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Prensa

Presentación de Todo Santiago, de Roberto Merino, el día 7 de noviembre de 2012, a las 19.00 en la Feria Internacional del Libro de Santiago. Presentan Natalia Babarovic, Matías Rivas y Vicente Undurraga.

Adelanto del libro Todo Santiago, aquí.

Santiago recobrado, perfil de Roberto Merino con ocasión de la publicación de Todo Santiago en Revista Qué Pasa.

Merino: “Todavía tengo un libro pendiente sobre Santiago.” Por Roberto Careaga. La Tercera. 26 de octubre de 2012.

Roberto Merino, ciudadano de a pie

El Mercurio, sábado 20 de octubre de 2012

La próxima semana llega a librerías la extensa recopilación que el cronista le ha dedicado a la capital de Chile. El volumen se presentará el 7 de noviembre en la Feria del Libro de Santiago.  

*Pedro Pablo Guerrero

Pasa lista a los agravios arquitectónicos sin sulfurarse, en el estilo mesurado que lo ha hecho conocido. Le basta recordar que a nadie le interesó conservar el palacio de los García-Huidobro (esquina norponiente de Alameda y San Martín), donde nació el poeta creacionista, autor de “Altazor”. Tras su demolición, constata Merino, “funcionó, durante décadas, una playa de estacionamiento”. Un rasgo de idiosincrasia. Para él, que ha sido peatón toda su vida, no menos incomprensible le resulta la conducta de los capitalinos los fines de semana largos: “Todos se van en masa los viernes en la noche por carreteras colapsadas y regresan de la misma forma tres días después”.

En sus 360 páginas, “Todo Santiago” incluye crónicas que Roberto Merino publicó en “Santiago de memoria” (1997) y “Horas perdidas en las calles de Santiago” (2000), agregando textos escritos con posterioridad. La idea de esta suma de compilaciones fue de Rafael López, editor de Hueders. Un día le pidió prestado el único ejemplar que guardaba de “Santiago de memoria” y consideró que esas y otras crónicas santiaguinas merecían ser publicadas de nuevo.

¿Por qué dejó la selección en manos de otra persona?

“Lo que pasa es que yo solo nunca hubiera hecho nada. Ni siquiera se me hubiera ocurrido hacer el libro. Pero la persona que mencionas es Andrés Braithwaite, quien es muy cercano a estos textos. En el proceso de edición surgieron cientos de sugerencias suyas que tuvimos que revisar juntos. Hubo algunas discrepancias menores, como las palabras ‘esmog’ o ‘garaje’, que yo insisto en escribir ‘smog’ y ‘garage’ porque así las aprendí. En fin, negociamos muchas minucias de este tipo”.

Parece que no le gusta releerse.

“No me gusta mucho releer extensamente lo que escribí hace años, es un trance un poco desagradable”.

Escribe que le incomoda ser considerado un “especialista en la capital”. ¿Se ha resignado a ese malentendido?

“Trato de huir del profesionalismo, de la especialización. No quiero más superyó ni deber ser. En general, las instancias culturales -mesas redondas, conferencias, seminarios- son, al menos para mí, tediosas e inconducentes. No siento la menor necesidad de hablar en público”.

¿Cuánto le deben la sobriedad y economía de sus crónicas al ejercicio simultáneo de la poesía?

“Esas modalidades van por caminos distintos. Más bien diría que el ejercicio de la prosa, de la que se espera una mínima precisión, me ha servido para neutralizar el desbocamiento del lenguaje poético”.

Héctor Soto conjetura en el prólogo que usted descubrió su vocación de cronista recorriendo las calles de la ciudad. ¿Fue así?

“Podría ser pensado así, sobre todo si uno considera que la crónica se adapta tan bien a una sensibilidad que tiende al ocio y a la itinerancia. Pero antes, cuando muy joven, mi propósito era escribir una especie de teoría de la expresión de la ciudad, construir un modelo fenomenológico. Y antes que eso no tenía propósito alguno, callejeaba por curiosidad o por aburrimiento”.

Han llegado noticias de la buena acogida de su libro “En busca del loro atrofiado”, que publicó Mansalva en Argentina. ¿Lo sorprendió esa repercusión?

“Nunca pensé que escritos que consideraba tan locales tuvieran alguna recepción fuera de Chile, menos en Argentina, donde hay tantos buenos escritores. Parte de mi aprendizaje literario tuvo que ver en varios momentos con Argentina y es, por lo tanto, muy honroso haber adquirido una mínima visibilidad por allá. Los argentinos de ahora son gallos muy el descueve, tienen una curiosidad inverosímil por la literatura chilena. La última vez que estuve en Buenos Aires escuché hablar de Blest Gana, de Edwards Bello, de José Donoso e incluso de Alfredo Gómez Morel”.

Marcelo Mellado y sus juegos de guerra
por Pedro Pablo Guerrero
Domingo 9 de septiembre de 2012, El Mercurio

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Llega a librerías la más reciente novela del escritor chileno. Su mirada al cruento final de la guerra civil de 1891 dialoga con el presente y critica la mirada de los historiadores.

Poco a poco, el descenso del agua en el lago Peñuelas causado por la sequía deja al descubierto vestigios de la batalla que puso fin a la guerra civil de 1891. El último verano fueron los cimientos de la casa patronal de Claudio Vicuña, donde se refugiaron parte de las tropas balmacedistas. Botones, armas, balas, hasta osamentas humanas aparecen cuando se hacen excavaciones en Placilla. Cada 28 de agosto, los habitantes del pueblo, vecinos y alumnos del liceo recrean la contienda disfrazados como soldados de época, en un acto al que asisten autoridades locales.

El pasado también retorna a la superficie en la novela más reciente de Marcelo Mellado (Concepción, 1955). La idea de escribirla le empezó a rondar hace ocho años, cuando fue jurado de un concurso de proyectos regionales. La comunidad de Placilla quería hacer un museo sobre el tema. “Me pareció fascinante ese gesto comunitario. Ellos eran barro, camiones, moteles. El patio trasero de Valparaíso. Entonces descubren que la batalla es lo más ‘digno’ o patrimonializable que tienen. Una estrategia de construcción de ciudadanía. Por eso me interesó Placilla y después se convirtió en una obsesión. Empecé a investigar y me pareció además muy simbólica, porque no es cualquier batalla. Cierra el siglo XIX y abre el XX”.

En La batalla de Placilla, la novela, hay un constante juego entre el pasado y el presente. Su protagonista, Cancino, un nihilista sobreviviente de los 70 y 80, coordina un proyecto sobre el acontecimiento bélico, encargado por la universidad donde trabaja. Un evento de base académica en el que deben confluir intereses del turismo local, patrimoniales y “culturosos”, aunque él quisiera ir más allá y darle una vuelta de tuerca a la imagen “con olor a hongos” que ha fijado la historiografía. Se obstina en confeccionar una maqueta. La encarga a un modelista militar quien, a su vez, le pide a un sobrino hacker recrearla en una representación digital, utilizando la técnica de los videojuegos de guerra.

En paralelo, dos estudiantes de arte vinculados a un mafioso poeta local, especulan con la existencia de unos bocetos de época tomados por Juan Francisco González. Partidario de Balmaceda, el pintor era amigo de Eloy Temístocles Caviedes, corresponsal de “El Mercurio” de Valparaíso y autor del reportaje Las últimas operaciones del Ejército Constitucional, que Mellado revisó al igual que La novela de Balmaceda, de Joaquín Edwards Bello, y A través de la tempestad, de Luis Orrego Luco.

“Leerlos fue un juego estimulante -dice Mellado-. Es bonito encontrarse con visiones distintas y no estar descubriendo ni inventando nada. Simplemente comentar o revisitar. Edwards Bello es un gran intérprete de conductas. Es fascinante como observador social, aunque no siempre me interesaba esa mirada. Juan Francisco González, según los datos que dan algunos historiadores, fue al día siguiente de la batalla. Quizás con el mismo Temístocles. Pero no se sabe más. Yo tematizo esa ausencia. Se supone que bocetea, pero esos bocetos desaparecen, se pierden o él no los valora. No se la pudo, probablemente. Ningún chileno se la puede con el horror, con el dolor. Era muy fuerte para él o representaba el pasado carnívoro de la política chilena”.

Placilla: la batalla invisible

-¿Quisiste hacer una novela histórica en algún momento?
-Tenía la obsesión de hacer una novela histórica por cambiar de registro, pero después me dio una lata patagüina. Odié a los historiadores y esa obsesión que tienen por la verosimilitud. Me pareció que era mucho más terapéutico jugármela por la ficción y por un quiebre de esa verosimilitud. Yo reivindico a los historiadores no profesionales, amateurs , que son más entretenidos porque son más locos. Aunque igual son miserables. Como todos los historiadores, su trabajo consiste en apropiarse de una parcelita de la historia. Son tipos perversos.

-Fuerte palabra. ¿A qué te refieres?
-Toda perversión tiene que ver con la voluntad de verdad. Me imagino que los historiadores trabajan respondiendo a una voluntad de relato país. Más aún, a una ideología del relato país, y eso ya los hace tributarios de la ficción, pero de una ficción esquizofrénica, doble, que tiene un contenido manifiesto y otro latente, para decirlo al modo freudiano. Para mí, el modelo está en un autor como Borges o como Sciascia, que cito en la novela a propósito de El Archivo de Egipto, en que un personaje vende versiones de la historia de Sicilia según las necesidades de las familias. En Chile la historia es familiar. Perdón, de las instituciones que crearon los parientes de otros parientes. A lo más, el negocio académico de un Salazar o de un Villalobos. El primero es tributario del parroquianismo universitario -hay laico y del otro- cuyo proyecto es la reconstrucción de una ficción de oralidad llamada popular. Eso es todo un género narrativo.

-¿Te llama la atención que en español se use la misma palabra para la historia como disciplina y para la ficción breve?

-Aquí yo soy tributario del mismo Borges cuando dice por ahí que desprecia o aborrece a Heródoto porque separó el mito de la historia, que nunca debieron dividirse. Ercilla en La Araucana, por ejemplo, siguió la línea borgeana. Los que hicieron la operación de separación fueron los colonos jesuitas. En ese contexto, el Heródoto chileno sería alguien así como el padre Ovalle, aunque la voluntad de ficción sigue siendo dominante. La diferencia real es la conciencia de esa voluntad y los que quieren hacer pasar esa ficción como verdad. La historia, como disciplina, sirve para instalar sujetos autorales que mercadean con la verdad histórica. Sé de otras versiones que asumen la historia como una dimensión más de la ficción. Vi una página en internet en donde se hace crónica de lo mínimo, quizás como el testimonio de Edwards Bello. Ese sí era un historiador.

-¿Qué te llamó la atención durante las investigaciones para escribir la novela?
-La invisibilidad. Lo importante es que no sepas nada. Placilla no se pasa en los planes de estudio, nadie sabe el detalle de lo que ahí ocurrió. De hecho, Placilla está encima de la batalla, el pueblo mismo está sobre un cementerio, dicho un poco exageradamente. Al Chile oficial no le interesa. El tema es molesto para el mundo porteño y viñamarino. Le resulta vergonzoso. Yo simplemente indagué en una herida que nunca ha sanado. Fue
como un anuncio de lo que venía para el siglo XX: 1907 y 1973.

-Considerando el año en que se ambienta la acción, 2010, ¿es tu mirada del Bicentenario?
-No lo pensé así, pero podría ser. Yo me quise descalzar y me fui cien años antes para decir que el 73 ya me tiene aburrido. No el hecho mismo, sino la discursividad, que atiende a una reiteración de lo reiterado. Hasta se puso de moda. En los 90 no se podía hablar del tema y ahora está demasiado sobreexpuesto. En parte, por los movimientos sociales. Incluso hay una recuperación de la jerga revolucionaria, tanto en los escolares como en los universitarios. Citar a Ho Chi Minh, ponte tú, es un arcaísmo. Y eso me divierte, pero también es patética la reiteración del fraseo. Una imagen revolucionaria que necesariamente tiene escrito el momento de su disolución. Es como un llamado a la muerte, de nuevo. Me deprime sentir que es imposible superar esta modernidad que siempre vuelve sobre sus mismos ejes.

-Sugieres que los 70 y 80 están idealizados y se ha construido sobre ellos una falsa nostalgia.
-Es una época mitificada. Yo mismo caigo en eso. Tiendo a idealizar mi imagen de Valparaíso de fines de los 70. Por mis amistades. Por lo que era, aunque seguramente no era nada. Pero también es la época en que yo efectivamente conocí a Juan Luis Martínez en un garaje del barrio Recreo, el 78 o el 79. De alguna manera, había un registro interesante. Sobre todo cuando viví en Concón junto a mis amigos. A pesar de que una vez que me agarraron a balazos los pacos, fue una época muy entrañable. Debo reconocer que me puse afectuoso. Tenía que recuperar esas prácticas de sociabilidad, de colectivo, de solidaridad, a pesar de que nosotros nunca fuimos tan políticos tampoco.

-¿Qué representa Magda, la amiga de Cancino, en la novela?
-Es la representación de un mundo femenino que persiste muy fuertemente: el matriarcado chileno y la memoria revolucionaria. Esa compañera que termina casada con un ingeniero exitoso perteneciente a la economía real, con todo solucionado, pero que sigue fiel a sus compañeros y se preocupa de ellos. Es un seudo homenaje. Yo siempre he tenido amigas muy parecidas, medio jiponas, medio alternativas, ligeramente asexuadas, que son feministas y se creen todo el discurso de género. Magda es lo más correcto que hay desde el punto de vista político. Es la razón doméstica. Todas nuestras mujeres, nuestras mamás y nuestras hijas tienen razón. Es la razón que manda. El domus way.

-¿Por qué le dedicas la novela a Romina Irarrázabal, la funcionaria del Consejo de la Cultura que murió en Juan Fernández?

-Yo la conocía solamente por unos documentos que tenía pendientes con el Consejo. Un día empecé a escribirle un correo. De repente me pasó algo por la cabeza y revisé las noticias. El avión se había caído uno o dos días antes. Eso me dejó mal. Por eso escribí “funcionaria pública desaparecida en actos de servicio”. Yo todavía creo en el
Estado chileno. Es lo único que nos queda.

Fragmento escogido: La mirada del pintor
Cancino trata de imaginar el modo en que Juan Francisco González bocetea el campo de batalla al día siguiente del enfrentamiento entre las fuerzas congresistas y el ejército constitucional o lo que quedó de él después del desastre de Concón. Imagina que un pintor del siglo XIX se parece a un naturalista del mismo periodo, como Claudio Gay o el mismo Darwin, que recolectaron, dibujaron y clasificaron plantas y de paso dieron cuenta del paisaje en donde éstas fructificaron. Además recogieron piedras, excavaron, observaron e imaginaron largos procesos. El pintor no hace todo eso, pero sí intenta mostrar una cierta verdad del mundo natural, de los procesos lumínicos, existenciales y espacio-temporales que acontecen. Debe recorrer el terreno en que se ubica este paisaje. Aunque duda de la comparación, porque una tiene sentido científico y el otro estético, compartirían el hecho de recorrer los campos en busca de evidencias, de certezas y de oportunidades. Pero no, un investigador, un estudioso, un científico, está más preparado para la sorpresa, en cambio un pintor retratista o que pinta paisajes (“por poca plata para poder pasear por París”) suele constatar ciertas reiteraciones del ambiente que con su técnica pictórica es capaz de reproducir. Cancino imagina que en la época de la batalla Juan Francisco González empieza a experimentar cambios en su concepción estética, supone que ya ha escuchado de Europa, de los impresionistas, y está intentando experimentar al respecto. La verdad y el canon vienen de allá. Cancino no está seguro, ha consultado un libro sobre el asunto escrito por un señor Zegers para informarse de su estilo, sabe que es un pintor de taller aunque siempre sale al campo a captar luminosidades más precisas. No es una persona muy extrovertida, más bien parco, tampoco es de espíritu rebelde, no pertenece a la oligarquía, es más bien de las nuevas capas medias que empiezan a notarse a nivel público.

Los naturalistas, lee por ahí Cancino, salían por caminos rurales con un morral de cuero, y en una tablilla que les servía de soporte iban dibujando sobre papeles hilados, gruesos y resistentes, todo lo que les llamaba la atención, ya fueran los detalles de unas hojas, una planta, la planta entera y el emplazamiento de todos aquellos elementos, incluyendo fósiles y algunos exponentes de la fauna, mariposas o bichos más raros. El modelo que tiene en la cabeza Cancino es Darwin, el que incluso pasó por estas latitudes. No sabe por qué compara al pintor con un naturalista, es arbitrario, pero recuerda haber leído algo sobre los dibujantes que acompañaban a científicos, y supone que para Juan Francisco González, que nunca fue pintor de batallas, fue un género posible de practicar en ese contexto. Ha averiguado que era muy probable que para sus bocetos haya utilizado ramitas de carbón de sauce, que al parecer la academia todavía utiliza. González fue el único de sus comtemporáneos que se aproximó al impresionismo, cree o imagina, aunque desfasado, que hay que ir a aprender a Europa y así lo hace años más tarde. Su interés pictórico, descubre Cancino, es captar efectos luminosos de la naturaleza, lo que implica toda una teoría del color. Su práctica no sería estrictamente figurativa, sino perceptual-subjetiva. Tenía más de treinta años en ese entonces. Se supone, según lo que logra informarse en un libro de historia de la pintura chilena de un tal Romera, que González representa el inicio de la modernidad pictórica y que desde el punto de vista epocal es un pintor del siglo xx, que es el mejor periodo de su obra. ¿Y cómo se es pintor moderno en Valparaíso a fines del siglo xix? Intenta otra vez reconstruir mentalmente el campo pictórico de aquel entonces. Llega a la ciudad en 1884, vive en casa de los Caviedes, es amigo de Eloy, el primer corresponsal de guerra chileno, que escribió un libro sobre la guerra civil. En esa casa pinta el retrato del general Barbosa, que morirá en la batalla. Es la época de los barcos estáticos, según un crítico o anticuario que lee a destiempo. Es probable que su amistad con Orozimbo Barbosa haya determinado o motivado su asistencia al campo de batalla. Cancino supone que el pintor va porque su amigo murió ahí, literalmente con las botas puestas. Trata, inocentemente, de reproducir la ruta del pintor hacia los altos de La Placilla el día 29 de agosto, tratando, tontamente, de imaginar lo que el sujeto sentía en los momentos en que hacía el viaje o traslado a la zona del combate. Va por San Roque, por donde habría subido a la batalla el grueso del ejército que apoyaba al gobierno. Lleva un morral de cuero cruzado al costado, lleva también una tablilla que le sirve de soporte en vez de atril. En el camino se topa con más de una cuadrilla que traslada los restos valiosos de la batalla, producto casi de un saqueo institucionalizado por las circunstancias. Muchas de esas escenas las bosquejaría de memoria y luego las iría olvidando, porque el olvido es necesario, la memoria seleccionará una visibilidad más glamorosa o más académica, o artísticamente correcta. Todo se irá perdiendo en los sucesivos cambios de domicilio. Cancino trata de sentir el malestar del pintor al tener que asumir el horror justo en el momento en que está siendo permeado por una nueva sensibilidad. Lo que vio no era retratable ni deseable. Esa ruta hacia la escena sangrienta, motivada por una cuestión personal, es refractaria a la nueva forma de mirar que viene de lejos, muy lejos.

Una columna que celebra la elección de las palabras de Clément Rosset.
La Tercera, 28 de junio de 2012

EN LAS UNIVERSIDADES se ha impuesto la idea de que los textos de arte, historia y filosofía deben contar con abundantes notas a pie de página y estar escritos con un lenguaje heredero del estructuralismo, el sicoanálisis lacaniano y otras jergas difíciles. Es posible que la academia esté generando conocimiento, pero en ningún caso lo está transmitiendo. Al contrario, lo único que estos “dispositivos escriturales” -vamos poniéndonos en onda- han logrado es confiscar las humanidades al estricto ámbito de los especialistas.

El otro día llegó a mis manos una tesis sobre Germán Marín cuyo objetivo era  ver su obra “como reflexión sobre el lenguaje cuya intransitividad lo retorna a su propia constitución y a la vez lo desterritorializa de la lengua mayor”. A medida que avanzaba y me topaba con términos como “escritura rizomática” y “literatura postautónoma”, empecé a sospechar que bajo esa cáscara retórica no había nada. Esto mismo se ve con mayor intensidad en libros de artes visuales y filosofía, donde todo es “post”, “trans”, “des” y “neo”. Ante el éxtasis de los prefijos, los clásicos latinos reprobarían cualquier examen por falta de teoría.

A contracorriente de esta moda, la editorial Hueders acaba de publicar La elección de las palabras, un libro hermoso que se revela al oscurantismo del lenguaje académico. Su autor, el filósofo Clément Rosset, plantea que la escritura no es un suplemento del pensamiento, sino el pensamiento mismo. Escoger palabras herméticas o que carecen de poder comunicativo refleja poca claridad intelectual, puesto que el talento expresivo y la capacidad de razonar son inseparables. Rosset se basa en la máxima de Beckett: “Mal visto mal dicho”. Y advierte que no hay una coma entremedio, puesto que “uno y otro se confunden, como se confunden el fondo y la forma: está mal visto porque está mal dicho, está mal dicho porque está mal visto”.

La jerigonza teórica es la llave para ascender en el circuito académico, donde la lucha por los doctorados y fondos de investigación es feroz. De allí que siempre haya que “problematizar” un texto y analizar la “politicidad” de las obras. Marcelo Mellado se ha burlado de estos discursos con singular desparpajo. El humor de sus cuentos se produce justamente al sacar de contexto palabras que vienen de la sociología o la crítica de arte, colocándolas en medio de acontecimientos triviales. Así, Mellado enfría las relaciones humanas o, al revés, vuelve solemne la situación más miserable. En una conversación seductora, por ejemplo, el narrador observa que “se tematizan asuntos de la intimidad”. Al referirse a los temas preferidos de un cantante de boleros, concluye que “casi todos calificaban dentro de la línea didáctico-amorosa, en que un sujeto en disolución apela a la razón superior de amor para resolver una aguda crisis de identidad”.

Intuyo que la academia se ha constituido en un mercado que se abastece a sí mismo, que posee sus propios mecanismos de circulación y que ya no necesita seducir al lector común. Montaigne, Stevenson y Borges la tendrían muy difícil en estos tiempos. Con el ensayo, ese género discreto y feliz que deja espacio tanto al pensamiento como a las intuiciones y dudas, hoy no se ganan  las becas.

El Mercuio, revista Sábado, 23 de julio de 2011
por Rodrigo Pinto

El poder de seducción de una crónica bien puede medirse por su capacidad de lograr que el lector se embarque a conciencia en un tema que le es ajeno. Ese es el efecto que puede producir Poker. Crónica de un gran juego, de Al Alvarez, un libro fundamental para los interesados en el buen periodismo narrativo. El autor, un poeta inglés aficionado a aquel juego, le propuso al editor de The New Yorker, a comienzos de los 80, una serie de crónicas sobre la Serie Mundial de Póquer que se llevaba a cabo en el Horseshoe, uno de los casinos menos rutilantes -y con más libertad para apostar- de Las Vegas. “Era la clase de combinación extravagante” que podía interesar a la revista. Y vaya que fue interesante. A los veteranos apostadores, en su mayoría texanos con sombrero Stetson, gruesas cadenas de oro y enormes puros en la boca, les cayó bien ese “tipo bajito con un acento chistoso” que los hacía reír y al que además le gustaba el juego. Alvarez se instaló una temporada en Las Vegas, en el centro (el Glitter Grunch, lejos de la parafernalia de neón y cemento del Strip, la avenida en donde están los grandes casinos), un barrio donde sólo se va a jugar. A perder, más bien, para la inmensa mayoría de los mortales. Alvarez retrata todo tipo de personajes, desde aquel inglés de 46 años que descubrió en Las Vegas un camino para perseguir de verdad las ensoñaciones que lo acosaban desde la adolescencia, dejó a su familia, abandonó su negocio y le propuso matrimonio a una puta. Ella le dijo, acariciándole la cabeza con compasión: “tú vendes telas, yo vendo coño. Ese es mi trabajo”. Pero los reales protagonistas son los grandes jugadores, que pierden el horizonte de lo que significa en realidad el dinero y juegan desde la abstracción sumas de vértigo en un modo de vida inimitable que internet y la televisión han logrado situar en modo pretérito, tal como Alvarez cuenta en el prólogo de 2008. Pero el juego sigue igual. Un texano que prefirió el anonimato le dijo al autor que “Las Vegas es como un parásito que se alimenta de dinero”. En todos los casinos, con todo, hay límites para las apuestas. En el Horseshoe, no. Y ahí, en ese casino pequeño, mal iluminado y saturado de humo de cigarrillo, el vértigo nunca se detiene.

La Tercera, domingo 24 de julio de 2011

Una novela silenciosa
por Alejandro Zambra

La protagonista de Los ingrávidos, la primera novela de la mexicana Valeria Luiselli, es una mujer joven que vive con su marido y sus dos hijos en una casa grande y vieja del DF. A veces se corta la luz o se va el agua o se tapa el baño. A veces un fantasma se pasea por las habitaciones y prende la estufa. A veces la mujer escribe con la mano izquierda, porque la guagua necesita su mano derecha para dormir la siesta. Pero escribemás bien de noche, como ella dice hermosamente, “una novela silenciosa, para no despertar a los niños”. “Las novelas son de largo aliento”, apunta la narradora,más adelante: “Eso quieren los novelistas. Nadie sabe exactamente lo que significa, pero todos dicen: largo aliento. Yo tengo una bebé y un niñomediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es -tiene que ser- de corto aliento. Poco aire”. Lo del niñomediano es un chiste: es el hermano mayor, pero como todavía no es grande prefiere que lo llamen el niño mediano. Y elmediano también interrumpe a su madre, con sus innumerables hallazgos y preguntas, algunas verdaderamente difíciles de responder (“¿Por qué los animales no pueden salir del zoológico ni tú de la casa, mamá?”). También la interrumpe el marido, que de vez en cuando lee lo que ella escribe y se siente retratado, o bien rebusca, en la ficción, algún posible desmán en el pasado de su mujer. Porque ella escribe sobre sus días de libertad en Nueva York, cuando usaba minifaldas y pasaba el tiempo leyendo poemas y pernoctando con amigos locos y raros, unos años de paseos, de búsquedas medio ociosas y, sin embargo, fundamentales.
Pero no se crea que Los ingrávidos es una mera novela de añoranzas o que su objetivo es denunciar el marasmo de la vida adulta o algo parecido. El tono de Valeria Luiselli es difícil de definir: en este libro hay mucho humor y una distancia exquisita que aumenta o decrece sin que sepamos preverlo. La narradora no se toma tan en serio, tal vez porque comparte eso que dice Nicanor Parra: “La verdadera seriedad es cómica”. La novela avanza alternando el presente de pañales y transformers y el pasado neoyorquino de sexo casual, complicidades e imposturas. Trabajaba, entonces, como ayudante en una editorial que publicaba obras minoritarias de la literatura latinoamericana, aunque el gran sueño de su jefe era encontrar al nuevo Roberto Bolaño, por lo que la joven debía leer con ojo clínico a autores que, en todo caso, nunca se parecían lo suficiente a Bolaño. Es así como surge la figura del poeta Gilberto Owen, que de golpe se le vuelve una obsesión, y trata de venderlo inventando que Louis Zukofksy lo había traducido, y traduce ella misma los poemas de Owen, convirtiéndose, de este modo, en una falsificadora profesional. La novela da un inesperado y brillante giro hacia la voz de Owen, que empieza a invadirlo todo con sus peripecias.De pronto es más bien Owen quien cuenta o imagina la historia de la narradora y, de paso, acaba convenciéndonos de que somos fantasmas vagando por las estaciones de Metro. Fantasmas que no asustan a nadie.
“Hay personas que saben contar su vida como una secuencia de eventos que conducen a un destino”, leemos hacia el final de Los ingrávidos: “Si les das una pluma, te escriben una novela aburridísima, donde cada línea está ahí por un motivo: todo engarza, como en la cobija asfixiante que teje una abuela para su nieto”. Valeria Luiselli no es, desde luego, una de esas personas: no ha querido normalizar la novela, adecuarla a los modelos rutinarios, no ha querido aburrirnos ni aburrirse, porque adora las lagunas, las fallas, esos múltiples indicios que nos demuestran que hay muchas vidas en una vida, que morimos varias veces antes de verdaderamente morir, que nunca acabaremos de descifrar lo que nos sucede ni lo que somos. Valeria Luiselli apostó alto y el resultado es maravilloso; el resultado es un libro que estaremos leyendo mucho tiempo.