de la intimidad”. Al referirse a los temas preferidos de un cantante de boleros, concluye que “casi todos calificaban dentro de la línea didáctico-amorosa, en que un sujeto en disolución apela a la razón superior de amor para resolver una aguda crisis de identidad”.

Intuyo que la academia se ha constituido en un mercado que se abastece a sí mismo, que posee sus propios mecanismos de circulación y que ya no necesita seducir al lector común. Montaigne, Stevenson y Borges la tendrían muy difícil en estos tiempos. Con el ensayo, ese género discreto y feliz que deja espacio tanto al pensamiento como a las intuiciones y dudas, hoy no se ganan  las becas.

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