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Archivos Mensuales: agosto 2012

“En esta ocasión, quisiera tan solo entender cómo se puede hacer que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten algunas veces a un solo tirano, que no tiene otro poder que el que ellos le otorgan; que no puede hacerles daño más que en la medida en que ellos lo soportan; y que no sabría hacerles mal alguno si no fuera porque ellos prefieren más sufrirlo que contradecirlo. Es gran cosa —y sin embargo tan común que es necesario dolerse más y sorprenderse menos— ver un millón de millones de hombres servir miserablemente, teniendo el cuello bajo el yugo, constreñidos no precisamente por una fuerza más grande, sino, de alguna manera, al parecer, encantados y fascinados por el solo nombre de uno, del cual no deben ni temer su poder, puesto que está solo, ni amar sus cualidades, puesto que se muestra para con ellos inhumano y salvaje. Nuestra debilidad de hombres es tal que a menudo debemos obedecer a la fuerza que tenemos que contemporizar, no siempre podemos ser los más fuertes. Luego, si una nación es obligada por el ímpetu de la guerra a servir a uno, como la ciudad de Atenas de los treinta tiranos, no hay que sorprenderse de que sirva, sino lamentarse de tan terrible accidente; o más bien, ni sorprenderse ni lamentarse, sino llevar el mal pacientemente y reservarse a un futuro de mejor fortuna”.