“En esta ocasión, quisiera tan solo entender cómo se puede hacer que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten algunas veces a un solo tirano, que no tiene otro poder que el que ellos le otorgan; que no puede hacerles daño más que en la medida en que ellos lo soportan; y que no sabría hacerles mal alguno si no fuera porque ellos prefieren más sufrirlo que contradecirlo. Es gran cosa —y sin embargo tan común que es necesario dolerse más y sorprenderse menos— ver un millón de millones de hombres servir miserablemente, teniendo el cuello bajo el yugo, constreñidos no precisamente por una fuerza más grande, sino, de alguna manera, al parecer, encantados y fascinados por el solo nombre de uno, del cual no deben ni temer su poder, puesto que está solo, ni amar sus cualidades, puesto que se muestra para con ellos inhumano y salvaje. Nuestra debilidad de hombres es tal que a menudo debemos obedecer a la fuerza que tenemos que contemporizar, no siempre podemos ser los más fuertes. Luego, si una nación es obligada por el ímpetu de la guerra a servir a uno, como la ciudad de Atenas de los treinta tiranos, no hay que sorprenderse de que sirva, sino lamentarse de tan terrible accidente; o más bien, ni sorprenderse ni lamentarse, sino llevar el mal pacientemente y reservarse a un futuro de mejor fortuna”.

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Una columna que celebra la elección de las palabras de Clément Rosset.
La Tercera, 28 de junio de 2012

EN LAS UNIVERSIDADES se ha impuesto la idea de que los textos de arte, historia y filosofía deben contar con abundantes notas a pie de página y estar escritos con un lenguaje heredero del estructuralismo, el sicoanálisis lacaniano y otras jergas difíciles. Es posible que la academia esté generando conocimiento, pero en ningún caso lo está transmitiendo. Al contrario, lo único que estos “dispositivos escriturales” -vamos poniéndonos en onda- han logrado es confiscar las humanidades al estricto ámbito de los especialistas.

El otro día llegó a mis manos una tesis sobre Germán Marín cuyo objetivo era  ver su obra “como reflexión sobre el lenguaje cuya intransitividad lo retorna a su propia constitución y a la vez lo desterritorializa de la lengua mayor”. A medida que avanzaba y me topaba con términos como “escritura rizomática” y “literatura postautónoma”, empecé a sospechar que bajo esa cáscara retórica no había nada. Esto mismo se ve con mayor intensidad en libros de artes visuales y filosofía, donde todo es “post”, “trans”, “des” y “neo”. Ante el éxtasis de los prefijos, los clásicos latinos reprobarían cualquier examen por falta de teoría.

A contracorriente de esta moda, la editorial Hueders acaba de publicar La elección de las palabras, un libro hermoso que se revela al oscurantismo del lenguaje académico. Su autor, el filósofo Clément Rosset, plantea que la escritura no es un suplemento del pensamiento, sino el pensamiento mismo. Escoger palabras herméticas o que carecen de poder comunicativo refleja poca claridad intelectual, puesto que el talento expresivo y la capacidad de razonar son inseparables. Rosset se basa en la máxima de Beckett: “Mal visto mal dicho”. Y advierte que no hay una coma entremedio, puesto que “uno y otro se confunden, como se confunden el fondo y la forma: está mal visto porque está mal dicho, está mal dicho porque está mal visto”.

La jerigonza teórica es la llave para ascender en el circuito académico, donde la lucha por los doctorados y fondos de investigación es feroz. De allí que siempre haya que “problematizar” un texto y analizar la “politicidad” de las obras. Marcelo Mellado se ha burlado de estos discursos con singular desparpajo. El humor de sus cuentos se produce justamente al sacar de contexto palabras que vienen de la sociología o la crítica de arte, colocándolas en medio de acontecimientos triviales. Así, Mellado enfría las relaciones humanas o, al revés, vuelve solemne la situación más miserable. En una conversación seductora, por ejemplo, el narrador observa que “se tematizan asuntos de la intimidad”. Al referirse a los temas preferidos de un cantante de boleros, concluye que “casi todos calificaban dentro de la línea didáctico-amorosa, en que un sujeto en disolución apela a la razón superior de amor para resolver una aguda crisis de identidad”.

Intuyo que la academia se ha constituido en un mercado que se abastece a sí mismo, que posee sus propios mecanismos de circulación y que ya no necesita seducir al lector común. Montaigne, Stevenson y Borges la tendrían muy difícil en estos tiempos. Con el ensayo, ese género discreto y feliz que deja espacio tanto al pensamiento como a las intuiciones y dudas, hoy no se ganan  las becas.

El Mercuio, revista Sábado, 23 de julio de 2011
por Rodrigo Pinto

El poder de seducción de una crónica bien puede medirse por su capacidad de lograr que el lector se embarque a conciencia en un tema que le es ajeno. Ese es el efecto que puede producir Poker. Crónica de un gran juego, de Al Alvarez, un libro fundamental para los interesados en el buen periodismo narrativo. El autor, un poeta inglés aficionado a aquel juego, le propuso al editor de The New Yorker, a comienzos de los 80, una serie de crónicas sobre la Serie Mundial de Póquer que se llevaba a cabo en el Horseshoe, uno de los casinos menos rutilantes -y con más libertad para apostar- de Las Vegas. “Era la clase de combinación extravagante” que podía interesar a la revista. Y vaya que fue interesante. A los veteranos apostadores, en su mayoría texanos con sombrero Stetson, gruesas cadenas de oro y enormes puros en la boca, les cayó bien ese “tipo bajito con un acento chistoso” que los hacía reír y al que además le gustaba el juego. Alvarez se instaló una temporada en Las Vegas, en el centro (el Glitter Grunch, lejos de la parafernalia de neón y cemento del Strip, la avenida en donde están los grandes casinos), un barrio donde sólo se va a jugar. A perder, más bien, para la inmensa mayoría de los mortales. Alvarez retrata todo tipo de personajes, desde aquel inglés de 46 años que descubrió en Las Vegas un camino para perseguir de verdad las ensoñaciones que lo acosaban desde la adolescencia, dejó a su familia, abandonó su negocio y le propuso matrimonio a una puta. Ella le dijo, acariciándole la cabeza con compasión: “tú vendes telas, yo vendo coño. Ese es mi trabajo”. Pero los reales protagonistas son los grandes jugadores, que pierden el horizonte de lo que significa en realidad el dinero y juegan desde la abstracción sumas de vértigo en un modo de vida inimitable que internet y la televisión han logrado situar en modo pretérito, tal como Alvarez cuenta en el prólogo de 2008. Pero el juego sigue igual. Un texano que prefirió el anonimato le dijo al autor que “Las Vegas es como un parásito que se alimenta de dinero”. En todos los casinos, con todo, hay límites para las apuestas. En el Horseshoe, no. Y ahí, en ese casino pequeño, mal iluminado y saturado de humo de cigarrillo, el vértigo nunca se detiene.

El nuevo libro de Hueders reune las crónicas gastronómicas de una devoradora de libros y películas que desarrolla improbables teorías y da las mejores recetas, junto con recorrer la historia y la cultura a través de su biblioteca. Además es ilustrado por Hervi, que refuerza su singular humor.
Este martes 15 de mayo de 2012 a las 19.30 se lanza en el GAM. Están todos invitados.